Mi renuencia mal llevada

de Jean Luc Pastó en Ediciones SK

Carlos solía observar todo lo que su vista alcanzaba; personas, animales y cosas. De camino al trabajo, de vuelta, en cada situación todo, para Carlos, era una oportunidad. Observaba mensajes corporales, vestuario, situación y entorno. Todo se convertía en una novela, una historia de amor, un desencuentro, una intriga, cada situación tenía un factor subjetivo, desapercibido para Carlos. A veces, su estado de ánimo, sus recientes experiencias, influenciaban su imaginación, las especulaciones de supuestas vidas ajenas.

Esta afición de segunda necesidad le embargó el alma hasta convertirse en un conducta indispensable. Todo tenía una razón de ser, aunque impostada, supuesta. Al principio, como en el juego del diccionario, averiguar la definición formal de una palabra descubierta al azar en el gran libro se torna en una desabrida inversión de la mente y, poco a poco esta se rebela, corrompiéndolo, tornándolo una jocosa versión más propia de la relajación cerebral, buscando definiciones absurdas, atribuyéndoles un origen etimológico disparatado, pero que, con el tiempo y secando el fruto pervertido del juego, las definiciones se van embrollando, ganando en profundidad y superando al juego original, invirtiendo una gran energía en elaborar definiciones fastuosas, propias de una perezosa mente fantasiosa.

Carlos había alcanzado esa etapa, excesiva y dependiente. Su necesidad le arrastraba a buscar encuentros casuales en entornos bulliciosos, concurridos, como centros comerciales, plazas principales, estaciones en hora punta. Se sentaba entre la muchedumbre, observando sin pudor, escudándose en la inadvertencia de la gente, persiguiendo con la mirada a su presa, memorizando cada rasgo, particularidad, expresión, arruga que le enriqueciese la formulación de la vida que, una vez su presa se desvanecía entre el gentío, Carlos moldearía con pleno detalle. Unas veces se recreaba en una vida completa, desde su tierna o tortuosa infancia hasta una prematura o distante muerte. Otras, elaboraba los antecedentes de un estado de ánimo percibido a través de un gesto o de los ademanes hacia los que le rodean, amigos, enemigos o desconocidos.

La vida de Carlos era la vida de los otros.

Sus amigos disfrutaban con estas elucubraciones, como él. Su unidad, la cohesión del grupo, era el pegamento que secretaban las vidas ajenas, reales o fingidas, inventadas por Carlos o representadas por sus protagonistas. Y sí, la imaginación del resto del grupo no alcanzaba el virtuosismo de Carlos, esa excelencia en los detalles y la narrativa convincente que acompañaba con un discurso rico en matices, soltura y teatralidad.

El ego de Carlos crecía, la admiración de sus amigos por la supuesta genialidad de sus falsas historias ajenas insuflaba en él todo el alimento que precisaba para seguir y superarse, creyéndose el regente todopoderoso de un pequeño reino hecho y construido para y por su persona y talento. Y, como todo rey, el deseo de extender su influencia y alcanzar su inmortalidad se hacía necesario, hasta imprescindible para el deleite de las masas. Pero un pequeño reino, controlado y seguro evita rebeliones.

El grupo real se mantenía y le retroalimentaba. El virtual, desde el paraguas de la distancia y la indiferencia del trono, crecía sin grandes molestias. Pero la paz nace con fecha una caducidad desconocida, por estar oculta detrás de una etiqueta o velada a consecuencia del inevitable desgaste del tiempo transcurrido, invisible a su certeza. La llegada de un nuevo e inocente integrante en el cohesionado grupo enfervorizó conductas, deseando evangelizar la nueva savia. Tomándose, al principio, su silencio como una conducta de respeto.

Esa conducta se mantuvo demasiado tiempo, hasta que Carlos empezó a traducirla en otras palabras. No podía consentir que en su reino existiese una desviación, un alejamiento que pudiese destensar el tejido que se había formado a su alrededor.

Para no llamar la atención de este suceso, Carlos focalizó los discursos hacia el nuevo integrante estudiando sus gestos, habilidad que tanto había explotado, aunque siempre desde una interpretación subjetiva y artificial. Pero el nuevo no transmitía nada, permanecía hermético a los exámenes que Carlos volcaba sobre este.

La continua frustración que albergaba después de todos los infructuosos conatos, le hizo perder la paciencia. Pero el temor a perder todo el séquito, mostrando su debilidad, le ayudaba a frenar sus más primitivos impulsos. El silencio del intruso ofuscaba sus discursos. Sus historias tramaban intrincadas redes de cariz sórdido y corrupto que estremecían a la concurrencia, pero que Carlos no percibía, concentrado en el mutismo del ya indeseado invitado.

Finalmente, la fría recepción que captó al fin del discurso improvisado sobre la obra y milagros de un casual peatón, cargado con una enorme y pesada bolsa oscura, reventó la burbuja en la que se había encerrado desde que el intruso le absorbió por completo. Desconocía si alguna vez se había encontrado en una situación parecida, la cúspide suele borrar etapas más humildes de tu vida, por lo que no supo cómo reaccionar, violentando su gesto con una sonrisa macabra, llena de odio al recién llegado. El ambiente se mantuvo sin vida, sumido en un invierno nuclear, repentino. Cualquier fortuita intención de acalorar los ánimos se recibía como lluvia ácida que los ayermaba.

La desazón de Carlos contrastaba con la rabia que sentía. Ya no ocultaba el odio por el intruso, todo ya se había perdido. Aunque el deseo de increparle era inmenso, la falta de público frenaba todo el impulso, descubriendo en él otro sentimiento desconocido: la impotencia.

La casualidad hizo que el deseado encuentro aconteciese. Las casualidades ocurren en momentos inesperados, pero Carlos había enfriado toda la rabia y sólo albergaba desamparo. Se encontraba desubicado. De nuevo, perdido en un mundo desconocido. O, mejor dicho, olvidado.

Asumiendo la irrecuperable pérdida, Carlos interrogó al antiguo intruso, del que nunca tuvo la curiosidad de conocer su nombre. El antiguo intruso le descubrió en ese renuncio, reprendiéndole. Para ti he sido otro desconocido al que destripar, le dijo, manteniendo siempre el posado etéreo. Dejando sin palabras a Carlos, de nuevo.

Parecía agradarle la situación al desconocido que tenía frente a él. Carlos se arrellanó en la incómoda silla del café un par de veces, observando el vacío que le envolvía, hasta que el desconocido tomó la palabra por fin.

Sin remordimiento visible, relató la vida de Carlos desde su infancia. Algunos sucesos eran crueles de forma premeditada, cosa que demostraba con una diabólica sonrisa. Otros, los manipulaba para ridiculizarle, acompañados de una pausa delatora. Para Carlos, el discurso no tenía otro fin que hundirle y no conseguía acopiar el ánimo suficiente para contraatacar.

El desconocido terminó describiendo con detalle el estado actual de Carlos, sentado en la incómoda silla de aquella cafetería, y permaneció con la característica pose neutra que tanto le ofuscaba.

Había tocado fondo, pero esta vez era él el observado y, hasta cierto punto, transfigurado. Por fin el desconocido dio signos de vida, entornó los ojos y se levantó con el gesto del deber cumplido.

Carlos reflexionó sobre todo lo ocurrido mientras advertía a su alrededor cómo era observado por todo el mundo. Alterado por el qué pensarán y el qué dirán, escondió la cabeza hasta encontrarse a salvo entre tanto desconocido, dentro de su apartamento.

Ahora, su imaginación jugaba en su contra. Y, sin saber qué hacer con ella, la encerró en su apartamento.