Divulgación científica en la caverna de Platón

El camino hacia la luz y el regreso a la oscuridad

Pese a haber realizado prácticamente todos mis estudios dentro de la rama de ciencias, tuve que cursar la asignatura de filosofía en secundaria (en mis tiempos, B.U.P). Y lo cierto es que guardo una grata imagen de esta materia que ahora pretenden reducir en la nueva LOMCE. Una de las partes que más recuerdo de mis lecturas de filosofía es la alegoría de la cueva de Platón.

Reflexionando sobre el mundo de la divulgación científica y el escepticismo, no resulta complicado relacionar esta alegoría con los problemas con que nos encontramos para dejar atrás falsas creencias pseudocientíficas. Y volviéndola a leer me he dado cuenta de que cada una de las partes de la misma se corresponde con distintas fases de este proceso de despojarse de las mentiras que nos recubren. Es lo que trataré de transmitirte en este artículo.

Voy a empezar resumiendo brevemente la alegoría de la caverna, aunque si lo prefieres puedes leer el fragmento del libro de Platón aquí. También citaré algunos fragmentos concretos al inicio de cada una de las secciones de este artículo. Si ya conoces esta alegoría puedes saltarte lo que queda de esta sección.

Imagen tomada de aquí y retocada por Manolo Elmas.

Platón explica esta alegoría al principio del VII libro de su República. En lo profundo de una caverna se encuentran encadenados un grupo de hombres y mujeres, de tal forma que por su posición únicamente pueden mantener la mirada fija al frente. Por detrás de ellos, en lo alto de la caverna, hay un fuego encendido. Entre los prisioneros y el fuego hay un camino por el que transitan personas, a veces transportando objetos, de los que los presos sólo ven las sombras. Platón plantea que para estas personas esclavas la realidad serían las sombras proyectadas en el muro enfrente de ellos, y negarían la existencia de los objetos reales de los que provienen si tuvieran pruebas de su existencia.

Platón continua planteando qué ocurriría en caso de que uno de estos prisioneros pudiera romper sus cadenas y escapar, describiendo el dolor y la ira que le causaría salir de la cueva y ver la realidad, y cómo le costaría de aceptar. Si tras un largo proceso de adaptación este antiguo prisionero aceptara la realidad y volviera a la cueva a liberar a sus compañeros aún encadenados, se encontraría con que estos no aceptarían sus argumentos y creerían que la salida de la cueva le habría provocado ceguera para reconocer la que para ellos es su realidad.

Permíteme ahora que describa con detalle cada uno de las partes de la alegoría de la caverna, relacionándolas con la divulgación científica y la lucha contra las pseudociencias.


En la cueva

«Se parecen a nosotros, respondí. Y ante todo, ¿crees que en esta situación verán otra cosa de sí mismos y de los que están a su lado que unas sombras proyectadas por la luz del fuego sobre el fondo de la caverna que está frente a ellos?»

Vivimos en un mundo de sombras, prisioneros de nuestras propias creencias, atrapados en ilusiones proyectadas desde una realidad que no queremos aceptar. Un mundo donde las religiones, el misticismo, las «energías espirituales», las pseudoterapias y, en general, cualquier manifestación del pensamiento mágico campan a sus anchas con la connivencia habitual de instituciones y medios de comunicación.

Podríamos pensar que esta esclavitud es propia de personas con niveles bajos de estudios, pero no es así. Afecta a gente con cualquier nivel de estudios, hasta incluso a premios Nobel. Incluso divulgadores y escépticos militantes admiten que en un principio tenían su propio conjunto de creencias personales, probablemente debidas a la educación recibida o a la influencia de círculos sociales de amigos y familiares. Yo mismo, hasta hace relativamente poco, tenía falsas creencias como la toxicidad y peligro de los transgénicos (alimentada por la propaganda de grupos pseudoecologistas) e incluso creía que la homeopatía podía tener algún eficacia… hasta que una amiga farmacéutica me explicó en qué consistían estos productos y caí del guindo.

Por otro lado, también tenemos a aquellos encargados de colocar las cadenas y fijar hacia delante la mirada de los presos. Son los carceleros los que, bien con el conocimiento de la realidad exterior o bien ignorándolo, viven de perpetuar la ignorancia de los esclavos de la cueva. Muchos de estos carceleros puede que no sean más que prisioneros reconvertidos, que realmente crean en que las sombras son la realidad, o bien conocedores de la realidad exterior que se aprovechan de la situación de los esclavos para someterlos.


Saliendo de la cueva

«Y si se le obliga a mirar la misma luz, ¿no se le dañarían los ojos? ¿No apartará su mirada de ella para dirigirla a esas sombras que mira sin esfuerzo? ¿No creerá que estas sombras son realmente más visibles que los objetos que le enseñan?»

El proceso de renunciar a las creencias personales es doloroso, sobre todo si las ideas que debemos rechazar están muy arraigadas. Nuestro cerebro intenta aferrarse a sus creencias de forma furibunda, y rechaza cualquier tipo de prueba por evidente que ésta sea. Cualquier argumentación que intente desmontar nuestras convicciones, por razonada y válida que sea, se va a tener que enfrentar con mecanismos psicológicos para proteger nuestras creencias. De hecho, la presentación de evidencias que contradigan nuestra hipótesis previa acaba por reforzarla aún más.

A este proceso se le conoce en psicología como disonancia cognitiva y hay varios experimentos clásicos que demuestran la existencia de este mecanismo. En un estudio clásico de Festinger en una secta que predecía el fin del mundo por extraterrestres un día determinado, este investigador pudo constatar cómo, al no ocurrir nada en la fecha y hora previstas, la líder de la secta y sus seguidores buscaron explicaciones alternativas que acabaron por reforzar aún más sus creencias previas. Puedes encontrar más información sobre este tema en sendos artículos de Antonio Martínez Ron y Javier Pelaez.


Fuera de la cueva

«Y si ahora lo arrancamos de su caverna a viva fuerza y lo llevamos por el sendero áspero y escarpado hasta la claridad del sol, ¿esta violencia no provocará sus quejas y su cólera? Y cuando esté ya a pleno sol, deslumbrado por su resplandor, ¿podrá ver alguno de los objetos que llamamos verdaderos?»

Como ya he comentado anteriormente, el proceso de renunciar a creencias personales es complicado porque nuestro cerebro se aferra a ellas con fuerza. Pero además, dado que vivimos en un entorno social, con familia, amigos, etc, puede que tengamos que enfrentarnos a las repercusiones que tenga nuestra salida de la cueva en nuestro entorno. Yo mismo he comprobado que he de evitar hablar de ciertos temas delante de amigos o familiares, porque acabo siendo acusado de sectarista, ignorante o tozudo, por personas que ni siquiera aceptan leer información contraria a sus creencias.

Un ejemplo de estas consecuencias sociales es el sufrido recientemente por Sandra Milán. Esta joven se definía como naturópata (una disciplina carente de evidencias científicas) y tenía abierto un «espacio de salud» en el que se pasaba consulta de distintas pseudoterapias. Siguiendo la alegoría de la cueva, podríamos decir que vivía en lo profundo de la caverna, y que incluso ayudaba — aunque no fuera consciente de ello — a mantener la esclavitud de los prisioneros. Su inquietud por aprender le animó a realizar los estudios de antropología y poco a poco fue recorriendo su camino hacia el escepticismo. Pero ello le obligó a replantearse la naturaleza de su clínica y a renunciar a toda su vida anterior. Con el tiempo muchos de sus clientes y amistades empezaron a darle la espalda e incluso a insultarla por las redes sociales. Actualmente ha reconvertido su antiguo espacio de salud en un centro de educación para la salud y nutricional desde una perspectiva científica.


Regreso a la cueva

«Y si, mientras su vista aún está confusa, antes de que sus ojos se hayan acomodado de nuevo a la oscuridad, tuviese que dar su opinión sobre estas sombras y discutir sobre ellas con sus compañeros que no han abandonado el cautiverio, ¿no les daría que reír? ¿No dirán que por haber subido al exterior ha perdido la vista, y no vale la pena intentar la ascensión? Y si alguien intentase desatarlos y llevarlos allí, ¿no lo matarían, si pudiesen cogerlo y matarlo?»

Quizás lo más cómodo sería, habiendo salido de la cueva, seguir con nuestras vidas y disfrutarlas sin pensar en los esclavos que siguen adorando las sombras. Pero muchos de estos prisioneros son antiguos compañeros de cautiverio, amigos, parejas y familiares. O, en general, gente que vive atrapada en una ilusión mantenida por sus captores y por la propia comunidad de creyentes. ¿Son culpables estas personas de vivir en esta perpetua ilusión? En mi opinión, no. Primero porque viven en un entorno que favorece la transmisión de estas falsas creencias al que es difícil sustraerse, y en segundo lugar porque, como ya he comentado, no es nada fácil renunciar a creencias tan arraigadas.

Son muchos los que deciden volver a la cueva a liberar de sus cadenas a los esclavos, dedicándose de forma activa a la divulgación científica y escepticismo. Son escritores de blogs, dan conferencias en eventos de divulgación científica o simplemente intentan resolver dudas en las redes sociales. Cada uno contribuye a su manera, en mayor o menor medida, a resolver dudas sobre ciencia, desmontar teorías conspiranoicas, aconsejar en nutrición o refutar pseudociencias. Otra cuestión es si la divulgación que hacemos es correcta y efectiva.


El papel de la divulgación

Fuente
«Todo el arte, continué, consiste pues en buscar la manera más fácil y eficaz con que el alma pueda realizar la conversión que debe hacer. No se trata de darle la facultad de ver, ya la tiene. Pero su órgano no está dirigido en la buena dirección, no mira hacia donde debiera: esto es lo que se debe corregir.»

Un tema de permanente discusión es cómo debemos intentar aproximarnos a los creyentes de pseudociencias y, en general, cualquier tipo de pensamiento mágico. Una aproximación habitual en las redes sociales suele basarse en la agresividad, la ironía y el sarcasmo. Yo he seguido con bastante frecuencia esta actitud (y lo sigo haciendo), aunque considero que no es la correcta, ya que sólo se consigue que el creyente se enroque más en su posición. Creo que no deberíamos reírnos de ellos, pese a que muchas veces resulte tentador hacerlo por la arrogancia de sus falsos argumentos e incluso es inevitable. A este respecto, te recomiendo que leas este artículo de Juan Ignacio Pérez.

Y parece ser que tampoco sirve bombardearlos con números, estudios y publicaciones científicas. Por ejemplo, en el caso del rechazo a la vacunación de algunos padres (de actualidad por el terrible caso del niño de Olot) se ha comprobado que por muchas explicaciones racionales y datos reales que se facilite a los padres, no sólo no cambia su modo de pensar, sino que incluso se refuerza.

Creo que deberíamos acercarnos a los seguidores de pseudociencias tratando de entenderlos. Escuchar cuáles son sus ideas y plantearles preguntas en lugar de darles nosotros las respuestas. Y quizás en algún momento tratar de que se hagan preguntas sobre su propio planteamiento. Lo cierto es que no tengo la respuesta a cuál es la forma correcta de liberar a estos esclavos de la oscuridad. Y es algo que me pregunto cada día, por mi contacto continuo con seguidores de pseudoterapias y conspiranoicos de diversos tipos.


Fuente

Si has llegado hasta aquí, puede que pienses que soy algo arrogante al considerarme como alguien que ha escapado de las sombras, ha visto la luz, y ahora regresa a la caverna para sacar de allí a los esclavos que aún permanecen atrapados. Nada más lejos de la verdad: un parte de mí aún sigue en esa cueva, seguro que aún tengo alguna creencia (consciente o no) que desterrar, y sé que cuando alguien me señale esa atadura lucharé con ahínco para aferrarme a ella. Cuando eso ocurra, espero que mis amigos y conocidos divulgadores me ayuden a quitar la venda de mis ojos.


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