Una propuesta modesta: Gravar lo superfluo

Cómo algunos economistas buscan formas de reducir los “incentivos materiales” para ejercer profesiones lucrativas pero destructivas

Javier Villate
Sep 5, 2018 · 12 min read

STUART WHATLEY

Toda la vida económica es una mezcla de actividades creativas y distributivas. Parte de lo que consumimos se crea de la nada y se añade al total disponible para que todos lo disfruten; pero otra parte simplemente toma lo que de otra manera estaría disponible para otros y por lo tanto viene a expensas de ellos.
— Robert Bootle

Desde la victoria demócrata de Alexandria Ocasio-Cortez en las primarias del 14º Distrito del estado de Nueva York, la cuestión de cómo pagar para financiar ambiciosos programas progresistas como la atención médica universal y una garantía federal de empleo ha pasado a primer plano. Una respuesta es gravar la actividad económica improductiva y, por lo demás, sin valor.

La falta de valor no debe confundirse con el “no hacer nada”, que en sí mismo ofrece una buena base para medir el valor. El crítico literario Michael O’Loughlin nos recuerda que la búsqueda de “vidas tranquilas” fue el “drama central” de la literatura antigua, desde Homero hasta gran parte de la tradición cristiana. Se entendía que al escapar al “puerto eterno” de nuestro ser interior, uno podía darse cuenta de las profundidades de la “posibilidad humana”.

Estos vuelos de la fantasía pueden, de hecho, ser productivos. En la década de 1570, cuando Michel de Montaigne se instaló en su biblioteca para dejar que su mente “se quedara y se asentara” en la ociosidad, se sorprendió al descubrir que hacía lo contrario. Su imaginación dio “origen a tantas quimeras y monstruos fantásticos” que tuvo que empezar a escribirlas. Así surgió el ensayo personal — 107 de ellos, en realidad — como una forma literaria distinta.

Si uno acepta el potencial valor de la ociosidad, entonces también debe reconocer los costos de oportunidad del tiempo en el reloj. Sí, las exigencias del empleo en el tiempo libre nos han ahorrado muchas cintas de mezclas y malas novelas. Pero nunca sabremos qué hazañas de creatividad e ingenio humano se han perdido en la vorágine de la vida moderna.

El antropólogo de la Universidad de Cambridge, David Graeber, ha puesto de relieve este compromiso con su concepto de “trabajos de mierda” (bullshit jobs). En su nuevo libro con ese nombre, cita las encuestas que sugieren que, en los países occidentales, alrededor del 40 por ciento de los trabajadores no cree que su trabajo haga “ningún tipo de contribución significativa al mundo”.

Habiendo recogido unos 250 testimonios de lo que se podría llamar el coprotariado (1), Graeber argumenta que incontables trabajadores están gastando todo o la mayor parte de su tiempo realizando tareas que son inútiles, redundantes o dirigidas en gran medida a hacer que los superiores se sientan importantes. Estas tareas son, por ejemplo, escribir informes que literalmente nadie leerá jamás, transferir datos de una hoja de cálculo a otra, ser empleado únicamente para corregir el producto del trabajo de otros, engañar a la gente para que compre cosas que en realidad no quieren, y un largo etcétera. En términos generales, Graeber se centra en trabajos que podrían desaparecer mañana sin que nadie se dé cuenta o se preocupe por ello.

Graeber ha recibido algunas críticas por su confianza en los datos “anecdóticos” (como si eso no fuera el pan de cada día para los antropólogos). Sin embargo, un nuevo estudio de Robert Dur y Max van Lent para el Tinbergen Institute concluye que “aproximadamente el 8 por ciento de los trabajadores [de 47 países] perciben su trabajo como socialmente inútil, mientras que otro 17% duda de la utilidad de su trabajo”. Eso es menos que la lectura de Graeber de la situación, pero aún así es bastante significativo. Si estos encuestados tienen razón en que su trabajo no agrega nada a la sociedad, o incluso la perjudica, entonces pagarles por estar inactivos podría ser la mejor opción. Como mínimo, permitiría la realización autodirigida del potencial humano.

En 1966, Herbert Marcuse argumentó que a medida que la productividad mejora con el tiempo, “la necesidad social real de trabajo productivo disminuye, y el vacío debe llenarse con actividades improductivas”. En consecuencia, predijo que la demanda política de empleo a tiempo completo “requeriría un creciente despilfarro de recursos, la creación de empleos y servicios cada vez más innecesarios, y el crecimiento del sector militar o destructivo”.

Graeber parece estar retomando lo que Marcuse dejó. Él atribuye el fenómeno de los “trabajos de mierda” al crecimiento del gerencialismo y de las finanzas como parte de la economía. “Las corporaciones se dedican cada vez menos a hacer, construir, arreglar o mantener cosas — señala — y más a los procesos políticos de apropiación, distribución y asignación de dinero y recursos”. Al mismo tiempo, una clase gerencial en ascenso ha introducido una forma de feudalismo corporativo, mediante el cual sus miembros amasan subordinados para justificar su propia existencia. ¿Por qué molestarse en crear nueva riqueza cuando se puede extraer de la economía y de los accionistas?

Una diferencia importante entre Graeber y Marcuse es que en el estudio de Graeber, los empleados en los trabajos de mierda son, por definición, conscientes de su situación, mientras que Marcuse asumió que a todos se les lavó esencialmente el cerebro (por la “sublimación represiva” de los instintos y deseos libidinosos) para que pensaran que estaban sirviendo a una función productiva, cualquiera que fuera su ocupación.

Ambas hipótesis podrían aplicarse. “Entre las 20 ocupaciones con la mayor proporción de trabajadores que reportan un trabajo socialmente inútil,” señalan Dur y Lent, están las profesiones distributivas o de suma cero, tales como “ventas, marketing y profesionales de relaciones públicas”, “gerentes de las finanzas” y “agentes de ventas y corredores de bolsa”. Eso concuerda con la teoría de Graeber. Y sin embargo, un porcentaje mucho mayor de encuestados en estos campos cree que su trabajo contribuye al bienestar general, lo que sugiere una dinámica marcusiana.

Por supuesto, la utilidad social de la mayoría de las profesiones está abierta a interpretación, al igual que los trabajos individuales dentro de las profesiones. Supervisar la comercialización para una organización benéfica no es lo mismo que hacerlo para una compañía tabacalera. Pero un problema más fundamental proviene de cómo medimos el valor en primer lugar.

En The Value of Everything (El valor de todo), Mariana Mazzucato, de la Universidad Colegio de Londres, sostiene que “la forma en que se utiliza la palabra ‘valor’ en la economía moderna ha facilitado que las actividades de extracción de valor se disfracen de actividades de creación de valor”. La creación de valor se produce cuando “se establecen diferentes tipos de recursos (humanos, físicos e intangibles) e interactúan para producir nuevos bienes y servicios”. La extracción de valor, o búsqueda de rentas, se refiere a “actividades que se centran alrededor de los recursos y productos existentes, y en ganar de forma desproporcionada del comercio resultante”.

El problema, explica Mazzucato, es que, bajo la ortodoxia económica neoclásica imperante, “todos los ingresos” son considerados como una “recompensa por una actividad productiva”, y el valor de cualquier bien o servicio está determinado por su precio, que a su vez está determinado por las preferencias subjetivas de los consumidores. Por lo tanto, si usted es el ex director ejecutivo de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, puede afirmar que está haciendo “el trabajo de Dios”, pero si usted es una madre o un padre que se queda en casa haciendo trabajos de cuidados no remunerados, en realidad no vale nada.

Con el tiempo, la mitología del precio como valor ha servido de coartada para todo tipo de actividades malignas e inútiles en toda la economía, debido a su inclusión en las medidas de contabilidad nacional después de la Segunda Guerra Mundial. No es de sorprender que Mazzucato, al igual que Graeber, se ocupe principalmente de la financiarización, es decir, de la expansión del sector financiero como parte de la economía, además de la creciente participación del sector no financiero en los mercados financieros.

Mazzucato argumenta que en el sector no financiero, los gerentes corporativos, impulsados por la doctrina de la maximización del valor para el accionista, han buscado cada vez más ganancias a corto plazo a través de recompras de acciones en lugar de invertir en trabajadores, bienes de capital e investigación y desarrollo. (Esto ciertamente parece haber sido el caso este año bajo los nuevos recortes de impuestos republicanos.) El resultado, según ella, es que “la inversión de las empresas en Estados Unidos está ahora en uno de sus niveles más bajo en los últimos sesenta años”, a pesar de que los beneficios han estado aumentando durante más de cuatro décadas. Esas ganancias, extraídas de la economía real, han ido casi todas directamente a los accionistas, es decir, al 10 por ciento más rico de los hogares que poseen el 84 por ciento de todas las acciones.

Un nuevo informe del Instituto Roosevelt y del Proyecto Nacional de Derecho Laboral detalla los costos de esta búsqueda de rentas. “Con el dinero que actualmente se gasta en recompras — señalan los autores — , Lowes, CVS y Home Depot podrían dar a cada uno de sus trabajadores aumentos de al menos 18.000 dólares al año”, mientras que McDonalds y Starbucks podrían dar a sus trabajadores aumentos de 4.000 y 7.000 dólares, respectivamente. Y debido a que la mayoría de estos trabajadores viven solo de su sueldo, casi todo el dinero sería rápidamente canalizado de vuelta a la economía productiva a través del consumo, lo que implica un crecimiento más fuerte e inclusivo.

En cuanto al sector financiero propiamente dicho, Mazzucato señala que, a partir de 2014, sólo el 15 por ciento de los fondos generados se han destinado a empresas no financieras. “El resto — escribe — se negocia entre instituciones financieras, ganando dinero simplemente mediante el cambio de manos”. Por lo tanto, en términos netos, la mayor parte de la actividad del sector financiero es esencialmente inútil en el contexto de la economía real de Estados Unidos. Y sin embargo, durante las décadas de rápido crecimiento de la industria, la proporción de hombres que se graduaron en Harvard (un sustituto estándar del “talento”) que terminaron con carreras de finanzas se triplicó.

Ciertamente no todas las personas ocupadas en las finanzas estarían de acuerdo en que están haciendo “la obra de Dios”. Pero parece que muchos realmente equiparan sus ingresos superiores a la media con el “valor” que crean. Sin embargo, dado el daño social y económico causado por la financiarización en las últimas décadas, la sociedad podría en realidad estar mejor si a un gran segmento de la industria se le pagara por no hacer nada en su lugar. O, mejor aún, estos arribistas podrían ser persuadidos para abandonar sus delirios marcusianos y entrar en campos más productivos.

Las ideas expresadas en los libros de Graeber y Mazzucato apuntan a una severa mala asignación del potencial humano. El difunto William Baumol demostró que, a lo largo de la historia, el hecho de que el ingenio humano se haya orientado hacia resultados productivos o destructivos ha dependido, en gran medida, de los “beneficios relativos que la sociedad ofrece” a una actividad determinada. Si la búsqueda de rentas es rentable, valga la redundancia, entonces muchas de las mejores y más brillantes mentes de la sociedad se convertirán en rentistas.

En la década de 1920, el economista inglés Arthur Pigou desarrolló los conceptos de producto privado y social netos para describir cómo la actividad económica puede servir mejor al bienestar general. En pocas palabras, cuando el producto social y el privado están equilibrados, se logra la máxima eficiencia: la ganancia del individuo es también ganancia de la sociedad. Cuando ocurre lo contrario — cuando los actores económicos se benefician a expensas de la sociedad — , Pigou recomendaba la intervención del estado para asignar “estímulos extraordinarios o restricciones extraordinarias a las inversiones en ese campo”.

Durante décadas, el enfoque de Pigou se vio afectado por el hecho de que no era tan fácil asignar una cifra en dólares a una externalidad determinada. Pero con el tiempo, los economistas han desarrollado métodos para hacerlo. Por ejemplo, Raj Chetty, John N. Friedman y Jonah E. Rockoff han calculado que pasar sólo un año en el aula de un/a maestro/a mejor que la media puede aumentar los ingresos de por vida de un niño en 80.000 dólares. Y Kevin M. Murphy y Robert H. Topel han estimado que la investigación médica — en la medida en que aumenta la longevidad — puede aumentar el PIB hasta en una quinta parte. Por otro lado, Kenneth R. French ha determinado que la inversión activa (la selección de acciones) supone hasta el 1,5 por ciento del PIB de la economía productiva a través de honorarios y otros gastos.

Durante la última década, los economistas Benjamin J. Lockwood, Charles G. Nathanson y E. Glen Weyl han utilizado esta literatura con el fin de desarrollar un marco de referencia para reducir los “incentivos materiales” orientados a promover profesiones lucrativas pero destructivas. Su análisis se limita a maximizar la eficiencia del sistema tributario, pero muchos de sus hallazgos también muestran cómo un impuesto sobre las profesiones destructivas y la creación de “trabajos de mierda” (bullshitization) podría funcionar en la práctica.

Por ejemplo, han descubierto que, debido a que la mayoría de las “ocupaciones bien remuneradas” parecen tener “externalidades negativas”, el simple aumento del tipo impositivo marginal máximo incrementaría el bienestar general al alejar a los individuos talentosos de esas profesiones. Pero aún más: demuestran que unos tipos impositivos negativos sobre la renta dirigidos a profesiones socialmente valiosas, como la docencia y la investigación, “aumentarían enormemente el bienestar”, y “un sistema fiscal progresivo sobre la renta puede seguir siendo óptimo incluso en presencia de aquellos tipos impositivos”. En otras palabras, el gobierno pagaría a los que ejercen profesiones valiosas un salario adicional además de su salario determinado por el mercado. Y como estas actividades se volverían más competitivas, el rendimiento mejoraría, aumentando de esta forma los beneficios para toda la sociedad.

Así, empezamos a ver lo que podría significar una fiscalidad sobre los “trabajos de mierda”. Además de las subvenciones específicas de cada profesión para reducir el atractivo relativo de las ocupaciones inútiles, también podría conllevar medidas más familiares. Por ejemplo, gravar las transacciones financieras; eliminar los vacíos legales para los intereses devengados, las ganancias de capital y los presupuestos de publicidad; abolir la regla de la Comisión de Valores y Bolsa de 1982 que marcó el comienzo de la era de las recompras de acciones; aumentar el impuesto sobre el patrimonio; y reformar las leyes de propiedad intelectual para reducir la búsqueda de rentas de patentes.

También podría incluir un esfuerzo serio para hacer frente a la evasión fiscal, que aumentaría sustancialmente los ingresos del gobierno incluso bajo el régimen fiscal actual. Gabriel Zucman estima que la riqueza de Estados Unidos equivalente al 8–9 por ciento del PIB está escondida en paraísos fiscales. Sin embargo, como John Lanchester explicó recientemente en la LONDON REVIEW OF BOOKS, eliminar estos paraísos fiscales no sería tan difícil. “Todo lo que hay que hacer — escribe — es conseguir que sea ilegal que los bancos realicen transacciones con territorios que no cumplen con las normas de transparencia fiscal. Eso los elimina instantáneamente”. Dada la hegemonía del dólar, Estados Unidos podría resolver en gran medida este problema mañana mismo si hubiera voluntad política para hacerlo.

Por su parte, una de las principales prioridades de Mazzucato es lograr que las empresas vuelvan a crear valor real. En concreto, pide que “la reinversión de los beneficios en la economía real” se convierta en una condición previa para “cualquier tipo de apoyo gubernamental, ya sea a través de subvenciones o de concesiones y préstamos gubernamentales”. Por cierto, esto también podría abordar el problema de los “trabajos de mierda”: si las empresas se dedican a crear valor real para la sociedad, es menos probable que sus empleados piensen que su trabajo no importa.

Pero lo más importante, sin embargo, es que Mazzucato propone una seria reevaluación de cómo hablamos de valor en general. En su opinión, los encargados de formular políticas y los dirigentes empresariales deben reconocer la “contribución colectiva a la creación de riqueza”. Además de beneficiarse de una mano de obra bien formada y de una infraestructura financiada por el gobierno, muchas de las empresas más grandes y rentables de la actualidad se han convertido en monopolios al capitalizar los datos de la gente o los efectos red. Y muchos otros están cosechando beneficios con tecnologías que fueron desarrolladas originalmente por el gobierno.

En consecuencia, Mazzucato cree que los organismos públicos deberían “retener el capital o los royalties de las tecnologías que financiaron de forma decisiva”. Y esos ingresos, a su vez, podrían destinarse a ambiciosas propuestas progresistas como el “dividendo ciudadano” y otros esquemas.

Tal vez entonces habría menos trabajadores que tendrían que soportar “trabajos de mierda” cuando podrían estar haciendo “nada”.

NOTAS DEL TRADUCTOR

(1) Agradezco a VIXXXTOR la sugerencia de este término para traducir bullshitariat, palabra con la que Graeber se refiere a aquellas personas que desempeñan “trabajos de mierda”.

Publicado originalmente en Democracy: A Journal of Ideas

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)

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