La política militarista de Trump

El “estado profundo” ha doblegado a Trump y ha reorientado su política exterior hacia el militarismo y la guerra

JAMES PETRAS

Es claro que EEUU ha intensificado el papel central de las fuerzas armadas en la política exterior y, por extensión, en la política interior. El ascenso de “los generales” a posiciones estratégicas del régimen de Trump es evidente, profundizando su papel como una fuerza altamente autónoma y determinante en la elaboración de las agendas políticas estratégicas de Washington.

En este texto discutiremos las ventajas que la élite militar ha acumulado gracias a la agenda belicista y las razones por las que “los generales” han podido imponer su definición de las realidades internacionales.

Discutiremos la ascendencia militar sobre el régimen civil de Trump como resultado de la implacable degradación de su presidencia por parte de la oposición.

El preludio de la militarización: La estrategia belicista de Obama y sus consecuencias

El papel central de los militares en las decisiones de política exterior de Washington hunde sus raíces en las decisiones estratégicas adoptadas durante el mandato de Obama-Clinton. Varias políticas fueron cruciales para explicar el crecimiento sin precedentes del poder político-militar.

  1. El enorme incremento de tropas estadounidenses en Afganistán y sus subsiguientes fracasasos y retrocesos debilitaron al régimen de Obama-Clinton y facilitó la creciente animosidad de los militares contra la Casa Blanca. Como consecuencia de sus fracasos, Obama rebajó la calificación del ejército y debilitó la autoridad presidencial.
  2. Los bombardeos masivos y la destrucción de Libia, el derrocamiento del gobierno de Gadafi y el fracaso de la administración Obama-Clinton para imponer un régimen títere subrayaron las limitaciones del poder de las fuerzas aéreas estadounidenses y la ineficacia de la intervención político-militar. Washington cometió un grave error en su política exterior para el Norte de África y demostró su ineptitud militar.
  3. La invasión de Siria por parte de mercenarios y terroristas financiados por Washington hizo que EEUU se convirtiera en un aliado poco fiable en una guerra perdida. Esto condujo a una reducción del presupuesto militar y alentó a los generales a considerar su control directo de las guerras de ultramar y de la política exterior como la única garantía para sus posiciones.
  4. La intervención militar estadounidense en Irak fue solo un factor secundario que contribuyó a la derrota del ISIS; los principales actores y beneficiarios fueron Irán y las milicias aliadas de los chiíes iraquíes.
  5. El golpe de estado en Ucrania, diseñado por Washington, colocó en el poder a una junta militar corrupta e incompetente y provocó la secesión de Crimea — y su incorporación a Rusia — y de Ucrania oriental, aliada con Moscú. Los generales fueron marginados y descubrieron que se habían atado las manos con los cleptócratas ucranianos mientras aumentaban peligrosamente las tensiones políticas con Rusia. El gobierno de Obama dictó sanciones económicas contra Moscú, concebidas para compensar sus ignominiosos fracasos militares y políticos.

El legado de la administración Obama-Clinton con el que ha tenido que enfrentarse Trump se construyó en base a tres patas: un orden internacional basado en la agresión militar y la confrontación con Rusia, un “giro hacia Asia” definido como un cerco militar y un aislamiento económico de China — mediante amenazas belicosas y sanciones económicas contra Corea del Norte — y el uso de las fuerzas armadas como guardias petrorianos de los acuerdos de libre comercio en Asia, excluyendo a China.

El “legado” de Obama consiste en un orden internacional de capital globalizado y múltiples guerras. La continuidad del “legado glorioso” de Obama dependía inicialmente de la elección de Hillary Clinton.

La campaña presidencial de Donald Trump, por su parte, prometió desmantelar o revisar drásticamente la doctrina Obama de un orden internacional basado en múltiples guerras, la construcción de “naciones” neocoloniales y el libre comercio. Un Obama furioso “informó” (amenazó) al recién elegido presidente Trump que se enfrentaría a la hostilidad conjunta del aparato de estado, Wall Street y los medios de comunicación, si cumplía sus promesas electorales de nacionalismo económico y socavaba, así, el orden global creado al servicio de EEUU.

La apuesta de Trump de abandonar la política de sanciones y confrontación militar de Obama y sustituirla por la reconciliación económica con Rusia fue contrarrestada por un avispero de acusaciones sobre una conspiración electoral entre Trump y Moscú, insinuando sombríamente una traición y juicios farsa contra sus aliados cercanos e incluso miembros de su familia.

La confabulación de un complot entre Trump y Moscú fue solo el primer paso hacia una guerra total contra el nuevo presidente, pero logró socavar la agenda económica nacionalista de Trump y sus esfuerzos por cambiar el orden mundial de Obama.

Trump bajo el orden internacional de Obama

Después de solo ocho meses en el cargo, el presidente Trump se entregó impotente a los despidos, renuncias y humillaciones de todos y cada uno de los civiles nombrados por él, especialmente de los que estaban comprometidos a revertir el “orden internacional” de Obama.

Trump fue elegido para reemplazar las guerras, las sanciones y las intervenciones con acuerdos económicos beneficiosos para los trabajadores y la clase media de EEUU. Esto incluía retirar a los militares de sus compromisos a largo plazo para “construir naciones” (ocupación) en Irak, Afganistán, Siria, Libia y otras zonas de guerras interminables heredadas de la administración anterior.

Se suponía que las prioridades militares de Trump se centrarían en fortalecer las fronteras nacionales y los mercados extranjeros. Comenzó exigiendo a los socios de la OTAN que pagaran por sus propias responsabilidades militares de defensa. Los globalistas de Obama en ambos partidos políticos estaban horrorizados ante la posibilidad de que EEUU pudiera perder el abrumador control de la OTAN; se unieron y se movieron inmediatamente para arrebatar a Trump sus aliados nacionalistas económicos y sus programas.

Trump capituló rápidamente y se sometió a la política internacional de Obama, salvo en un aspecto: él elegiría al gabinete que habría de implementar el viejo nuevo orden internacional.

General James Mattis
General “Perro Loco” James Mattis

Un aturdido Trump eligió a una cohorte de generales liderada por el general James Mattis (conocido como “Mad Dog”, o “Perro Loco”) como secretario de defensa.

Los “generales” asumieron efectivamente la presidencia. Trump abdicó de sus responsabilidades como presidente.

El general Mattis: la militarización de EEUU

El general Mattis retomó el legado de la militarización global de Obama y agregó sus propios matices, incluyendo la “guerra psicológica” integrada en las eyaculaciones emocionales de Trump en Twitter.

La “doctrina Mattis” combinaba amenazas de alto riesgo con provocaciones agresivas, llevando a EEUU — y al mundo — al borde de la guerra nuclear.

El general Mattis ha adoptado los objetivos y teatros de operaciones definidos por la anterior administración Obama en su intento de reforzar el orden internacional imperialista existente.

Las políticas de la junta militar se han basado en provocaciones y amenazas contra Rusia, con la ampliación de las sanciones económicas. “Perro Loco” Mattis echó más leña a la histérica hoguera antirrusa de los medios de comunicación estadounidenses. El general promovió una estrategia de “matonismo diplomático” de baja intensidad, que incluyó la captura e invasión sin precedentes de las oficinas diplomáticas rusas y la expulsión a corto plazo de diplomáticos y personal consular.

Estas amenazas militares y actos de intimidación diplomática supusieron que el gobierno de los generales, bajo el mando del presidente títere Trump, estaba dispuesto a romper las relaciones con una importante potencia nuclear mundial y a empujar al mundo a una confrontación nuclear directa.

Lo que Mattis busca con estos locos arrebatos agresivos es nada menos que la capitulación del gobierno ruso ante los tradicionales objetivos militares estadounidenses, a saber, la partición de Siria — que comenzó con Obama — , duras sanciones contra Corea del Norte — que comenzaron con Clinton — y el desarme de Irán — el principal objetivo de Israel — como preparación para su desmembramiento.

La junta militar de Mattis que ocupa la Casa Blanca de Trump ha intensificado sus amenazas contra Corea del Norte, que, en palabras de Vladimir Putin, “preferiría comer hierba antes que desarmarse”. Los megáfonos militares de los medios de comunicación estadounidenses describieron a las víctimas norcoreanas de las sanciones y las provocaciones de EEUU como una amenaza “existencial” para el país.

Las sanciones se han intensificado. Se está impulsando el emplazamiento de armas nucleares en Corea del Sur. Se han planeado y se están llevando a cabo ejercicios militares conjuntos en tierra, mar y aire alrededor de Corea del Norte. Mattis retorció los brazos chinos (principalmente de los burócratas vinculados con las compras de empresas) y consiguió su voto favorable a las sanciones en el Consejo de Seguridad de la ONU. Moscú se unió al coro anti-Pionyang liderado por Mattis, aunque Putin advirtió contra la ineficacia de las sanciones. (Como si el general “Perro Loco” Mattis fuera capaz de tomarse en serio los consejos de Putin, sobre todo después de que Rusia votara a favor de las sanciones.)

El general Mattis militarizó aún más el Golfo Pérsico, siguiendo la política de Obama de sanciones parciales y provocaciones belicosas contra Irán.

Cuando trabajó para Obama, Mattis incrementó los envíos de armas a los terroristas sirios y a los títeres ucranianos de EEUU, asegurando que Washington sería capaz de frustrar cualquier “acuerdo negociado”.

Militarización: una evaluación

Robert Mueller
Robert Mueller

El recurso de Trump a “sus generales” se supone que contrarresta cualquier ataque de miembros de su propio partido y de los demócratas del Congreso contra su política exterior. El nombramiento de “Perro Loco” Mattis, un destacado rusófobo y belicista, ha pacificado un poco la oposición en el Congreso y ha socavado cualquier “hallazgo” de una conspiración electoral entre Trump y Moscú desenterrada por el investigador especial Robert Mueller. Trump cumple el papel de presidente nominal, adaptándose a lo que Obama denominó “su orden internacional”, dirigido ahora por una junta militar no electa compuesta por restos de la administración Obama.

Los generales proporcionan un barniz de legitimidad al régimen de Trump, sobre todo ante los demócratas belicistas de Obama y los medios de comunicación. Sin embargo, la entrega de los poderes presidenciales a “Perro Loco” Mattis y su cohorte tendrá un precio muy alto.

Si bien la junta militar puede proteger el flanco de la política exterior de Trump, no disminuye los ataques contra su agenda interior. Además, el compromiso presupuestario propuesto por Trump a los demócratas ha enfurecido a los líderes de su propio partido.

En suma, con un presidente debilitado, el militarismo de la Casa Blanca beneficia a la junta militar y amplía su poder. El programa de “Perro Loco” Mattis ha tenido efectos contrapuestos, al menos en su fase inicial: las amenazas de la junta militar de lanzar una guerra preventiva — posiblemente nuclear — contra Corea del Norte han reforzado el compromiso de Pionyang de desarrollar y refinar su arsenal de misiles balísticos de largo y mediano alcance y sus armas nucleares. La política de amenazas no intimidó a Corea del Norte. Mattis no puede imponer la doctrina Clinton-Bush-Obama de desarmar a sus enemigos — como Libia e Irak — , privándoles de sus sistemas de armas defensivas avanzadas como preludio de una invasión para el “cambio de régimen”.

Cualquier ataque de EEUU contra Corea del Norte dará lugar a ataques masivos de represalia que costarán la vida a decenas de miles de militares estadounidenses y matarán y mutilarán a millones de civiles en Corea del Sur y Japón.

“Perro Loco” ha conseguido intimidar a las autoridades chinas y rusas — y a sus multimillonarios colegas exportadores — para que acepten más sanciones económicas contra Pionyang. Mattis y sus aliados en la ONU y la Casa Blanca, la chiflada Nikki Haley y un miniaturizado presidente Trump, pueden gritar por la guerra, pero no pueden aplicar la llamada “opción militar” sin poner en peligro a las fuerzas militares estadounidenses estacionadas en la región del Pacífico asiático.

El ataque del general Mattis a la embajada rusa no ha debilitado materialmente a Moscú, pero ha revelado la inutilidad de la diplomacia conciliadora del Kremlin hacia sus supuestoso “socios” del régimen de Trump.

El resultado final podría ser una ruptura formal de los lazos diplomáticos, lo que aumentaría los riesgos de una confrontación militar y un holocausto nuclear mundial.

La junta militar de EEUU está presionando a Pekín contra Corea del Norte con el objetivo de aislar al régimen de Pionyang y aumentar el cerco militar estadounidense de China. Mattis ha conseguido, al menos en parte, volver a China contra Corea del Norte, al tiempo que ha consolidado sus avanzadas instalaciones antimisiles THAAD en Corea del Sur, que serán dirigidas contra Pekín. Estas son las ganancias a corto plazo de Mattis sobre los excesivamente flexibles burócratas chinos. Ahora bien, si “Perro Loco” intensifica las amenazas militares directas contra China, Pekín podría tomar represalias desechando decenas de miles de millones de billetes del Tesoro estadounidense, cortando los lazos comerciales, sembrando el caos en la economía estadounidense y poniendo a Wall Street en contra del Pentágono.

La concentración de fuerzas militares promovida por “Perro Loco”, especialmente en Afganistán y Oriente Medio, no intimidará a Irán ni contribuirá a ningún éxito militar. En realidad, conlleva altos costos y bajos rendimientos, como se dio cuenta Obama después de casi una década de derrotas, fiascos y pérdidas multimillonarias en dólares.

Conclusión

La militarización de la política exterior de EEUU, el establecimiento de una junta militar en el seno de la administración Trump y el recurso a las amenazas nucleares no han cambiado las relaciones internacionales de poder.

En EEUU, la presidencia nominal de Trump depende de los militaristas, como el general Mattis. Este ha reforzado el control estadounidense sobre los aliados de la OTAN e incluso ha acorralado a europeos atípicos, como Suecia, para que se unan a la cruzada militar contra Rusia. Mattis se ha aprovechado de la pasión de los medios por los titulares belicosos y sus piropos a los generales de cuatro estrellas.

Pero, a pesar de todo, Corea del Norte permanece impertérrita porque puede tomar represalias. Rusia tiene miles de armas nucleares y sigue siendo un contrapeso en un mundo dominado por EEUU. China es la propietaria del Tesoro de EEUU y no está impresionada, a pesar de la omnipresencia de una armada estadounidense cada vez más propensa a las colisiones en el Mar del Sur de China.

“Perro Loco” Mattis acapara la atención de los medios de comunicación, con periodistas bien vestidos y escrupulosamente acicalados pendientes de sus pronunciamientos sedientos de sangre. Los contratistas de la guerra acuden a él como moscas a la carroña. El general de cuatro estrellas Mattis ha alcanzado un estatus presidencial sin haber ganado ningunas elecciones (fraudulentas o de otro tipo). No hay duda de que cuando se retire, Mattis será codiciado por los grandes contratistas militares, recibirá honorarios lucrativos por media hora de “arengas” y se asegurará los beneficios del nepotismo para las próximas generaciones de su familia. “Perro Loco” puede incluso postularse para el senado o incluso para presidente de cualquier partido.

La militarización de la política exterior estadounidense ofrece algunas importantes lecciones.

En primer lugar, la escalada de las amenazas de guerra no han logrado que los enemigos que tienen capacidad para responder se desarmen. La intimidación a través de sanciones puede imponer un dolor económico significativo a los regímenes dependientes de las exportaciones de petróleo, pero no a las economías endurecidas, autosuficientes o altamente diversificadas.

Las maniobras militares multilaterales de baja intensidad refuerzan las alianzas lideradas por EEUU, pero también convencen a los enemigos para que aumenten su preparación militar. Las guerras intensas de nivel medio contra enemigos no nucleares pueden apoderarse de ciudades capitales, como en Irak, pero el ocupante se enfrenta a guerras de desgaste costosas a largo plazo que pueden socavar la moral militar, provocar disturbios internos y aumentar los déficits presupuestarios. Y, además, crean millones de refugiados.

La política militar de aumentar las tensiones de forma calculada (brinkmanship) conlleva riesgos importantes de pérdidas masivas de vidas, aliados, territorios y montones de cenizas contaminadas radiactivamente. ¡Una victoria pírrica!

En suma:

Las amenazas y las intimidaciones solo tienen éxito con adversarios conciliadores. El matonismo “diplomático” puede despertar el espíritu de los beligerantes y de algunos de sus aliados, pero tiene pocas posibilidades de convencer a sus enemigos para que se rindan. La política estadounidense de militarización global sobreextiende el despliegue de las fuerzas armadas norteamericanas, pero no ha conducido a ninguna ganancia militar permanente.

¿Existe alguna voz entre los líderes militares de EEUU que sea capaz de pensar con claridad, que no esté deslumbrada por sus estrellas y por los estúpidos admiradores de los medios de comunicación, que esté dispuesta a presionar para buscar un mayor acuerdo global y el respeto mutuo entre las naciones? El Congreso de EEUU y los medios de comunicación corruptos son incapaces de evaluar desastres pasados y mucho menos de forjar una respuesta efectiva a las nuevas realidades globales.

Publicado en The Politics of Military Ascendancy | Global Research — Centre for Research on Globalization, 16 de septiembre de 2017

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)