Hacer vida normal

Todo es de una normalidad institucional aplastante.


Apalancado en el sofá por la bosta de aire, de cara a la ventana del búnker y dos moscas en una danza espasmódica sobre la vertical de los dedos del pie, enfrente el cacho de cielo de agua de fregona por donde pasan surfeando las oscuras golondrinas, más abajo tejas podridas y un gato dálmata rondando, la tarde me la paso a tono con los signos de la normalidad institucional reinante –excepto por las Coronitas, que se acabaron–, mientras escucho bajito The diamond sea de Sonic Youth sin amodorrarme para nada, sino vigilante y tirado a la bartola. O medito sobre la vicepresidenta, que acaba de anunciar en la Menéndez Pelayo –¿Lleva “y”? — que, con la nueva ley anti burocracia, los caballos tendrán una cartilla sanitaria única para toda España –¡España! –. Ya era hora –me congratulo– de que un mozo pueda trincar por las crines un potro en la a rapa das bestas y bajarse en Cádiz, como dicen que hacían las ardillas españolas –quizá fueran alimañas — en los bosques del paleolítico.

La normalidad institucional se disfruta mejor tirado en el sofá — “cuadrúmano y mineral”, que decía César Vallejo–, que no levantado y cojeando, como Edipo, símbolo de anormalidad total para Levi-Strauss: la entrada en el estado de cultura de un hombre incompleto por dejarse atrás jirones de animalidad. Cuando fui becario, hace ene años, hice una entrevista a un proctólogo de Las Palmas de Gran Canaria que practicaba una cirugía que –sostenía– curaba para siempre el estreñimiento. Su teoría me marcó: según él, el estreñimiento es una consecuencia de la posición bípeda del ser humano, la cual –explicó–, para el tránsito intestinal es más fatigosa que andar a gatas. Antes del primer homo erectus, nuestros ancestros iban de vientre con una puntualidad silvestre.

Quizá el estado de cultura no sea el definitivo, y el hombre todavía esté bajando de los árboles. Quizá Darwin no dijo exactamente que el hombre descendía del mono, sino –sugiere Monterroso– que algún día descendería del mono: “esto nos hace humildes y mirar con nostalgia y envidia a los demás animales, cuyo destino como especie termina en ellos mismos”, declaró a Margarita García Flores en Viaje al centro de la fábula, libro de entrevistas con el autor de Obras completas (y otros cuentos). Nada nos dice Sófocles al respecto, pero Edipo pudo perfectamente ser un estreñido, además de un cojo.

Total, y para no enrollarme, que la normalidad institucional sólo será completa cuando superes la posición bípeda y sentimental, y vuelvas a pasar el día a cuatro patas o acostado tocándote los cojones. A eso es a lo que los médicos llaman “hacer vida normal” cuando la vas a palmar. Sin queja, apenas –quizá– sorprendido de verte en las fauces y sentir en el pecho una presión algo molesta y fétida, como esa golondrina que el gato dálmata acaba de cazar en el sucio tejado de enfrente y lleva delicadamente en la boca a papeársela, verás que todo es normalidad institucional y de provecho, al modo en que Tomás Segovia dice que hay que hacer vida normal: “algo habremos ganado / con haber aprendido a descifrar un mundo / que hubiera preferido que no estemos”.

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