El agua de consumo contaminada en Gaza extiende el ‘síndrome del bebé azul’

IMEMC, 8 de noviembre de 2018 — Sin afeitar, con círculos bajo los ojos, el médico entra en la sala infantil del hospital Al Nasar de la ciudad de Gaza. Es un jueves por la noche, casi el fin de semana. La sala es sombría y espeluznantemente tranquila, un silencio roto por el llanto ocasional de un bebé.

En cada cubículo, separado por cortinas, hay una imagen similar: un bebé yace solo en una cama, conectado a tubos, cables y un generador; una madre se sienta al lado de la cama como testigo silencioso.

El doctor Mohamed Abu Samia, director de medicina pediátrica del hospital, intercambia unas palabras tranquilas con una madre y luego levanta suavemente la bata del bebé, revelando una cicatriz de una cirugía del corazón de casi la mitad de la longitud de su cuerpo.

En el cubículo siguiente, atiende a un niña que sufre de desnutrición severa. No se mueve, su pequeño cuerpo está conectado a un respirador. Puesto que la electricidad funciona sólo cuatro horas al día en Gaza, el bebé debe permanecer aquí, donde los generadores la mantienen viva.

“Estamos muy ocupados”, dice el abrumado doctor. “Bebés que sufren deshidratación, vómitos, diarrea, fiebre”. El aumento vertiginoso de los casos de diarrea, la segunda causa de muerte de niños y niñas menores de cinco años en el mundo, es motivo suficiente para alarmarse.

Sin embargo, en los últimos meses, el Dr. Abu Samia ha visto un fuerte aumento de la gastroenteritis, las enfermedades renales, el cáncer pediátrico, el marasmo — una enfermedad de desnutrición severa que aparece en los bebés — y el “síndrome del bebé azul”, una enfermedad cuyos síntomas son labios, cara y piel azulados, y sangre del color del chocolate.

Antes, dice el médico, había visto “uno o dos casos” de síndrome del bebé azul en cinco años. Ahora es lo contrario, cinco casos en un año.

Cuando se le pregunta si tiene estudios que respalden sus conclusiones, dice: “Vivimos en Gaza, en una situación de emergencia… Sólo tenemos tiempo para aliviar el problema, no para investigarlo”.

No obstante, las cifras del Ministerio de Salud palestino respaldan las conclusiones del médico. Muestran una “duplicación” de las enfermedades diarreicas, que alcanzan niveles epidémicos, así como picos el verano pasado en la salmonela e incluso en la fiebre tifoidea.

Las revistas médicas independientes y revisadas por colegas también han documentado un aumento de la mortalidad infantil, la anemia y una “alarmante magnitud” de la falta de crecimiento entre los niños y niñas de Gaza.

Un estudio de la Corporación Rand ha descubierto que el agua contaminada es una de las principales causas de mortalidad infantil en Gaza.

En pocas palabras, los niños y niñas de Gaza se enfrentan a una epidemia mortal de proporciones sin precedentes.

“Hay mucho sufrimiento”, dice el Dr. Abu Samia. Es, dice, una cuestión de “vida o muerte”.

Múltiples factores son los culpables de la crisis sanitaria, pero los expertos médicos están de acuerdo en una de las principales causas: la escasa y contaminada agua “potable” de Gaza, debido al bloqueo impuesto por Israel, los repetidos bombardeos de la infraestructura de agua y alcantarillado y el colapso de un acuífero de tan mala calidad que el 97 por ciento de los pozos de agua potable de Gaza están por debajo de los estándares mínimos de salud para el consumo humano.

El Dr. Machdi Dhair, director de medicina preventiva del Ministerio de Salud palestino, afirma que existe un “enorme aumento” de las enfermedades transmitidas por el agua, que según él están “directamente relacionadas con el agua potable” y con la contaminación de las aguas residuales no tratadas que fluyen directamente al Mediterráneo.

Una visita al densamente poblado campamento de refugiados de Shati, ayuda a entender por qué. Allí, 87.000 refugiados y sus familias — expulsados de sus pueblos y aldeas durante la creación de Israel en 1948 — están agrupados en medio kilómetro cuadrado de estructuras de bloques de cemento a lo largo del Mediterráneo.

“¿Agua y electricidad? Olvídalo”, dice Atef Nimnim, que vive con su madre, su esposa y dos generaciones más jóvenes — 19 Nimnims en total — en una pequeña vivienda de tres habitaciones en Shati.

El acuífero de Gaza que chisporrotea a través de sus grifos es demasiado salado, ya casi nadie en Gaza lo bebe. En cuanto al agua potable, el hijo de Atef, de 15 años de edad, apila jarras de plástico en una silla de ruedas y las lleva a la mezquita, donde llena los contenedores de la familia, por cortesía de HAMAS.

La mayoría de las familias, incluso en los campamentos de refugiados, gastan hasta la mitad de sus modestos ingresos en el agua desalinizada de los pozos no regulados de Gaza. Pero incluso ese sacrificio tiene un costo.

Contaminación fecal

Los controles de la Autoridad Palestina del Agua muestran que hasta un 70 por ciento del agua desalinizada, suministrada por un pequeño ejército de camiones privados y almacenada en los tanques de los campamentos, es propensa a la contaminación fecal.

Incluso cantidades microscópicas de E. coli pueden provocar una crisis de salud.

La razón de ello, explica Gregor von Medeazza, especialista en agua y saneamiento de UNICEF para Gaza, es que cuanto más tiempo permanezca el E. coli en el agua, más “empiezan a crecer” y la situación empeora. Esto conduce a la diarrea crónica, que a su vez puede provocar el retraso en el crecimiento de los niños y niñas de Gaza, como ha documentado recientemente una revista médica británica. Un efecto, dice Von Medeazza, es el retraso en el “desarrollo cerebral” y un “efecto medible sobre el coeficiente intelectual” de los niños afectados.

Los altos niveles de salinidad y nitratos del colapsado acuífero de Gaza — tan mal bombeados que está entrando agua de mar en ellos — son la causa de muchos de los problemas de salud de Gaza. Los niveles elevados de nitratos provocan hipertensión e insuficiencia renal, y están relacionados con el aumento del síndrome del bebé azul. Las enfermedades transmitidas por el agua, como la diarrea infantil, la salmonela y la fiebre tifoidea, son causadas por la contaminación fecal, tanto por el agua desalinizada de la azotea como por los 110 millones de litros de aguas residuales sin tratar y mal tratadas que fluyen cada día al Mediterráneo.

Debido a que la electricidad aquí está cortada durante 20 horas al día, la planta de tratamiento de aguas residuales de Gaza es esencialmente inútil; por lo tanto, las 24 horas del día, los 7 días de la semana, aguas marrones fluyen al mar desde largas tuberías situadas sobre una playa al norte de la ciudad de Gaza. Sin embargo, en verano, los niños siguen nadando en las playas del enclave.

En 2016, Mohamed al Sayis, de cinco años de edad, tragó agua de mar contaminada con aguas residuales, ingiriendo bacterias fecales que provocaron una enfermedad cerebral mortal. La de Mohamed fue la primera muerte conocida causada por las aguas residuales en Gaza.

Para empeorar las cosas, los cohetes y proyectiles israelíes dañaron o destruyeron torres de agua y tuberías, pozos y plantas de tratamiento de aguas residuales de Gaza, lo que causó daños por un valor estimado de 34 millones de dólares. Esto paralizó aún más el suministro de agua potable y limpia, lo que agravó la catástrofe sanitaria. Un impacto aún mayor proviene del bloqueo económico de Israel, que según el Dr. Abu Samia es el culpable directo de la creciente desnutrición del territorio.

La grave escasez de agua y electricidad, junto con el aumento de la pobreza, han dañado los niveles nutricionales, dice el Dr. Abu Samia.

“Está afectando a los bebés”.

Antes del bloqueo, dice, no tenía pacientes que sufrieran de desnutrición. Ahora ve con frecuencia a niños con enfermedades nutricionales.

“Estamos viendo bebés con marasmo”, una grave enfermedad nutricional. “En los últimos dos años, está aumentando más y más”.

Los habitantes de Gaza recuerdan bien las cínicas palabras del ministro israelí Dov Weissglas en 2006, cuando comparó vilmente el bloqueo con “una reunión con un dietista… Tenemos que adelgazarles mucho, pero no lo suficiente para morir”.

Gaza será inhabitable en 2020

Ahora, aparte de los cientos de muertos por cohetes, misiles y balas en las tres guerras más recientes en Gaza, los niños y niñas del enclave están enfermando y muriendo a causa del agua contaminada y de las enfermedades infecciosas resultantes.

“La ocupación y el bloqueo son los principales impedimentos para el éxito de la promoción de la salud pública en la Franja de Gaza”, declaró un estudio realizado en 2018 en la revista The Lancet, en el que se citaban “efectos significativos y perjudiciales para la atención de la salud”.

Sin una intervención importante de la comunidad internacional, y pronto, los grupos humanitarios advierten que Gaza se volverá inhabitable en 2020, es decir, dentro de apenas un año.

Si no se interviene urgentemente, se producirá “un colapso enorme”, dice Adnan Abu Hasna, portavoz en Gaza de la UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, a la que la administración Trump ha recortado recientemente todos sus fondos estadounidenses.

De lo contrario, en menos de dos años, dice, “Gaza no será un lugar habitable”.

Sin embargo, sea o no habitable, la gran mayoría de los dos millones de habitantes de Gaza no tienen adónde ir. La mayoría simplemente está tratando de llevar una vida lo más normal posible bajo circunstancias extremadamente anormales.

Al atardecer de una noche de verano, en una pequeña lengua de tierra y roca en medio del puerto de Gaza, cinco de esos dos millones de personas intentan disfrutar de unos minutos de tranquilidad.

Alrededor de Ahmed y Rana Dilly y sus tres hijos pequeños, el puerto se llena de vida. Los pescadores tiran de sus redes. Los niños posan para hacerse unos selfies sobre bloques de hormigón rotos y barras de refuerzo, restos de un viejo bombardeo.

Rana vierte soda de mango; Ahmed insiste en repartir algunas tabletas de chocolate.

“Estás con los palestinos”, se ríe, desestimando a los que rechazan su oferta.

Sus tres hijos pequeños mordisquean patatas fritas.

Los Dillys tienen los mismos problemas que muchas familias de Gaza.

Ahmed, cambista, tuvo que reconstruir su tienda en 2014 después de que un misil israelí la destruyera.

Como la mayoría de los habitantes de Gaza, la familia tiene que hacer frente al agua salada de los grifos y a los riesgos inherentes de enfermedades causadas por el agua de la que dependen. Pero estos problemas significan poco para ellos en comparación con su deseo de sentirse seguros y de disfrutar de momentos fugaces de vivir como una familia normal.

“Sé que la situación es horrible, pero sólo quiero que mis hijos tengan un pequeño cambio de vez en cuando”, dice Ahmed. “Quiero que vean algo diferente. Quiero que mi familia se sienta segura”.

En la distancia, una explosión hace eco. Ahmed hace una breve pausa y luego la ignora.

“Vengo aquí, al mar, y me olvido de todo el mundo”.


Este artículo fue publicado originalmente en inglés en International Middle East Media Center y ha sido traducido por Javier Villate.