Por todos es sabido el déficit lector que nos rodea y todas las consecuencias que, como una cascada de carencias, se acumulan generación tras generación. Suena catastrófico, alarmista y, por qué no, empezamos con la falta de comprensión lectora, con vivir con un lenguaje desnutrido, y no hablo de la falta de palabros esnobistas buscando una erudición de saldo. No, hablo de jugar con las palabras, convertir una actividad cotidiana y necesaria en un entretenimiento, como el comer. Esa incomprensión de lo que uno lee, nos llevará a la inmediata incapacidad por describir, explicarse. Por mucho que nos guste introducir la coletilla, Tú ya me entiendes, eso no nos garantiza que funcione tal que un hechizo.
Te pasas todo el día leyendo, escuché una vez y, respondiendo al más puro estilo gallego, repliqué con un ¿cuánto tiempo te pasas viendo la tele? Salvando excepciones, cierto es que no parece ser una pérdida de tiempo ver la tele y sí leer. Cuando llego a casa, prefiero no pensar, relajarme. La falta de práctica ha convertido a la lectura en un tedio, un esfuerzo. Y preferimos la telebasura, que nos proporciona divertimento por un módico precio neuronal.
Hay lectura reflexiva, tanto en la acepción atribuida al discurrir, como en la de la autocontemplación. Hay lectura entretenida, donde la acción te introduce en un cuerpo ajeno, donde sólo se toman decisiones binarias de vida o muerte. Hay lecturas para todos los gustos y circunstancias, en las que construyes y te ofrecen la libertad de rellenar los vacíos, o en las que todo está construido y sólo recibes, sin esfuerzo, la narración.
La experiencia, nuestra madurez, radica en la cantidad de eventos que hemos padecido, sufrido, observado, sentido. Debe intervenir en esta fórmula, sin lugar a dudas, la capacidad para entenderlas y asimilarlas, registrarlas en esa memoria que forma nuestra persona. Y como tenemos una sola vida, tenemos que aprovecharla para aglutinar estos sucesos, buscarlos a placer. Y entre todos ellos, hay sucesos que podemos vivirlos indirectamente como una expedición, una investigación, una clase de historia.
Quien crea que la lectura es una moda estacional y que estos comentarios están vinculados al momento valle de un ciclo que en unos años pasará a su estadio cúspide, está en lo cierto ¿Y no es una pena que eso sea así? Sólo tengo una vida y deseo tener cien, mil, un millón, las que me quepan. Sentir la inmortalidad, experimentar con ella por haber vivido todas las vidas posibles.
He sufrido una rabia suicida en lo más profundo de mis carnes, al recibir la imprevista llamada telefónica de Johnny, el exmarido despechado y trastornado de Sadie, mi actual prometida, y buscaba acobardarme con amenazas. Finalmente, lo consigue al cercenar la cara de Sadie con una navaja.
He golpeado, con sangrante impotencia, la gruesa capa de hielo que me separa de Cristina, la mujer que amo con locura, mientras, en el otro lado, ella es arrastrada por la corriente, mirándome con ojos condescendientes, después de haber pronunciado un silencioso Te quiero.
He sentido cómo todos mis derechos, mi intimidad y hasta mi razón de ser y discernir quedan en manos de un ser superior, supuestamente más digno y poderoso que yo, para comandar mi vida. Y que, sin remedio, no alcanzo a comprender como he podido ser el único en desear separarme del cauce popular.
He mantenido varios amenos aperitivos con un libro amigo que me contaba todas las increíbles hazañas de Sir Winston Churchill en su juventud y la intensa actividad en su madurez. Contándome el porqué de sus reacciones, esa incansable y hasta enfermiza búsqueda de aventuras.
Es lo que me han dicho los pocos libros que he podido leerme, todas las vidas ajenas que he podido vivir. Pero hay otras cedidas por otros lectores y que me han transmitido, en formato debate o con la más pura narrativa.
Lo que dice un actor, dentro y fuera del escenario. Lo que dice un político, con mayor o menor credibilidad. Esas palabras que parece que nunca debieron existir o que sólo se usaron cuando el ser humano no tenía nada mejor que hacer. Todo ello sale de los libros y su capacidad de transmitir y colmar de ideas al que lee. De expresar con plenitud hasta los pensamientos más controvertidos, complejos y transgresores de forma elocuente.
Saber cómo dignifica y enriquece intervenir en una discusión entre amigos, sobre cualquier tema, y tomar como ejemplo una experiencia, una reflexión, un conocimiento, todos ellos adquiridos desde la cercana distancia que te proporciona un libro de historia, filosofía o aventuras.
Reconocer que los contemporáneos tiempos vividos, ya fueron vividos antaño, aun sin nuestra tecnología. La vida es un ciclo, el ser humano repite errores durante su vida y a través de distintas generaciones. Pero eso sólo se conoce leyendo. Reconocer un engaño cuando alguien, con soberbia, le otorga cinco mil años de existencia a un país que se consolidó como tal a finales del siglo XV. Saber que los errores cometidos y las palabras dichas públicamente provienen, en multitud de ocasiones, de otras voces del pasado, en idénticas circunstancias y, por lo tanto, con consecuencias predecibles.
Pero toda esta falta de conocimientos, esa vergüenza mal soportada y menos aceptada, nos lleva a convertir una discusión amigable y constructiva en una pelea repleta de argumentos obtenidos de oídas y asumidos como ciertos, donde el caldo de la bipolaridad partidista se propaga sin rumbo ni sentido, por el puro orgullo de la razón mal adjudicada.
La filosofía antes era un ejercicio dialéctico, tal combate de lucha física, donde cada uno de los contrincantes debía defender una postura, asignada por sorteo. Estas discusiones ganaban en profundidad con el tiempo. Maestros de la discusión creaban su propia escuela y eran venerados por su capacidad, conocimientos e inteligencia. Era la época donde la mente sana residía en un cuerpo sano. Es cierto que, algunos, al perder una de estas civilizadas reyertas, tomaban el camino del suicidio por haber, presuntamente, perdido su prestigio tras la derrota. Como se suele decir, gilipollas hay en todas partes.
Estos profundos pensamientos, fruto del estudio y aderezados por unas mentes entrenadas y privilegiadas, se perdían sin remedio. Esos pensamientos han llegado a formar al hombre moderno, en parte, gracias a las transcripciones de estas profundas reflexiones. Otros, tomaron la decisión directamente de escribir sus pensamientos, fomentando el debate abierto hacia los propios lectores. Es decir, escribir pensamientos viene de lejos. Aún más lejos que estos pensadores, unos 3.500 años a. C.
Y, después de todo, después de las lecturas varias y debates entretenidos, uno, sin querer, sin poder evitarlo, ha conseguido un saber hacer y pensar. Su músculo más preciado ha adquirido, paso a paso, sin percibirlo, una nueva dimensión. Y puede decir, como me atrevo a decir yo mismo: Todo esto es, para mí, mis vidas. Son mías, con mis interpretaciones, mis conclusiones, rellenando mi memoria y formándome como la persona que soy ¿Cuántas vidas quieres vivir tú?
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