100 años del genocidio armenio
70 años de la liberación de Auschwitz

Por Rab. Sergio Bergman

Los genocidios no son nunca comparables y, sin embargo, son la evidencia de que el monstruo muta pero no desaparece.

El pueblo armenio, como el judío, se transforman así, ya no sólo en víctimas de lo que la humanidad puede degradarse cuando extermina a otro ser humano por ser diferente, sino que expresan como testigos que esto ocurrió y que puede seguir sucediendo cuando la humanidad toda es por omisión partícipe necesaria o cómplice.

Nuestra empatía con los armenios es una expresión cabal de solidaridad y de un compromiso por el cual toda víctima de un genocidio es una víctima de mi propia familia humana. Esta memoria de un siglo no es de un pasado trágico sino de un presente que aun no supera la prueba de nuestra incapacidad en evitar que sigan muriendo seres humanos en manos de los fundamentalismos, el terror y el odio, de quienes degradan nuestra esencia y se transforman en bestias genocidas.

Sin importar raza, religión, color, nación o ideología, en memoria del genocidio armenio hoy estamos presentes sosteniendo que la dignidad de la persona humana es el límite entre civilización y barbarie.

Hacer memoria no es volver a lo pasado sino desde lo que recordamos, asegurarnos de que haremos lo necesario para que no se repita en el futuro. No estemos tan seguros de que el horror haya pasado. Tal vez, sigue siendo nuestra sombra silenciosa en la indiferencia de tantos otros que están expuestos a otros genocidios contemporáneos.

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