Retornar sobre la tierra

En su momento creímos la revolucionaria y bellísima idea de la Soberanía popular (“la”); y luego la distinción entre la suma de los intereses individuales y el interés general.

En su intento por herir de muerte a los estamentos privilegiados, esa idea fincó a la revolución sobre el individuo; y al distinguir entre sumas de aislamiento e interés compuesto en realidad entronó a los más ingeniosos, sagaces y pudientes que podían hacer pasar sus intereses particulares por intereses generales.

“La” soberanía no reside en “el” pueblo. Si acaso, y por meras aspiraciones explicativas, habría que hablar de “las” soberanías, y entonces arrojamos luz inicial sobre la confusión: los singulares nos traicionaron.

Pero esto, huyendo de quien detiene la pluma al reconocer, vacilante, que sus ideas derivan en conclusiones funestas a su corazón, no es suficiente. Es necesario reconocer que la idea de soberanía, prima política de la legitimidad meramente formal, es una idea nefasta a la que no hay que reformular ni pluralizar, sino abandonar en la historia.

Olvidémonos de tomar al cielo por asalto. La mejor y más colectiva reivindicación está en nuestro pronto retorno sobre la tierra.

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