Javier Villate
Oct 8 · 7 min read
Un soldado israelí venda los ojos de un preso palestino. (Foto: Nati Shohat / Flash90)

Ruchama Marton / +972, 7 de octubre de 2019 — Los servicios secretos del Shin Bet dirigen una escuela para sus agentes e interrogadores en la que se imparten clases sobre cómo decir una mentira. Los textos de los cursos no han cambiado con los años. En 1993, en respuesta a las acusaciones de que el Shin Bet torturó brutalmente al detenido palestino Hasán Zubeidi, el entonces comandante del Comando Norte de las FDI [las fuerzas armadas israelíes, N. del T.], Yosi Peled, dijo a la periodista israelí Gabi Nitzan que “no hay tortura en Israel; he servido durante 30 años en la FDI y sé de lo que hablo”.

Veintiséis años después, el subjefe y antiguo interrogador del Shin Bet, Isaac Ilan, repitió la misma cantinela al presentador de noticias Jacob Eilon en la televisión nacional, mientras hablaba sobre Samer Arbid, un palestino de 44 años de edad que fue hospitalizado en estado crítico después de haber sido supuestamente torturado por el Shin Bet. Se sospecha que Arbid organizó un mortífero atentado con bomba que mató, en agosto pasado, a una adolescente israelí e hirió a su padre y a su hermano en un manantial de Cisjordania. Ilan se enfureció ante la idea de que el Shin Bet fuera de alguna manera responsable de la condición de Arbid.

Dejando de lado estas formas absurdas de negación, como médico y fundador de Médicos por los Derechos Humanos — Israel (PHR, por sus siglas en inglés), siempre me ha preocupado la forma en que los médicos israelíes cooperan con la industria de la tortura de Israel y la hacen posible.

En junio de 1993, organicé una conferencia internacional en Tel Aviv contra la tortura en Israel, en nombre de PHR. En la conferencia, presenté un documento médico del Shin Bet que había sido descubierto por casualidad por el periodista israelí Michal Sela. En el documento se preguntaba al médico de los servicios secretos si el preso en cuestión, podía ser atado, si podían cubrirle la cara o si se le podía obligar a permanecer de pie durante períodos prolongados de tiempo, mientras estaba sometido a régimen de aislamiento.

El Shin Bet negó que tal documento existiera. “No hay ningún documento. Era simplemente un texto experimental que no está en uso”, afirmó la agencia de inteligencia. Cuatro años más tarde salió a la luz un segundo documento, sospechosamente similar al primero. En él se pedía a los médicos que aprobaran la tortura de conformidad con varias cláusulas previamente acordadas.

El primer documento, junto con otros hallazgos, fue publicado en el libro titulado Tortura: Derechos humanos, ética médica y el caso de Israel. El libro no se encuentra en Israel: Steimatzky, la cadena de librerías más grande y antigua de Israel, ha prohibido su venta. Tal vez esta sea una prueba más de que no hay tortura en Israel.

Después de que se descubriera el documento, PHR se dirigió a la Asociación Médica de Israel [en adelante, AMI, N. del T.] y le pidió que se uniera a la lucha contra la tortura. La AMI solicitó a PHR que entregara los nombres de los médicos del Shin Bet que firmaron el documento para que el asunto pudiera ser abordado internamente.

Me negué a entregar los nombres y le dije al abogado de la AMI que no estaba interesado en ir tras los médicos de base, sino que quería cambiar todo el sistema. Esto significa eliminar la legitimidad concedida a las confesiones obtenidas bajo tortura, concienciar a los miembros de la AMI sobre la no cooperación con los torturadores y, en particular, proporcionar ayuda activa a los médicos que denuncian las sospechas de tortura o los interrogatorios brutales.

En aquel momento, la AMI se dio por satisfecha con tomar nota de nuestras declaraciones sin hacer nada para evitar que los médicos del Shin Bet cooperaran con la tortura. Además, la asociación no cumplió con su obligación de establecer un foro para que los médicos informen sobre presuntas torturas.

Un fracaso ético, moral y práctico

Pero no sólo los médicos del Shin Bet y del Servicio de Prisiones de Israel colaboran con la tortura. Los médicos de las salas de urgencias de todo Israel escriben opiniones médicas falsas en cumplimiento de las demandas del Shin Bet. Tomemos, por ejemplo, el caso de Nader Qumsieh, de la ciudad de Beit Sahur, en Cisjordania. Fue arrestado en su casa el 4 de mayo de 1993 y llevado al Centro Médico Soroka de Bersheba cinco días después. Allí un urólogo le diagnosticó una hemorragia y un desgarro en el escroto.

Qumsieh testificó que fue golpeado durante su interrogatorio y pateado en los testículos.

Jóvenes palestinos protestan por las torturas y malos tratos a que son sometidos los presos palestinos en las cárceles israelíes, el 21 de abril de 2017 en la Franja de Gaza. (Foto: Ahmed Jateib / Flash90)

Diez días después, Qumsieh fue llevado ante el mismo urólogo para un examen médico, después de que este galeno recibiera una llamada telefónica del ejército israelí. El urólogo escribió una carta retroactiva (como si se hubiera escrito dos días antes), sin realizar un examen adicional del paciente, en la que decía que “según el paciente, se cayó por las escaleras dos días antes de llegar a la sala de urgencias”. En esta ocasión, el diagnóstico fue “hematoma superficial en la zona escrotal, que corresponde a hematomas locales sufridos entre dos y cinco días antes del examen”. La carta original del urólogo, escrita después del primer examen, desapareció del expediente médico de Qumsieh.

La historia nos enseña que los médicos de todo el mundo interiorizan fácil y eficazmente los valores del régimen, y muchos de ellos se convierten en leales servidores del régimen. Ese fue el caso en la Alemania nazi, en Estados Unidos y en varios países de América Latina. Lo mismo ocurre con Israel. El caso de Qumsieh, junto con muchos otros, refleja el fracaso ético, moral y práctico del sistema médico en Israel frente a la tortura.

Ya en el siglo XVIII, los juristas — más que los médicos — publicaban dictámenes jurídicos, acompañados de pruebas, en los que se sostenía que no hay relación entre causar dolor y llegar a la verdad. Por consiguiente, tanto la tortura como las confesiones obtenidas a través del dolor fueron legalmente descalificadas. Es de suponer que los jefes del Shin Bet, el ejército y la policía conocen esta parte de la historia.

Sin embargo, la tortura — que incluye tanto la crueldad mental como la física — sigue teniendo lugar a gran escala. ¿Por qué? Porque el verdadero objetivo de la tortura y la humillación es romper el espíritu y el cuerpo del preso. Eliminar su personalidad.

El fundamento legal de la prohibición de la tortura se basa en la idea utilitarista de que no se puede llegar a la verdad infligiendo dolor. Y los médicos están comprometidos, ante todo, con la idea de que cualquier cosa que cause daño físico o mental a un paciente está prohibida.

El documento de normas médicas del Shin Bet permite la privación de sueño, así como exponer a los presos a temperaturas extremas, golpearlos, atarlos durante largas horas en posiciones dolorosas, obligarlos a permanecer de pie durante horas hasta que los vasos sanguíneos de sus pies revientan, cubrir sus cabezas durante períodos prolongados de tiempo, humillarlos sexualmente, romper su espíritu cortando sus lazos con sus familiares y abogados, mantenerlos aislados hasta que pierdan la cordura.

El formulario de normas médicas del Shin Bet no es el mismo que el utilizado para unirse a la fuerza aérea o incluso para conducir un automóvil. Este tipo de normas lleva al preso directamente a la cámara de tortura, y el médico lo sabe. El médico sabe a qué tipo de proceso sistemático de dolor y humillación está prestando su consentimiento y aprobación. Son los médicos quienes supervisan la tortura, examinan al preso torturado y redactan la opinión médica o el informe de patología.

Activistas israelíes participan en una acción de protesta por el uso de la tortura, en 2011. (Foto: Oren Ziv / Activestills.org)

La bata blanca pasa a través de la cámara de tortura como una sombra al acecho durante los interrogatorios. Un médico que coopera con la industria de la tortura de Israel es cómplice de esa misma industria. Si un preso muere durante el interrogatorio, el médico es cómplice de su asesinato. Médicos, enfermeras y jueces que saben lo que está ocurriendo y prefieren permanecer en silencio son todos cómplices.

Debemos oponernos incondicionalmente a todas las formas de tortura, sin excepciones. Nosotros, ciudadanos de un estado democrático, debemos negarnos a cooperar con el crimen de la tortura, y más aún cuando se trata de médicos.

Tampoco debemos escondernos detrás de la idea de que la tortura es un efecto de la ocupación, mientras nos decimos a nosotros mismos que la práctica desaparecerá cuando la ocupación termine. La tortura es una visión del mundo según la cual los derechos humanos no tienen lugar ni valor. Existió mucho antes de la ocupación y seguirá existiendo si no cambiamos esa visión del mundo.

Las prácticas de investigación violentas y crueles no benefician a la seguridad nacional, aunque se cometan en su nombre. La tortura causa una destrucción en espiral de nuestro tejido social. No sólo los que realizan este terrible “trabajo” pierden los valores de la moral, la dignidad humana y la democracia, sino también todos los que guardan silencio y no quieren saber. De hecho, todos nosotros.


Ruchama Marton es el fundador de Médicos por los Derechos Humanos — Israel.

Este artículo fue publicado por +972 Magazine y ha sido traducido por Javier Villate.

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