Rohaní declara la guerra al ‘estado profundo’ iraní

El presidente de Irán está compitiendo por los votos atacando a las instituciones no electas del país. Pero podría ser que los votos no decidan la elección.

Alex Vatanka

Las elecciones presidenciales de Irán son ahora una carrera de dos hombres. La retirada del alcalde de Teherán, Mohamed Baguer Qalibaf, significa que Hasán Rohaní se enfrentará con Ibrahim Raisi, de 56 años, un estrecho colaborador del Líder Supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y un hombre que fue crucial en la decisión de ejecutar masivamente a los disidentes políticos a finales de los 80.

Qalibaf no solo se retiró de la carrera por la presidencia, sino que ha respaldado a Raisi y ahora está haciendo campaña en su favor. La gran incógnita es si el populismo de Qalibaf (se dice que ha modelado su campaña según el modelo de Trump) beneficiará a Raisi, una personalidad gris que he emergido de las rincones más oscuros del régimen para convertirse en el candidato de consenso de la línea dura del establishment, a pesar de su limitado atractivo popular. Una posibilidad es que buena parte del voto populista que está detrás de Qalibaf — que, si las pasadas campañas sirven de alguna orientación, podría ser de un 15 por ciento aproximadamente — se desviara hacia Rohaní.

Sin embargo, el campo pro-Rohaní no ha visto en la repentina salida de Qalibaf una oportunidad para ganar votos, sino una señal de que los votos tal vez no sean el factor decisivo en estas elecciones. Resulta cada vez más evidente que los centros de poder no electos pero dominantes en Irán — la Oficina del Líder Supremo, los generales de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica y el aparato de los servicios de inteligencia y seguridad — se han agrupado detrás de Raisi y están determinados a fabricar su victoria.

Este realineamiento plantea un gran reto a Rohaní, si bien todavía puede contar con el profundo malestar popular contra los círculos corruptos y oscuros del régimen que tanto Raisi como Qalibaf representan. La suerte de Rohaní dependerá de su capacidad para transformar ese malestar generalizado en auténtica esperanza para su presidencia. Y también dependerá de si el régimen ha decidido ya quién debe ser el ganador de las elecciones.

Rohaní sube las apuestas

La campaña presidencial se ha enturbiado en las últimas semanas y ha obligado al habitualmente prudente Rohaní a entrar en un territorio desconocido para él. Elementos de la línea dura han atacado al gobierno del presidente con acusaciones de elitismo económico, mala gestión, incompetencia ante las presiones occidentales y tolerancia con la corrupción. En respuesta, la estrategia de reelección de Rohaní se ha desplazado repentinamente hacia un contraataque en toda regla contra el núcleo de la oposición: los generales de la guardia revolucionaria, el poderoso poder judicial y otros elementos del aparato de inteligencia y seguridad del país.

Usando un lenguaje que no se había vuelto a escuchar desde las turbulentas elecciones de 2009, Rohaní ha cuestionado explícitamente los poderes de las instituciones no electas que, no obstante, ejercen un gran control sobre la política interior y exterior de la república islámica. Su mensaje ha sido bastante simple: quiere hacer serios cambios en la forma de gobierno de Irán, pero “ellos” no le dejan. Nadie en Irán ignora a quiénes se refiere con “ellos”. En un duro ataque contra Raisi y Qalibaf y sus partidarios, Rohaní dijo: “El pueblo iraní rechazará a aquellos que, en los últimos 38 años, no han sabido hacer otra cosa que ejecutar y encarcelar”.

La decisión de Rohaní de llevar adelante esta colorida línea de ataque era arriesgada — se ganó rápidamente una agria respuesta del líder supremo Jamenei — , pero comprensible. Si el presidente iraní quiere conseguir la reelección, tendrá que suscitar el entusiasmo entre una parte grande pero desencantada de la población que desea reformas liberales para transformar la política y la economía del país.

Los conservadores de línea dura tienen una gran experiencia electoral. Por el contrario, los hábitos electorales de los votantes reformistas dependen de los candidatos que se presentan. Rohaní, que ni él mismo ni los reformistas propiamente dichos han considerado nunca como un reformista, ha luchado en este frente. En 2005, el mentor de Rohaní, el ayatolá Akbar Hashemí Rafsanyaní, perdió ante un rival desconocido de la extrema derecha llamado Mahmud Ahmadineyad cuando los votantes reformistas se abstuvieron de votar. Rohaní no quiere sufrir el mismo destino de Rafsanyaní.

Es por eso que la campaña de Rohaní ha optado por presentar a su vicepresidente, Eshak Yahanguirí, como otro candidato en la carrera presidencial. A diferencia de su jefe, Yahanguirí se ha declarado abiertamente reformista, inyectando algo de emoción en las elecciones. Nunca fue visto como una alternativa a Rohaní, sino como el perro de presa del presidente para hacer frente tanto a Raisi como a Qalibaf en los tres debates centrales de la campaña. Una vez que se retiró Qalibaf, Yahanguirí también se retiró, tras haber cumplido su misión de presentar a Raisi y Qalibaf como agentes del estado en la sombra.

De hecho, el electorado reformista parece estar mucho más galvanizado ahora que hace apenas unas semanas. Los partidarios de Rohaní han realizado varias ruidosas manifestaciones y la cobertura electoral de los medios favorables al reformismo incluye ahora el tipo de entusiasmo que no se conocía desde 2009. Está por ver si el ruido mediático animado por Rohaní se traducirá en una mayor atracción electoral. Mientras tanto, el riesgo inherente de una estrategia de este tipo es provocar una respuesta de las mismas características en el otro lado. La Guardia Revolucionaria, en particular, sabe muy bien cómo redoblar los esfuerzos en situaciones críticas. Pero Rohaní no tiene más opción que desafiar enérgicamente las afirmaciones de sus rivales, que son los verdaderos representantes del cambio en la campaña electoral.

Raisi y Qalibaf: ¿agentes del cambio?

Raisi y Qalibaf pertenecen a las redes de nepotismo de la república islámica, sus campañas se han centrado en el tema del cambio. Este mensaje contra el status quo es casi totalmente vacuo. Los dos hombres se unieron a las filas del gobierno iraní en su adolescencia y solo conocen la vida desde su posición de soldados de infantería del régimen. A diferencia de Rohaní, sus largas carreras nunca han estado impulsadas por el apoyo popular, sino únicamente por el patrocinio político que han obtenido de las instituciones no electas del régimen que representan. La oficina del Líder Supremo y la Guardia Revolucionaria tienen mucha experiencia de cómo dividir a la población en “uno de los nuestros” (jodi) y “no uno de los nuestros” (na-jodi). Esto les ha ayudado a mantener un férreo control sobre el gobierno y el poder, pero también ha sido la causa de la proliferación de la incompetencia y la falta de responsabilidad en la sociedad iraní.

Un reciente incidente con rivales no electos de Rohaní ha sido especialmente revelador. Se trata del derrumbe de la céntrica torre Plasco de Teherán, de 17 pisos, que ocurrió el 19 de enero. Tras incendiarse, el edificio se desplomó mientras la televisión lo registraba en directo. Veinte personas perecieron bajo los escombros.

Esto fue un espectáculo completamente diferente a todo lo que habían visto antes los iraníes. Los dirigentes del país, que bombardearon a su pueblo con mensajes diarios sobre la invencibilidad del régimen islamista, mostraron su impotencia en esta hora decisiva. Los aterrorizados teheraníes esperaban a ver si alguien era responsabilizado de la catástrofe. Pero los ocho millones de habitantes de la capital no contuvieron la respiración, y por buenas razones.

Desde 1979, el propietario del edificio ha sido Bonyad-e Mostazafan, una fundación religiosa cuyo propósito aparente es distribuir la riqueza nacional — incluyendo la riqueza confiscada a la elite prerrevolucionaria, como fue el caso de la torre Plasco — entre las masas. Pero la empresa multimillonaria se ha transformado en un fondo reservado para las personas de confianza del régimen y, en especial, para los generales de la Guardia Revolucionaria.

El director de Bonyad es ahora un excomandante de la Guardia Revolucionaria, designado para el puesto por Jamenei. El alcalde de Teherán, Qalibaf, que supervisó las actuaciones de emergencia del incidente, es también un antiguo jefe de la Guardia Revolucionaria. Ninguno de los dos hombres ha sido responsabilizado de los hechos y nadie en Irán espera que lo sean. Los iraníes normales se han limitado a aclarar las cosas. Como dijo una persona en una red social, “nuestros misiles pueden llegar a Israel, pero nuestras mangueras de bomberos no llegan más allá del décimo piso”.

La tragedia de Plasco fue un duro recordatorio para los iraníes de la falta de rendición de cuentas del régimen. Las autoridades electas de Teherán han emitido repetidamente, en los últimos años, advertencias sobre el estado de este edificio, que tenía 55 años de antigüedad. Pero el alcalde nunca se enfrentó a sus camaradas de la Guardia Revolucionaria del consejo de administración de Bonyad. Durante 17 días, Qalibaf se negó a aceptar responsabilidad alguna por el desastre, a pesar del enorme malestar de la gente.

En el seno de la república islámica, hay dos estados que compiten por el poder, dividido por su relativa apertura y liberalización del control gubernamental sobre la sociedad y la economía. Tipos como Raisi y Qalibaf proceden de la parte del régimen menos sujeta a la rendición de cuentas, que quiere permanecer protegida respecto al escrutinio de los extranjeros y los iraníes. La clave para la reelección de Rohaní es que pueda resaltar este hecho de forma convincente (y de que los poderosos decidan vengarse de que les haya robado o no las elecciones).


Publicado originalmente en: Rouhani Goes to War Against Iran’s Deep State | Foreign Policy

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)