Nunca tuve miedo. Hasta hoy.

Cuando era pequeño, mi papá nos retaba a mi hermano y a mí a mirar bajo la cama. Recuerdo que nos ofrecía todo tipo de recompensas, pero nunca mirábamos. Recuerdo que tenía miedo. Pero hoy descubrí que eso no era miedo. Porque hoy descubrí lo que es tener miedo, y aquello no se compara con lo que siento hoy.


Mañana es lunes y no quiero que llegue. No soy bueno expresando mis sentimientos. Por eso los escribo. Algo sucede cuando lo hago. No sé que es. Pero hay algo.

El viernes despidieron a muchas personas de la empresa en donde trabajaba. Seguro que te diste cuenta de que yo estaba dentro de ese grupo. Nos despidieron porque no había de otra. O lo hacían o la empresa no sobrevivía. Me apena mucho, tanto por mí como por las más de dos docenas de personas y amigos que perdieron su trabajo.

Sé que a muchos les tocará vivir momentos muy difíciles. Sé que a mí y a mi familia nos tocará vivirlos. Pero por eso escribo: para dejar estos pensamientos aquí y fuera de mi mente. También escribo por mis compañeros. Me uno a su dolor y miedo. Les entiendo y les deseo lo mejor.

Aún cuando tengo miedo, no tengo la menor duda de que todo estará bien. Sé que esto se debe a la crianza cristiana que recibí –la certeza de lo que no se ve–. Y por eso quiero darle las gracias a mis padres, que dieron hasta lo que no tenían para educarme.

Tengo miedo, pero sé lo que tengo que hacer y lo haré y escribiré durante todo este proceso de «desmiedificación». Será un proceso sangriento y horroroso, pero estoy dispuesto a pagar el precio.

Nunca tuve miedo, hasta hoy. Pero hoy recibo el miedo con una gran sonrisa en el rostro, porque lo mejor está por venir.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.