Voigt-Kampff

Le estoy dando una vuelta a lo de hoy. Me veo otra vez cruzando por el paso de cebra. El frenazo del coche de la autoescuela, que se cala diciendo dos veces sí con el morro. La calle calada también, uno de esos abruptos vacíos de tráfico que duran segundos. Por esa rendija y los cristales abiertos oigo la voz del instructor, pero no lo que dice, y el aprendiz diciendo dos veces sí, un “sí, sí, ya sé” con el motor parado. Ya en el bordillo opuesto, sabiéndome lección viviente de conducir, lo veo todo con una extraña sensación de libertad. No la tenía cuando empecé a cruzar la calle. Ahora mismo siento que mi cuerpo podría ser una foto en el gran libro de la autoescuela. Me meto a tope en el papel de eficiente muñeco de pruebas de un programa experimental de seguridad vial. De pronto estoy tan identificado con la pedagogía y con todo, que no me importaría nada acercarme a la ventanilla y decirles venga, vamos a repetirlo, machangos. No es normal que tenga unas ganas enormes de acercarme y pedírselo. En estos momentos sólo quiero ponerme justo delante del coche de prácticas y hacer la estatua como si fuera la foto de un atropello con fines didácticos. El coche de prácticas calado todo el rato sobre el paso de cebra y yo interpretando escenas congeladas del Código de la Circulación, cruzando una y otra vez la calle con abnegación profesional, hasta agotar la casuística de desastres de la DGT.

Ni te imaginas lo unido a esto que llevo todo el día.

Cuando iba al instituto, había un hombre, más o menos de la edad que tengo ahora, que nos esperaba cada día a la salida, se tendía boca abajo en la acera y nos pedía que lo pisáramos. Piénsalo bien: un tipo rubio, decían que había sido surfero en La Cícer y se quedó colgado con un micropunto, uñas podridas de luto, una camiseta con la bandera independentista de Canarias, pidiéndole a 500 adolescentes en estampida que le pasen por encima y aplasten las colillas en sus manos. Un día tras otro pidiéndoselo. Yo era de los pocos que le daba el gusto. Apagar la colilla no, porque nunca he fumado, pero pisoteaba su espalda a conciencia, a veces con unas Nike y otras con unas botas camperas tratadas con grasa de caballo, que entonces se llevaba mucho. Un día, nada más clavar mis huellas en la bandera del MPAIAC, se me ocurrió patearle las costillas, a modo de propina. Le di con toda mi alma. Quizá le rompiera unas cuantas, no lo descarto, porque me empleé a fondo con la punta de mi bota antes de que dos profesores me separaran a duras penas. Aquello fue una catarsis. Nunca más he vuelto a sentir la inmensa piedad que puede haber en cierta clase violencia. No me refiero a rajar un cristal de un puñetazo, darle una patada a una silla y cosas así. Te hablo de la furiosa salida de ti que te lleva a convertirte en un ejemplo, esa extraña brutalidad de ser modélico en algo. Yo quería ser único realizando el ideal de vida de aquel masoca, fuera el que fuese, y creo que se me pusieron los ojos como a Joe Pesci cuando mata a uno de una paliza en Godfellas.

Si alguna vez me encuestaran para el CIS, o para preguntarme por la calidad del servicio de Metro, como algunas veces he visto que hacen –¡y nunca me ha tocado!–, creo que me moriría de ganas de acertar con las respuestas y ser exactamente el perfil ideal o el modelo de usuario que cuadra los presupuestos y protagoniza las campañas de publicidad institucional. Hay seres humanos que no superan el test de Voigt-Kampff y hay androides de Philip K. Dick que en cambio sí. Por dentro se despereza el hacha pesada de sentirme humano, como me sentí útil a la autoescuela esta mañana. Me encanta cuando Lester dice en American Beauty algo así como: “Quiero un trabajo en el que no tenga ninguna responsabilidad”, al solicitar el puesto de dependiente en un burguer. Me identifico total con Lester y desde hace tres años intento sin éxito reenfocar mi carrera hacia el estrato de machacante del mes con un puño de hierro en el bolsillo.