Asunta

No sé hasta qué punto las teorías de la conspiración que sobrevuelan como buitres carroñeros los crímenes más sórdidos tienen su origen en los medios de comunicación. Tal vez, simplemente quienes desean que una oscura trama se esconda tras cualquier asesinato encuentran un hueco en las televisiones a sabiendas de que eso puede alargar eternamente las tertulias derivadas al respecto, lo que da mucho juego a las televisiones por poco dinero.

Mirando hacia atrás, el germen bien pudo ser el caso de los marqueses de Urquijo, pero el padre de todo esto fue Pepe Navarro, y el crimen de las niñas de Alcàsser el asunto que abrió fuego. Un recuerdo: durante aquellos debates insoportables en el programa de Navarro se insistió mucho en que la alfombra que envolvió los cadáveres no solo presentaba pelos de las niñas, Anglés o Miguel Ricart, sino que había muchos otros que no se identificaron. No supe hasta muchos años después que aquello ni tan siquiera era una alfombra. Era una moqueta que los asesinos encontraron en la basura y que pusieron en la casa donde asesinaron a las niñas y donde antes de eso se corrían las juergas, así que los pelos no correspondientes a los sospechosos podrían ser de Pepito Pérez residente en Oviedo o de Juanito residente en Sevilla. Esto se omitió en aquel programa, y sobre el tema se insistió una y otra vez. Los pelos de la alfombra, pelos de jerifaltes de la alta política y empresarios levantinos, o pelos del perro de quien arrojó la moqueta a la basura, vaya usted a saber.

Años después, Tony King, como haciéndose eco de esta insana costumbre mediática, gritó a los cuatro vientos que él solo era un cabeza de turco en el asesinato de Rocío Wanninkhof, y señalaba a Dolóres Vázquez como la jefa de todo aquello, demostrando una mezquindad ilimitada al intentar cargar el muerto a quien había pasado mucho tiempo en prisión acusada sin pruebas del crimen. Esta “versión” de los hechos la estuvo esgrimiendo la madre de Rocío alentada por los medios, quizá, y por algún que otro abogado mediático amigo de las conspiraciones sin que a día de hoy exista una sola prueba que incrimine a Dolores Vázquez más allá de los prejuicios homófobos.

El reciente programa sobre el asesinato de la niña Asunta a manos de sus padres, en Antena3 me causó rechazo en el primer capítulo. Ha llovido mucho desde Alcàsser, así que este programa presenta una excelente factura acorde con los tiempos de Netflix. Pero en el primer capítulo vi colear la punta de lo que me pareció una teoría conspirativa. No he visto el resto porque creo que la mierda es mierda independientemente de lo bien facturada que esté. Pero la semilla está ahí, tanto y hasta tal punto que algunos parecen haber mordido el anzuelo y saben más desde Twitter después de ver un documental que los policías y jueces que investigaron el caso.

Las teorías de la conspiración tienen eso. Hacen que quienes las conocen se sientan especiales, alejados de la mediocridad de eso que llaman “versión oficial”. En realidad, no conocen el caso real, pero conocen al dedillo la teoría de la conspiración o al menos parte de ella, y pueden espetarla contundentemente. El que la teoría de la conspiración no sea la realidad, importa poco. Lo único que importa es la notoriedad y el sentirse especial.

Miguel Ricart hoy es un hombre libre. Pocas personas saben que, en contra de la creencia popular, fue él quien comenzó la orgía de sangre con las niñas y no Antonio Anglés. Poco antes de su liberación hubo habladurías sobre si iba a dejarse entrevistar, y por tanto, contar “la verdad”, y aunque hizo alguna tímida declaración exculpándose, a día de hoy solo es un hombre gris al que probablemente nadie reconozca allá donde está viviendo. Quizá le ocurre como a Ed Gein. Cuando la doctora Helen Morrison conoció al asesino más famoso de Wisconsin, encontró a un hombre terriblemente cansado y viejo que no deseaba hablar de su pasado en absoluto, solo un redneck del montón, hastiado, quizá, de sí mismo y de la leyenda en torno a su delirante vida.

Qué decir de los padres de Asunta. Tal vez, en unos años, saldrán de la trena y se diluirán entre la multitud. Ya nadie sabrá quienes son, aunque recordemos el asesinato de la niña, y tal vez se pregunten, como tal vez se pregunte Miguel Ricart, en qué coño estaban pensando aquel día. ¿Y la teoría de la conspiración? Fácil, habrá sido sustituida por otra, en otro crimen, pero igual de insensata. Los más listos de los tontos nos aleccionarán sobre la verdad, pero la realidad permanecerá en pie para quien quiera conocerla en toda su sordidez. Y es que no suele haber oscuros laberintos detrás de un asesinato. La realidad de un asesinato es sucia y sangrienta, estúpida y dolorosa. Poco más, y ya es mucho.