Atrévete, aquí te espero

Capítulo 7 de David J. Giménez en Ediciones SK

Mis insultos, planificados o espontáneos, seguían saliendo de mi boca mientras los golpes del panadero mastodóntico se tornaban cada vez más demoledores y aleatorios. Mi repertorio de ofensas llegaba a su fin, las adaptaciones de los insultos conocidos ya se habían agotado y los improvisados no me alcanzaban para mucho más y perdían fuerza por momentos; amamantarte debía ser una prueba olímpica de fondo para tu madre, dije, por último, secando por completo el pozo de agravios.

Al terminar de proferir el último, me percaté de algo sutil, al menos para mí, pero para un psicoanalista experimentado podría ser un caso transparente, de libro. En todos las frases, más o menos acertadas, intervenía una estrella, secundaria o protagonista, su madre. Bueno, otro punto interesante de mi psique a tener en cuenta. Me sorprendo hasta a mí mismo.

Las embestidas del panadero marmóreo se repartían aleatoriamente por paredes, suelo y, de vez en cuando, contra la astillada puerta vetusta del baño. Cada golpe sonaba distinto, tenía la impresión de que usaba todas las partes de su cuerpo contra mi despacho. Las paredes temblaban a cada golpe, la integridad del apartamento de renta antigua no daba la sensación de que fuese a soportar tantos y tan furiosos impactos. Algunas grietas aparecieron cerca del techo, soltando restos de la argamasa sobre mí. Se hizo una pausa que me congeló, sobrecogiéndome. Estaba convencido de que el gigante no cejaría hasta demoler el edificio entero.

Un titánico golpe en la pared, donde yo tenía la espalda apoyada, la agrietó hasta desprender algunos ladrillos de la esquina superior, formando una densa niebla de argamasa y yeso. La leve inclinación de la pared sobre mi espalda me alarmó. Seguí apoyado en ella, pensando que se caería si me apartaba. A medida que el polvo se dispersaba, fui revisando las condiciones en que estaba el baño, mirando rincones, paredes, suelo, ventanas y puerta, y entonces vislumbré el hombro y parte de la cabeza del gigante sobresaliendo de la parte superior de la pared, ahí donde la grieta apareció en la arremetida anterior. Consciente de esa imagen, la pared inclinada sobre mi espalda me pareció mucho más pesada. Mis piernas temblaron, no acierto a pensar si era de presión, por el peso, o de pánico.

Caminé hacia el frente, donde la bañera de verdosas patas de león mantenía su estoica postura, y confirmé que la pared que estaba sosteniendo cedía a cada paso. Así no podía quedarme. No sería capaz de soportar una nueva embestida. Todo el peso caería sobre mi. Seguí paso a paso acercándome hacia la bañera tratando de escuchar alguna señal que me advirtiese de la próxima arremetida mientras soportaba el peso del muro que iba transigiendo a cada pisada, inclinándose. Algunos ladrillos se soltaban de la afectada tapia, cayendo de todas partes; frente a mi, de los lados, golpeando en el suelo e interrumpiendo mi concentración, con la que esperaba identificar los movimientos del marmóreo gigante.

Cuanto más inclinado estaba el muro, más difícil se me hacía dar cada paso. Entre temblores, el cuerpo se me iba doblando bajo el peso de la tapia cuando un gorgoteo precedió al rugido del gigante, vaticinando un nuevo ataque. En ese instante, me dejé caer al suelo, a los pies de la bañera. El muro reposó sobre ella, dejando caer algunos ladrillos más. El fuerte rugido ocultaba un extraño burbujea de fondo. Me agarré a las patas de la bañera y un tremendo golpe, que resonó como una campana en la bañera, molió el muro y acabó por separar todos los ladrillos que cubrieron mi cuerpo, ocultándome. El sordo vibrar de la bañera me hizo castañear los dientes. Apreté dientes y esfínter a partes iguales, uno para no ser detectado y otro por si lo era.

La luz iluminó el diáfano baño y el gigante seguía sin verme. Sus pasos aplastaban los ladrillos, acercándose a mí. Acercó su pétrea cara al suelo, ocultándose del brillo del Sol, buscando entre el polvo de argamasa y yeso. Su fuerte respiración se posó sobre mí, me encontraba en posición fetal bajo un escudo de ladrillos. Un caldoso líquido tibio resbalaba entre los ladrillos, impregnándome el hombro, deslizándose hasta el cuello y escurriéndose por la espalda. El borboteo se produjo de nuevo, seguido de una preciosa dedicatoria a mi persona; te voy a destrozar cuando te encuentre, dijo entre salivas.

Nunca he entendido, para capturas y detenciones determinadas, que se notifique a los delincuentes y/o criminales la llegada inminente de la policía haciendo sonar, de forma repetida y estruendosa, las sirenas, con el detalle final del chirriar de las ruedas en una abrupta y espectacular frenada. Incomprensible, si se desea atrapar al presunto. La advertencia prematura hace más difícil e, incluso a veces, imposible su captura.

En este caso, la ruidosa advertencia se agradece. Ahuyentó al homicida a tiempo. En caso contrario, y con toda seguridad, hubiese acabado atrapado, amasado y horneado.

Aunque la batida en retirada del gigante fue bien sonora, no me atreví a levantar la cabeza sobre los protectores ladrillos hasta asegurarme de la llegada de la policía. Se les veía inseguros entre tanta destrucción. Levanté el brazo de entre los ladrillos, a modo de bandera blanca, pidiendo permiso para aparecer sin ser acribillado por novatos de gatillo fácil.

El hedor que expelía mi cuerpo, intenso, penetrante, algo dulzón, como a saliva, se olía a metros de distancia. Sin duda, el gigante era de pocas palabras a la fuerza: debía sufrir de tialismo severo.

La llegada del Inspector Pardiez fue silenciosa, como de costumbre. Ninguno de sus hombres celebraba nunca su aparición, pero él insistía en levantar los ánimos aunque fuese a mi costa. ¿Cómo se llama usted? me preguntó, empezando la pantomima que ya duraba once años. Se quedó mirándome, esperando mi participación en la ridícula obra. ¡¡PINGANILLA, JODER, PINGANILLA!! le grité, levantándome y tratando irme. Caminé, guardando el equilibrio sobre los escombros, como mejor pude, para ofrecer una salida lo más digna posible. ¿Y dónde podía ocultarme? Obvio, en la boca del lobo. ¿No deseaba conservar cerca a mis enemigos? Pues Claudia, mi preciosa Claudia, era la mejor opción, o al menos la única que se me había ocurrido hasta ahora. La llamé y le pedí el socorro que me merecía y que solo ella podía concederme.

Relajado sobre la mortífera cama en la que fui asaltado pocos días antes, recapacité. No tenía ni una pista, ni buena ni mala, sobre la identidad o el motivo del personaje que deseaba mi muerte. Además, si quería conseguir descubrirlo, debía obtener efectivo. El segundo caso de cuernos familiares no lo resolvería rápidamente, así que debía arriesgarme y presentar una propuesta a la chica atractiva que buscaba a su padre biológico.

Recibí la llamada de Pardiez que, con tono sieso, me dio la enhorabuena por ser el primero en sobrevivir al ataque del asesino a sueldo llamado El Panadero. Ese no mata, destroza, me dijo, y acabó con una frase reparadora; y además, no deja ningún trabajo a medias. Colgó sin despedirse y me dejó sentado en la cama, volviéndome a plantear mi vida, por segunda vez en los últimos dos días.

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