El estudio de Alberto Giacometti

Fundación Juan March
Doble Clic en la March
8 min readMay 25, 2023

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Con motivo de nuestra exposición “Escala: Escultura (1945–2000)”, ofrecemos una selección de ensayos rescatados de nuestro archivo patrimonial. Continuamos con un texto sobre las esculturas de Alberto Giacometti.

Por Jean Genet

Alberto Giacometti en su estudio en Montparnasse, París. (Vía Wikicommons)

Cuando Osiris, envuelto en una luz verde, se me apareció súbitamente -pues su nicho está excavado a ras de la pared-, tuve miedo. ¿fueron mis ojos los primeros en percibirle? No, fueron mis hombros, y también mi nuca, como aplastada por una mano o una masa que me obligaba a hundirme a través de los milenios de Egipto. Tuve mentalmente que inclinarme e incluso encogerme ante esa estatuilla de mirada y sonrisa duras. Se trataba realmente de un dios; de aquél precisamente, del inexorable (me refiero, como puede imaginarse, a Osiris, en pie, en la cripta del Louvre). Tenía miedo porque, sin riesgo de errar, se trataba de un dios.

Algunas de las estatuas de Giacometti provocan en mí una emoción muy cercana a este terror y una fascinación casi igualmente grande. También despiertan en mí otro curioso sentimiento: me resultan familiares, andan por la calle. No obstante, vienen del fondo de los tiempos y están en los orígenes de todo. Se acercan y se retiran sin cesar, en su soberana inmovilidad. Si intento dominarlas, romper la distancia que nos separa (sin cólera, furor ni rayos; simplemente debido a la distancia existente entre ellas y yo, que no había captado por su extrema densidad y reducción que les daba una apariencia de inmediatez), se apartan vertiginosamente. La distancia se despliega. ¿Adónde van? Mientras aún puede vérselas, ¿dónde están? No llegó a captar bien lo que en arte se llama un innovador. ¿Debería ser comprendida una obra por las generaciones futuras? ¿Por qué? ¿Qué es lo que eso significa? ¿Supone que podrán utilizarla? ¿Para qué?

José Ruibal en la inauguración de la exposición Giacometti. Colección Fundación Maeght. (Archivo Fundación Juan March)

No llego a verlo. Lo que sí percibo más claramente -aunque en leve proporción- es que toda obra de arte, si quiere alcanzar las más altas cimas, debe pacientemente, cuidándose minuciosamente desde los inicios de su creación, penetrar milenios y llegar si le es posible a la noche inmemorial habitada por los muertos que van a reconocerse en la obra.

No, el destino de la obra de arte no son las generaciones jóvenes, sino que se ofrece al pueblo innumerable de los muertos. Que la acepten o que la rechacen. Pero los muertos a los que me refiero no han estado nunca vivos… o yo olvido que ha sido así. Llegaron a estarlo lo suficiente como para que su vida llenase la función de hacerles pasar esa tranquila orilla desde la que esperan una señal procedente de aquí, y que la reconozcan.

Estando, pues, aquí presentes, ¿Dónde están las figuras de Giacometti de las que hablaba, sino en la muerte? De ella surgen cada vez de que nuestra mirada las llama al lado nuestro.

Diálogo con Giacometti:

YO: «Hace falta un valor a toda prueba para tener una de sus esculturas en casa.»

ÉL: «¿Por qué?» Vacilo en la respuesta. Se va a reír de mí.

YO: «Con una de sus esculturas en una habitación, la habitación queda convertida en templo.» Giacometti parece algo desconcertado.

ÉL: «¿y le parece a usted bien?

YO: «No lo sé. Y a usted, ¿le parece bien?»

Los hombros de dos de ellas, y sobre todo el pecho, son de la delicadeza de un esqueleto que, si se toca, va a desmoronarse. La curva del hombro -el comienzo del brazo- es exquisita; me excuso por decirlo, pero es exquisita por su fuerza. Toco el hombro y cierro los ojos. No me es posible describir la felicidad de mis dedos. Por lo pronto, es la primera vez que mis dedos tocan el bronce; además, algún ser decidido les guía y les tranquiliza. Giacometti habla con una voz áspera, pareciendo escoger deliberadamente los tonos y las palabras más cercanos a la conversación de todos los días.

Alfonso Emilio Pérez Sánchez en la inauguración de la exposición Giacometti. Colección Fundación Maeght. (Archivo Fundación Juan March)

Podría comparársele con un tonelero.

ÉL: «Y a las había visto usted en yeso … ¿se acuerda?»

YO: «Sí.»

ÉL: «¿Cree usted que pierden, al estar en bronce?»

YO: «No, en absoluto.»

ÉL: «¿Cree que están mejor?»

Dudo en cómo expresar de la mejor manera mis sentimientos.

YO: «Va a reírse usted de mí otra vez, pero tengo una extraña impresión. Yo no diría que ganan, al estar en bronce, sino que es el bronce el que ha ganado. El bronce, por primera vez en su vida, acaba de ganar. Sus mujeres son una victoria del bronce. Victoria, probablemente, sobre sí mismo.»

ÉL: «Eso debería ser.»

Giacometti sonríe y toda la piel, hecha de pliegues, de su cara hace lo mismo. Curioso aspecto. Ríen sus ojos, naturalmente, pero también su frente (su persona entera tiene el color gris de su estudio).

Por simpatía, quizá, ha tomado el color del polvo.

Sus dientes -separados e igualmente grises-, también sonríen. El viento pasa a través de ellos. Mira una de sus esculturas.

ÉL: «Es algo irregular, ¿no?»

Es una palabra que pronuncia frecuentemente.

También él es bastante irregular. Pasa sus dedos por su cabeza gris y desgreñada. Annette ha sido la que ha cortado sus cabellos. Giacometti sube sus pantalones, que se le caían sobre sus zapatos. Hace unos seis segundos estaba riendo, pero acaba de tocar una estatua en esbozo. Así permanecerá durante medio minuto. Se ha desinteresado absolutamente de mí.

Estamos en su estudio por la tarde. Observo dos lienzos -dos cabezas- de una extraordinaria agudeza: parecen estar en movimiento, venir hacia mí sin cesar nunca de hacerlo, y venir desde no sé qué fondo, que emitiría este rostro anguloso continuamente.

ÉL: «Ya empieza, ¿no?»

Me mira. Después, más seguro, continúa:

ÉL: «Los hice la otra noche. De memoria. También hice unos dibujos … (duda), pero no están bien. ¿Quiere usted verlos?»

Probablemente le he respondido de una manera extraña, por la estupefacción que me ha causado su pregunta. Hace cuatro años que le veo con regularidad y es la primera vez que me ofrece algo semejante. Siempre se limita a comprobar -extrañándose de alguna manera- que estoy observando y admirando sus obras.

Aimé Maeght en la inauguración de la exposición Giacometti. Colección Fundación Maeght. (Archivo Fundación Juan March)

Giacometti abre una carpeta, de la que saca seis dibujos. Cuatro de ellos me parecen admirables. El que menos me ha atraído, representa un personaje de estatura muy pequeña, situado en la parte baja -de una gran hoja blanca.

ÉL: «No es que esté demasiado contento, pero es la primera vez que me he atrevido a hacer algo parecido.»

Con esa expresión, probablemente ha querido decir: «Atreverme a dar valor a una superficie blanca tan enorme, utilizando un personaje minúsculo.»

O incluso: «Demostrar que las proporciones de un personaje soportan el intento de aplastamiento de una gran superficie.» O bien …

Cualquier que haya sido su intención, sus palabras me han conmovido, por tratarse de un hombre que está continuamente atreviéndose. Ese pequeño personaje es una de sus victorias. ¿Qué es lo que ha debido vencer?

Cada escultura es netamente diferente. Conozco únicamente las esculturas de mujeres para las que ha posado Annette, y los bustos de Diego. Dudo si ante esas mujeres tengo la sensación de estar en presencia de diosas -de diosas, no de esculturas de una diosa-, el busto de Diego nunca llega a esta altura. Nunca hasta ahora, por lo menos. No retrocede ante el espectador, para volver a una gran velocidad. No va hasta esa distancia de la que he hablado. Más que un dios, sería el busto de un sacerdote de la más alta jerarquía. No es un dios, cada una de sus estatuas es muy diferente, pero todas pertenecen a la misma familia altiva y reservada. Cada una es familiar y muy cercana: inaccesible.

El parecido, creo yo, no se debe a la «manera» del autor, sino a que cada figura tiene el mismo origen -nocturno, sin duda-, bien situado en el mundo. ¿Dónde?

Giacometti no trabaja ni para sus contemporáneos ni para las generaciones futuras. Los muertos, por fin, reciben las esculturas que esperaban.

¿Lo había dicho ya? Todo objeto dibujado o pintado por Giacometti nos ofrece y nos dirige su pensamiento más amistoso, más afectuoso. Nunca se nos aparece en forma desconcertante. ¡No quiere aparentar ser un monstruo! Desde muy lejos, por el contrario, hace emanar una especie de amistad y de paz que dan confianza. Si nos inquietan es por su extrema pureza e individualidad. Estar de acuerdo con tales objetos (manzana, botella, suspensión, mesa, palmera) exige el rechazo de todo compromiso.

He escrito que de los objetos de Giacometti se desprende una especie de amistad; que parecen dirigirnos un pensamiento de amistad; Tal vez sea exagerar algo. De Vermeer podía decirse tal cosa, pero con Giacometti la situación varía: no es debido a que se haga «más humano» — por su utilidad y por el uso incesante del hombre…, por lo que el objeto pintado por Giacometti nos conmueve y nos conforta, ni por estar revestido de lo mejor, lo más amable y lo más sensible de la presencia humana sino, por el contrario, porque es, simplemente, «este objeto», en toda su ingenua frescura. Es él y nada más. Es él, en su total soledad.

Lo he expresado mal, ¿verdad? Probemos de otra manera. Creo que, para abordar los objetos, el ojo y el lápiz de Giacometti se desprenden de toda premeditación servil. Giacometti rechaza la moda actual que, bajo el pretexto de envilecer — antes era ennoblecer- al objeto, deposita en él alguna especie de tinte humano, sea éste delicado, cruel o tierno.

Ante una impresión, Giacometti dice: «Es una suspensión. Ahí está.» Y nada más. Y esta súbita comprobación ilumina al pintor. La suspensión. Así pasará al papel, en su más ingenua desnudez.

Qué manera de respetar los objetos. Cada uno posee su belleza, porque es el «único» en ser así. Cada uno contiene lo irreemplazable.

El arte de Giacometti no es, pues, un arte social, que establece entre los objetos un lazo social -el hombre y sus secreciones- sería, más bien, un arte de vagabundos aristócratas, tan puros que el nexo que podría unirlos sería el reconocimiento de la soledad de cada objeto, de cada ser. «Estoy solo — parece decir el objeto-; estoy, pues, cogido en una necesidad contra la cual nadie puede hacer nada. Si no soy más que lo que soy, soy indestructible. Siendo lo que soy, y sin reserva, mi soledad conoce la vuestra».

El texto “El estudio de Alberto Giacometti” fue un encargo de la Fundación Juan March para el catálogo de la exposición Giacometti de 1976. Puede acceder al catálogo digitalizado aquí.

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