Ocultar las mentiras de EEUU sobre la invasión de Libia

Exclusiva: En 2016, cuando un informe del parlamento británico echó abajo la excusa de EEUU y sus aliados para invadir Libia, esto debería haber sido una noticia de primera plana, pero los grandes medios estadounidenses miraron para otro lado

Joe Lauria

En la novela 1984 de George Orwell, el trabajo del protagonista Winston Smith consistía en rebuscar en los archivos del TIMES de Londres y reescribir aquellas historias que pudieran causar problemas al gobierno totalitario que controlaba Gran Bretaña. Por ejemplo, si el gobierno hacía una predicción de la producción de trigo o de automóviles en su plan quinquenal y esa predicción fallaba, Winston tenía que investigar en los archivos y “corregir” las cfiras y datos del artículo registrado.

Al escribir el otro día una respuesta a un crítico de mi libro recientemente publicado sobre la derrota electoral de Hillary Clinton, estaba investigando cómo los medios corporativos de EEUU informaron de un informe parlamentario británico de 2016 sobre Libia que mostraba cómo la entonces secretaria de estado Clinton y otros líderes occidentales mintieron sobre el peligro de un inminente genocidio en Libia para justificar su guerra de 2011 contra ese país.

Busqué primero en los archivos del NEW YORK TIMES y descubrí que el periódico no publicó nada, escrito por miembros de su redacción, sobre este explosivo informe parlamentario. Solo publicó un artículo de Associated Press. Y, además, cuando haces clic en el enlace del artículo, obtienes un mensaje diciendo que la página ya no está disponible en nytimes.com.

La búsqueda en THE WASHINGTON POST fue aún peor. No pude encontrar absolutamente nada sobre el informe británico. Otra búsqueda en los archivos de LOS ANGELES TIMES arrojó el mismo resultado: nada.

Política protectora

Ignorar o minimizar una historia es un método que utilizan los medios corporativos de EEUU para enterrar deliberadamente las noticias críticas con la política exterior norteamericana. Son, a menudo, noticias vitales para que los estadounidenses comprendan las acciones de su gobierno en el extranjero, acciones que pueden significar la muerte o la vida de soldados estadounidenses y de una cantidad ingente de civiles de otros países.

Muamar Gadafi poco antes de ser asesinado el 20 de octubre de 2011.
Muamar Gadafi poco antes de ser asesinado el 20 de octubre de 2011.

Los periódicos británicos cubrieron ampliamente la historia, como también lo hizo la edición internacional de la CNN, que tiene editores independientes del sitio web estadounidense de la CNN. No encontré ninguna referencia a la historia en este último; tampoco hay un solo vídeo que indique que la CNN de EEUU o la CNN internacional informara de la historia.

La edición de Asia del THE WALL STREET JOURNAL publicó una historia. No está claro si también apareció en la edición de EEUU. NEWSWEEK publicó también información en línea. Pero no menciona a EEUU ni una sola vez. Echó toda la culpa a los gobiernos británico y francés, como si EEUU no hubiera tenido nada que ver con la devastación de Libia con falsos pretextos. Washington dio la misma argumentación falsa para la guerra que los británicos y los franceses.

Es una mancha en los dos comités de asuntos exteriores del Congreso que ninguno de ellos emprendiera una investigación similar (aunque los congresistas republicanos se obsesionaron con el ataque del 11 de septiembre de 2012 contra el consulado estadounidense de Bengasi, que ocurrió justo un año después de que el gobierno de Obama facilitara el derrocamiento militar y brutal asesinato del líder libio Muamar Gadafi).

VOICE OF AMERICA, que transmite fuera de EEUU, difundió una historia en su sitio web sobre el informe parlamentario británico, aunque el artículo solo criticaba a Washington por no estar preparado para la situación post-Gadafi, no por la intervención en sí.

Una exhaustiva búsqueda en línea muestra que la revista THE NATION y varios sitios alternativos de noticias, como CONSORTIUMNEWS y SALON, parecen ser los únicos medios estadounidenses que cubrieron debidamente la historia que echó por tierra toda la narrativa norteamericana para convertir a Libia en un estado fallido.

Excusa para el ataque

Estados Unidos vendió su falsa historia de un inminente genocidio en Libia con la doctrina de “responsabilidad de proteger” (R2P) para justificar la intervención militar. A primera vista, la doctrina R2P parece ser un raro ejemplo de moralidad en la política exterior y militar: una coalición de países emprende, con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, una acción militar para impedir una masacre. Habría sido difícil argumentar en contra de semejante decisión en Libia si, en realidad, su verdadero objetivo fuera impedir la masacre, tras lo cual la operación militar se daría por terminada.

El presidente Barack Obama en la Casa Blanca con la consejera de seguridad nacional Susan Rice y Samantha Power (a la derecha), su embajadora ante la ONU y una destacada defensora de las intervenciones R2P. (Foto: Pete Souza)
El presidente Barack Obama en la Casa Blanca con la consejera de seguridad nacional Susan Rice y Samantha Power (a la derecha), su embajadora ante la ONU y una destacada defensora de las intervenciones R2P. (Foto: Pete Souza)

Pero no terminó. Aunque se argumentó que la intervención era necesaria para impedir una masacre en Libia, el verdadero objetivo, como dice el informe británico, era el cambio de régimen. Eso no es lo que las autoridades estadounidenses dijeron en los medios ni lo que informaron los medios corporativos del país.

“Ante la condena del mundo, [el líder libio Muamar] Gadafi decidió intensificar sus ataques, lanzando una campaña militar contra el pueblo libio”, dijo el presidente Barack Obama a la nación el 28 de marzo de 2011. “Personas inocentes fueron asesinadas. Hospitales y ambulancias fueron atacados. Arrestaron a periodistas, que fueron agredidos sexualmente y asesinados. […] Bombardearon ciudades y pueblos, destruyeron mezquitas y redujeron a escombros edificios residenciales. Aviones y helicópteros de combate atacaron a personas que no tenían medios para defenderse”.

Hillary Clinton, que según los mensajes de correo electrónico filtrados fue la arquitecta del ataque contra Libia, dijo cuatro días antes: “Cuando el pueblo libio trató de realizar sus aspiraciones democráticas, se encontró con la violencia extrema de su propio gobierno”.

El senador John Kerry, entonces presidente del comité de relaciones exteriores del Senado, intervino: “El tiempo se está agotando para el pueblo libio. El mundo tiene que responder inmediatamente”.

Mustafá Abdul Jalil, jefe de un consejo provisional que EEUU, Reino Unido y Francia reconocieron como legítimo gobierno libio, abogó por una zona de exclusión aérea. Jalil, que estudió en la Universidad de Pittsburgh, estaba jugando al mismo juego que Ahmed Chalabi en Irak. Los dos buscaron que el poderío militar de EEUU les llevara al poder. Dijo que si las fuerzas de Gadafi entraban en Bengasi, matarían a “medio millón” de personas. “Si no se impone al régimen de Gadafi una zona de exclusión aérea y si sus barcos no son controlados, tendremos una catástrofe en Libia”.

El informe cuenta una historia diferente

Pero el resumen del informe del comité de asuntos exteriores de septiembre de 2016 dice otra cosa: “No hemos visto ninguna prueba de que el gobierno del Reino Unido haya llevado a cabo un análisis adecuado de la naturaleza de la rebelión en Libia. […] La estrategia del Reino Unido estaba basada en supuestos erróneos y una incompleta comprensión de las evidencias”.

El presidente Barack Obama y el primer ministro británico David Cameron conversan en la Cumbre del G8 en Lough Erne, Irlanda del Norte, el 17 de junio de 2013. (Foto: Pete Souza)
El presidente Barack Obama y el primer ministro británico David Cameron conversan en la Cumbre del G8 en Lough Erne, Irlanda del Norte, el 17 de junio de 2013. (Foto: Pete Souza)

El informe siguió diciendo: “A pesar de su retórica, la afirmación de que Muamar Gadafi había ordenado la masacre de civiles en Bengasi no estuvo apoyada por las evidencias disponibles. Aunque ciertamente amenazó con la violencia a quienes tomaran las armas contra su gobierno, esto no se tradujo necesariamente en una amenaza contra todos los habitantes de Bengasi. En resumen, la escala de la amenaza contra los civiles se presentó con una certidumbre injustificada”.

El comité señaló que las fuerzas de Gadafi habían arrebatado ciudades de manos de los rebeldes sin atacar a los civiles. El 17 de marzo, dos días antes de que comenzaran los ataques de la OTAN, Gadafi dijo a los rebeldes de Bengasi que “tiraran sus armas, exactamente como hicieron sus hermanos en Ajdabiya y otros lugares. Depusieron las armas y están a salvo. Nunca les perseguimos en absoluto”. El líder libio “también trató de apaciguar a los manifestantes de Bengasi con una oferta de ayuda al desarrollo antes de desplegar finalmente sus tropas”, añade el informe.

En otro ejemplo, el informe indica que, después de los combates de febrero y marzo en la ciudad de Misurata, solo un uno por ciento de las personas muertas por las fuerzas del régimen eran mujeres y niños. “La disparidad entre víctimas masculinas y femeninas sugiere que las fuerzas del régimen de Gadafi atacaron a los combatientes varones en una guerra civil y no arremetieron indiscriminadamente contra los civiles”, dice el informe.

¿Cómo pudieron, entonces, THE NEW YORK TIMES y THE WASHINGTON POST, los periódicos estadounidenses más influyentes, negarse a cubrir una historia de tal magnitud, una historia que debería haber sido noticia de primera plana durante días? Fue una historia que echó por tierra toda la argumentación del gobierno de EEUU para un ataque injustificado que dejó en ruinas a una nación soberana.

Solo puede haber una razón por la que la historia fue ignorada: precisamente porque el informe ponía al descubierto una política de Washington que condujo a un crimen horrible que tenía que ser encubierto.

Informaciones silenciadas y manipuladas

La defensa de la política de EEUU parece ser el motivo subyacente de la cobertura informativa estadounidense del mundo. La historia de Libia no es más que un ejemplo. He conocido personalmente a editores que han rechazado o modificado informaciones porque perjudicarían a los objetivos de la política exterior de Washington.

El periodista James Foley poco antes de que fuera ejecutado por un militante del Estado Islámico en 2014.
El periodista James Foley poco antes de que fuera ejecutado por un militante del Estado Islámico en 2014.

He ofrecido en dos ocasiones una historia sobre un documento, ahora desclasificado, de la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA), en el que se advertía del ascenso de un principado salafista en el este de Siria — apoyado por EEUU con el fin de presionar al presidente Bashar al Asad — que podría unirse a los extremistas iraquíes para formar un “estado islámico”, dos años antes de que tal cosa sucediera. Mi historia fue dos veces rechazada. Habría perjudicado a la narrativa estadounidense sobre la “guerra contra el terrorismo”.

En otra ocasión, escribí varios artículos sobre los preparativos de una votación de la ONU para conceder a Palestina el estatus de estado observador. En esos artículos mencionaba que 130 países ya habían reconocido a Palestina como estado y muchos tenían relaciones diplomáticas y embajadas palestinas en sus capitales. Este hecho fundamental fue censurado en los artículos.

Otra historia que escribí sobre la postura que tomaron Rusia, Siria e Irán sobre la autoría del ataque con armas químicas en las afueras de Damasco en agosto de 2013 fue manipulada. El artículo incluía una entrevista con un congresista que pidió la comparecencia de los servicios de inteligencia estadounidenses para saber si acusaban de aquel ataque a Asad.

Informar de las posturas contrarias de una historia es periodismo 101. Pero no, desde luego, cuando el otro lado es un supuesto enemigo de Estados Unidos. En los asuntos internacionales solo hay intereses, no moralidad. Un periodista no debe tomar partido. Pero en la información internacional, los periodistas estadounidenses toman partido por sistema. Se ponen del “lado estadounidense” en lugar de exponer neutralmente al lector el complejo choque de intereses de los países implicados en un conflicto internacional.

Despreciar u omitir el lado del adversario en una información es un caso clásico de cómo se explica en EEUU las posturas de otras gentes sin darles voz, sean estas rusas, palestinas, sirias, serbias, iraníes o norcoreanas. Privar a la gente de su voz les deshumaniza, haciendo que sea más fácil lanzar una guerra contra ellos.

Solo se puede concluir que la misión de los medios corporativos de EEUU no es informar de las posturas de todos los lados de un asunto internacional, ni hablar de hechos que son perjudiciales para la política exterior estadounidense, sino promover los intereses de EEUU en el extranjero. Eso no es periodismo. Eso es el trabajo de Winston Smith.


Joe Lauria es un veterano periodista especializado en política internacional. Ha escrito para el BOSTON GLOBE, THE SUNDAY TIMES de Londres y THE WALL STREET JOURNAL, entre otros periódicos. Es autor de How I Lost By Hillary Clinton, publicado por OR Books. Puede ser contactado en joelauria@gmail.com y en Twitter: @unjoe.

Publicado originalmente en: Hiding US Lies About Libyan Invasion, ConsortiumNews, 7/07/2017

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)