Roger Vignoles: “Ser pianista acompañante es como ser un buen tenista de dobles: requiere un radar y una intuición natural

En 2019, el pianista repertorista Roger Vignoles interpretó junto a Julia Sitkovetsky y Fernando Arias un concierto enmarcado en el ciclo Disímiles vidas paralelas dedicado a la estrecha amistad entre Dmitri Shostakóvich y Benjamin Britten. Horas antes del concierto, nos reunimos para charlar sobre el programa elegido, y sobre este último compositor, cuya música conoce bien.

Roger Vignoles en su concierto Britten y Shostakóvich, 2019 / Foto: Dolores Iglesias. Archivo: Fundación Juan March

Camila Fernández

Edición: Laura N. Blanco

La temporada pasada tocaste con Dorothea Roschmann, Bernarda Fink, Marie-Nicole Lemieux, Nicky Spence, Ainhoa Arteta, Mark Padmore, Roderick Williams… ¿Qué concierto dirías que te ha enriquecido más como pianista acompañante?

Es una pregunta difícil de responder, porque todos fueron muy enriquecedores musicalmente. Aunque mi viaje con Marie-Nicole Lemieux fue muy especial. Hicimos varios conciertos en el sur de Francia, en Marsella, Montpellier y Toulouse, y siempre es bueno repetir programa. Mi vida ha estado llena de actuaciones puntuales: trabajas duro, ensayas, se lo das a la audiencia y no lo vuelves a hacer durante un tiempo. Pero, de vez en cuando, uno puede hacer tres o cuatro actuaciones del mismo programa. Entonces te sientes más libre, la conexión con el cantante se libera, y cada actuación alcanza un nuevo espacio.

¿Por qué te convertiste en pianista acompañante?
Normalmente distinguimos entre matemáticas puras y matemáticas aplicadas, y esa misma distinción existe entre lo que podríamos llamar el piano puro y el piano aplicado, que realizaría el pianista acompañante. Ser pianista acompañante requiere una mayor gama de capacidades técnicas y de color, una caja de pinturas más variada con la que crear la expresión y la articulación. También requiere un radar y una intuición natural. Es como ser un buen tenista de dobles: tienes que saber cuándo va a caer la pelota.

Pero me preguntaste cómo empecé: Empecé porque tengo dos hermanos mayores, y el más mayor era muy buen corista de pequeño.[CFG1] Cuando su voz cambió, no sabía si se convertiría en barítono, y como yo era el pianista de la familia, lo natural fue que tocara con él. Así que elegíamos piezas de música del armario de partituras de mi padre y nos aprendíamos canciones de Schubert, desde Winterreise[CFG2] hasta Die Schönne Müllerin, sin darnos cuenta de que lo que hacíamos fuese algo difícil o especial. Y así es cómo descubrí que me gustaba hacerlo, y que era un trabajo especial que podía hacer.

Entonces, ¿tu padre era músico?
No, era profesor de música, pero era musical: podía cantar, tocaba el piano… Yo crecí –y esto es muy inglés– con una dieta de música de catedral y de Gilbert y Sullivan, que es el equivalente inglés de la zarzuela. Las operetas de Gilbert y Sullivan eran muy populares cuando era pequeño. Y luego, [bromea], los domingos tocaba roast beef.

Y luego, ¿siempre te has dedicado a acompañar a cantantes?
Esto siempre ha sido lo más importante para mí. Hubo un período bastante largo en la mitad de mi carrera en el que también trabajé con algunos grandes instrumentistas –el violonchelista Heinrich Schiff, la violista Nobuko Imai, el violinista húngaro György Pauk…–, he tocado mucho repertorio de cuerda también, pero mi primer amor fue siempre el repertorio vocal, y por eso he regresado a él.

Roger Vignoles y la soprano Julia Sitkovetsky durante su concierto en 2019 /Foto: Dolores Iglesias. Archivo: Fundación Juan March.

Has dado muchas clases magistrales, ¿Qué es lo que más te gusta enseñar?
Disfruto mucho trabajando el repertorio de canciones con jóvenes dúos –cantante y pianista–. A menudo en las clases magistrales los grandes intérpretes hablan mucho con el joven cantante, pero a penas mencionan la parte del piano. A mi me gusta trabajar con ambos, y lo interesante es que, a menudo, desarrollas un detalle con el pianista, y el cantante lo asimila sólo por escucharlo. Luego hablas con el cantante, y el pianista escucha también, y la siguiente vez que tocan, otras muchas cosas caen en su sitio sin la necesidad de decirlas. Al final, lo importante es cómo se escuchan mutuamente, y que lo de uno es tan importante como lo del otro.

¿Cómo fue el proceso de grabación de las Canciones completas de Strauss?
Fue un proceso fascinante. Tuve que dividir sus más de doscientas canciones eligiendo a los cantantes. Quería que cada disco tuviera una unidad y un programa coherente, que pudiera escucharse de principio a fin y fuera una experiencia satisfactoria. Así que, básicamente, escogía a un cantante y elaboraba el repertorio en torno a su voz y a su personalidad, y me las arreglé para dividir todas sus canciones de manera que pudieran encajar. Así que cada CD tiene un carácter diferente, según el cantante y el repertorio.

La otra cosa fascinante de ese proyecto fue que todo el mundo conoce unas doce canciones de Strauss y siempre se programan las mismas, cuando él compuso unas doscientas, y hay canciones maravillosas que nadie canta nunca. Tener la oportunidad de grabar esas fue muy especial. Lo cierto es que Strauss fue víctima de su propio éxito: algunas de sus canciones más conocidas están en su Op. 10, el primero que publicó. Si tienes un éxito inesperado desde el principio, la gente no necesariamente va a buscar lo que hagas después.

Entre las grabaciones que ya hiciste y las que están saliendo, ¿cuáles son tus tres favoritas?
Una es The sea, una grabación con muchos compositores diferentes y dos maravillosos cantantes: Sarah Walker y Thomas Allen. Todas las canciones tienen elementos visuales, un carácter y una atmósfera relacionadas con el mar ­–tristemente ninguna en español–. Esa ha sido desde siempre una de mis favoritas. Y luego, recientemente grabé Winterreise con Florian Boesch, y me alegré mucho del resultado. Y Before life and after, un disco que grabé con Mark Padmore, con grandes ciclos de Britten como Winter Words o The Holy sonnets of John Donne, un poema religioso que es –creo yo– una de las verdaderas obras maestras de Britten, una obra muy seria. Ahí van tres posibles selecciones, pero hay muchas más.

Cuando no estás preparando algo ¿estás buscando nueva música o son siempre los cantantes los que proponen los programas?
No siempre, muy a menudo sugiero un repertorio que me haya interesado interpretar, o que no haya tocado desde hace un tiempo. En la Fundación, tengo la suerte de tener buena relación con Miguel Ángel Marín, así que es más dinámico. Cada vez que vengo, me dice: “Tengo esta idea para el año que viene. ¿Qué se te ocurre?”. Por ejemplo, el año pasado me propuso una idea para un ciclo sobre vidas paralelas, e instintivamente propuse a Britten y Shostakovich. Luego terminé escogiendo los ciclos de canciones y sonatas para violonchelo [y lo dice con tanta ilusión…].

El pasado 3 y 4 de mayo de 2020, Roger Vignoles tenía previsto visitarnos de nuevo junto a la joven mezzosoprano Marta Fontanals. Aquí el pequeño vídeo que compartieron haciendo frente al confinamiento.

¿Te gustaría explicar un poco más el concepto del concierto de esta noche, ya que la idea es tuya?
La amistad a distancia entre Britten y Shostakóvich me parece de las interesantes. Como explica el programa, los dos fueron outsiders de la música del s. XX, escribieron música tonal en un tiempo en el que era muy importante componer música atonal y dodecafónica. Ambos fueron compositores teatrales, y también disidentes políticos, aunque, obviamente, el caso de Shostakovich fue más dramático bajo el régimen de Stalin. Britten comenzó su vida siendo muy de izquierdas y acabó siendo amigo de la familia real, pero aun así, fue un rebelde nada convencional.

La amistad entre Britten y Shostakóvich la fomentaron Rostropovich y su esposa, Galina Vishnévskaya. Nuestro programa de esta noche conecta a los dos compositores y a la vez es un homenaje a Rostropovich y Vishnévskaya, porque en él tenemos la sonata para violonchelo de Britten, escrita para Rostropovich, e interpretada por primera vez por el chelista junto al compositor, y también El eco del poeta, un hermoso ciclo de Pushkin que Britten escribió para Vishnévskaya, y en el que puedes escuchar cómo el compositor se adapta a la voz de la soprano.

También ha sido realmente fascinante al ensayar las piezas cómo los lenguajes musicales parecen entrelazarse, hay un gran parentesco entre ellos –Britten tenía oído para los idiomas musicales– pero también por la forma en que ambos se inspiran en la escritura musical convencional, de una manera muy original.

¿Hay alguna pieza del programa que te guste especialmente?
Sí, ciertamente El eco del poeta de Britten. Pero también, la Sonata para violonchelo Op. 40 de Shostakóvich, que es una pieza que he tocado durante… ¡50 años!. Entre las últimas hojas de mi partitura tengo el programa de cuando volví a mi universidad –Cambridge– para tocarla, después de haber estudiado en el Music College. Es una sonata en la que la relación entre el piano y el violonchelo es fuerte y creativa, de diálogo. El primer movimiento es melódico y dramático, el scherzo alocado, el movimiento lento da una sensación de amplitud que te transporta a uno de esos inmensos paisajes rusos con su melodía de lamento elegíaco y sus ecos folclóricos. Y luego está ese final maravilloso, bromista y alocado.

Britten y Shostakóvich vivieron momentos muy conflictivos. Britten por su homosexualidad y pacifismo, y Shostakóvich por su actitud política, ¿cómo se refleja esto en su música?
Ciertamente, en las sinfonías y en los cuartetos de cuerda de Shostakóvich hay una gran profundidad de sentimiento. No es exactamente desesperación, pero hay una tristeza sombría que creo que habla de la propia condición humana.

En el caso de Britten, él procedía de un entorno muy convencional, que fue ampliando hasta llegar a una audiencia global. Aunque él creció y maduró durante un período en el que la homosexualidad era ilegal en Gran Bretaña, muchas de sus piezas logran transmitir –bajo el radar– un mensaje pro-homosexual. Por ejemplo, uno de los cinco cánticos, que interpretamos aquí el año pasado, se llama My beloved is mine. Es un poema inglés del siglo XVII supuestamente religioso, pero que en realidad trata sobre el amor entre dos hombres. Es una pieza muy, muy hermosa. Estoy seguro de que en su primera interpretación, la audiencia la escuchó como una pieza religiosa, no creo que escucharan ese trasfondo.

También, uno sus primeros ciclos de canciones, Miguel Ángel Sonets, son escritos por Miguel Ángel a un hombre, y de alguna manera fue capaz de interpretarlos con gran éxito. Creo que el público británico de clase media pensó que estaba escuchando arte de alto nivel, porque el nombre de Miguel Ángel estaba allí, y pensaron que todo iba bien [risas].

Su pacifismo fue más problemático. Cuando él y Peter Piers volvieron de américa durante la II Guerra Mundial y se registraron como pacifistas, la opera Peter Gryms fue elegida para la reapertura de la Sadler’s Wells Opera en Londres, mucha gente gente se ofendió de que fuera una ópera de un pacifista. Pero fue un gran éxito y lanzó su carrera como compositor internacional de ópera.

Es interesante cómo Britten consiguió defender sus ideas y tener éxito al mismo tiempo… Es irónico que compusiera la ópera Gloriana, en la que se burla de la reina Isabel I, y terminara entablando relación con la familia real…
Gloriana si, fue representada el año pasado en el Teatro Real. Fue elegida como una ópera de coronación, y la primera interpretación fue para una audiencia de diplomáticos y gente que no tenía mucho interés en la ópera. Se enmarca en una larga tradición de óperas que examinan el conflicto entre el monarca como regente y como ser humano –como muestra la serie The Crown, que trata sobre cómo la reina actual hace balance entre las simpatías humanas naturales y ser una reina y defender su posición–. La gente estaba muy enfadada de que la ópera que debía celebrar la coronación tuviera una escena en la que se mostraba la reina Elisabeth I en su camisón, sin bata ni peluca que cubriese su cabeza calva.

Algo parecido ocurrió con Shostakovich y Lady Macbeth, que nunca llegó a escribir ópera por la denuncia de Stalin. Es un buen ejemplo de cómo el contexto puede limitar al compositor, ¿no?
Britten se sintió muy herido de la reacción del público a Gloriana, pero, afortunadamente, estaba rodeado de gente que le apoyaba, y tenía una visión muy clara de lo que quería hacer como artista, así que, fue y lo hizo.

Sin embargo, una de las cosas que estaban muy claras cuando Britten creció y de las que se quejaba desde joven, era la baja calidad de las interpretaciones que escuchaba, además de que no se programaba suficiente música europea, era demasiado insular. Pero en lugar de quejarse y ya está, hizo mucho para traer intérpretes extranjeros y abrir la sociedad musical a Europa.

Por ejemplo, cuando Britten escribió su War Requiem en 1962, él quería que en el estreno los intérpretes fueran Galina Vishnévskaya (rusa), Peter Pears (inglés) y Dietrich Fischer-Dieskau (alemán), para mostrar que no habíamos ganado la guerra solos, sino con la ayuda de rusos y americanos, y que los alemanes habían sufrido tanto como nosotros.

Mientras tocas, ¿puedes percibir si el público está disfrutando de tu representación?
Si, como intérprete uno tiene una conciencia muy clara de cómo el público está disfrutando de una actuación. Es extraño que incluso en el silencio total de la sala de conciertos existe una calidad de la escucha que denota que el público está realmente allí, pendiente de cada nota, que es lo que uno desea.

Considerado como uno de los pianistas repertoristas más destacados de la escena internacional, Roger Vignoles (Cheltenham, Reino Unido, 1945) ha demostrado una profunda comprensión del repertorio musical, al igual que una gran habilidad para hacer sentir a gusto a los cantantes que acompaña. Tras graduarse en el Magdalen College de la Universidad de Cambridge, decidió continuar su carrera como pianista acompañante, completando su formación con Paul Hamburger y uniéndose a la Royal Opera House como pianista repetidor.

A lo largo de su carrera ha acompañado a artistas consagrados, entre ellos la soprano Felicity Lott, la mezzosoprano Elīna Garanča o el barítono inglés Thomas Allen. Su discografía abarca desde el Lieder alemán y la lírica francesa a las canciones españolas o el cabaret, con grabaciones como Canciones completas de Strauss (2005–2017) y Carl Loewe: Songs and Ballads (2011), ambas con Florian Boesch para Hyperion, o, Britten: Before Life and After (2012) con Mark Padmore para Harmonia Mundi.

Para saber más…

  • Sobre el concierto, el video de la presentación y el programa, escrito por José Luis Téllez para el ciclo “Disímiles, vidas paralelas”, celebrado del 6 al 27 de febrero de 2019.
  • Sobre la vida y vicisitudes de Shostakóvich, este artículo de Julian Barnes.
  • Sobre la vida de Britten y su relación sentimental con Peter Pears, este artículo de The Guardian.
  • Sobre el arte de los pianistas repertoristas, esta entrevista a Roger Vignoles para el Financial Times que explica el perfil creciente de su profesión.
  • Sobre el acercamiento de Vignoles a Britten, este programa para músicos emergentes en el que Vignoles suele participar, el vídeo de este concierto sobre canticles de Britten y este disco en el que Vignoles interpreta música en los sonetos de John Donne.

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