Aurora salió ofuscada, incapaz de encubrir el disgusto bajo el fino velo de una amabilidad mal confeccionado. Retuvo el último impulso de cólera que evitó el portazo de clausura. Cada uno de estos instantes de control mal soportado la encolerizó aún más, entrando en un ciclo de quejidos y refunfuños rabiosos, susurros bufados, que parecían el único antídoto que conocía.
Caminó con la mirada al frente y el paso duro, golpeando cada paso con los talones, y con ello enfatizaba alguna sílaba, alguna palabra de odio, Esto es una VERGÜENZA, No entiendo como se puede ser tan IDIOTA. Estas frases eran las primeras sacudidas, los primeros soplos de vapor antes de que la tetera empezase a silbar.
El silbido no se hizo esperar, el vapor de su interior debía salir urgentemente, y empezó a hablar sola, Ya podía yo decirle que ella seguía con la misma retahíla, Podríamos haber pasado cien años discutiendo que me habría contestado lo mismo, Qué obtusa es la gente, Nadie escucha y es incapaz de reflexionar antes de hacer.
Acompañaba cada frase con unos cohibidos aspavientos. La coreografía improvisada de Aurora, en vez de calmarla, le alentaba a seguir engendrando nuevas vías de desahogo. Rebuscó ciegamente en su interminable bolso y, como si sus manos hubiesen adquirido la capacidad de ver, adivinó cada uno de los objetos, atrapó lo que buscaba y se lanzó en la boca dos tabletas de goma de mascar. La nueva sarta siguió su curso, La gente entra en un bucle y no se da cuenta, No sé porqué me molesto en discutir, No se dio ni cuenta de que repitió la misma respuesta todo el rato.
Sólo una casualidad superficial desvió su atención. Advirtió, mientras esperaba el verde aprobador del semáforo, que, unas manzanas atrás del camino recorrido, una mujer vestía una combinación colorida muy parecida a la suya. Esa casualidad le provocó una sonrisa espontánea, albergando un sentimiento de complicidad por la desconocida. El movimiento de las masas, al cambiar a verde el semáforo, retornó a Aurora a sus cábalas. Algo más calmada, cejó los aspavientos, redujo la frecuencia del mascado y volvió a las frases cortas. Esta vez ablandó el paso, por lo que, sus frases cortas no se enfatizaron, quedándose en un simple y monótono murmullo.
Doblando una esquina observó de nuevo a la mujer del combinado colorido. Se encontraba más cerca y se apreciaba como aceleraba el ritmo. Aurora no le dio importancia hasta que se la dio. Eso sucedió en el siguiente semáforo. Se apoyó, deteniéndose, y se ocultó inocentemente tras él. Cada vez estaba más cerca y no disimulaba su misión: Se dirigía hacia ella. La mirada de la mujer le seguía a cada paso. Aurora aceleró el suyo.
El resto del mundo, peatones, árboles, mascotas se convirtieron en obstáculos que ayudaron a propagar la angustia en su cuerpo. Aurora aceleraba el paso pero la mujer del combinado colorido seguía acercándose. Las miradas hacia atrás encubiertas ya habían perdido su sentido, la mujer del combinado colorido la perseguía desde el principio y Aurora ya debía de aceptar su papel de víctima.
Aurora dobló la siguiente esquina cuando chocó con una mujer que cayó de espaldas de forma aparatosa. Su preocupación por ella la hizo detenerse, ofreciéndole socorro. La incertidumbre de cuán cerca estaba la mujer del combinado colorido, oculta tras la esquina, alarmó a Aurora sobre manera. No soportó la incertidumbre y dejó a la mujer accidentada en el suelo para echarse a la carrera, mirando hacia atrás, tropezando con la gente. Su angustia le impedía dejar de mirar hacía atrás. La mujer del combinado colorido apareció, extendiendo el brazo y formando un gran grito en forma de “o” con los labios que fue interrumpido por la falta de suelo en los pies de Aurora, acompañados por una progresiva oscuridad y unos segundos después, entre una absoluta oscuridad, un golpe fuerte la abatió, dejándola inconsciente.
Despertó tumbada, boca abajo, sobre el césped de un parque. Desorientada, dolorida, con la boca pastosa y marcas de hebra en la mejilla. Un entumecimiento general le atoraba las ideas. Tardó unos instantes en recordar el suceso y, al hacerlo, se dio la vuelta de una salto, quedándose sentada, mirando a su alrededor, buscando a la mujer del combinado colorido. Una vez convencida de su seguridad, miró su reloj de pulsera de forma espontánea. Las cuatro y veinticinco de la tarde. El reloj se me debe haber parado. Pensó al instante. Estaba convencida de que abandonó la absurda discusión hacia las cinco de la tarde. Miró a su alrededor y reconoció el parque. Quedaba a varios minutos de donde toda esta historia se inició. Trató de ponerse en pié y notó todo el cuerpo golpeado en cada flexión, a cada esfuerzo. Se sacudió las ropas, se recogió el pelo alborotado y dedicó un par de pasos a sondear su estado general. Se notó algo más segura después de caminar unos metros e inició una marcha más firme.
Su impulso le llevaba a examinar su retaguardia, de nuevo la inseguridad se apoderó de ella. Se escudó en los árboles, mientras se encontraba en el parque, esperando algún indicio de su perseguidora. Llegando al final del parque adquirió cierta relajación, miró al frente con más constancia y no buscó amparo durante el trayecto restante.
A una manzana antes de llegar, observó la puerta que abandonó uno hora antes y recordó con disgusto la absurda discusión que mantuvo. Sus recuerdos encadenaron una serie de sentimientos hasta activar de nuevo el sermón indignado que había recitado: Podríamos haber pasado cien años discutiendo que me habría contestado lo mismo, Qué obtusa es la gente, Nadie escucha y es incapaz de reflexionar antes de hacer.
Su corazón, calentado de enojo, se cristalizó, enfriado de golpe por la imagen de la mujer del combinado colorido apareciendo por la puerta que ella dejó una hora antes. Su cuerpo entero, congelado, permaneció inmóvil, tenso. Observó como la mujer salía ofuscada, a punto de cerrar violentamente la puerta, pero reteniendo el impulso en el último momento.
Aurora volvió a la vida cuando la mujer enfiló la calle mostrando un caminar rabioso. Dedujo que, al zafarse de ella en el último instante, un instante que perdió en su memoria, la mujer del combinado colorido regresó al origen para indagar algo más sobre ella y su posible paradero. La empezó a seguir invadida por una curiosidad furiosa. Tuvo que esforzarse, agudizar sus sentidos, y acelerar el paso, la bulliciosa ciudad la engullía con voracidad, hasta que la hizo desaparecer.
Irritada, consiguió divisarla a lo lejos, junto a un semáforo en rojo que la frenaba. Pero tuvo la sensación de ser descubierta. Trató de pasar a la otra acera desde un camino alternativo y así huir de su trayectoria visual, pero a los pocos metros, al girar una esquina, fue definitivamente descubierta. Corrió con decisión, tenia que conocer el objetivo de la mujer del combinado colorido. ¿Porqué la había perseguido? ¿Y porqué ahora huía? ¿Qué había descubierto?
Iniciaron una persecución infame, sin habilidad, repleta de tropiezos y golpeando todo a su paso. La mujer torció en una esquina y desapareciendo de la vista de Aurora. Un relámpago de terror le cruzó el cuerpo advirtiéndole de un peligro inminente. Cuando Aurora alcanzó la esquina, esta le evocó inseguridad, dolor, oscuridad y levantó la mano con el ademán de alcanzar a la mujer del combinado colorido, gritando un NO largo y lleno de terror.
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