13 Historias de Sueños — Historia #10: Nohemí Torre

Emigró para darle una mejor vida a sus hijos pero hubo consecuencias

Nohemí Torre dio un fuerte suspiro tras recordar cómo hace 10 años dejó a sus cuatro hijos con su madre en El Salvador para brindarles una mejor vida desde los Estados Unidos. Salió de Sonsonate, El Salvador, con un amigo en dirección a Monterrey, México, donde la esperaba un contacto que sus familiares habían conseguido para cruzarla a los Estados Unidos por la frontera con Texas atravesando el río Bravo.

El río no perdona a muchos y pasar por sus aguas solo se puede hacer de noche para evitar lacaptura de la Patrulla Fronteriza. A Nohemí la amarraron a un neumático, que funcionaba como flotador, para asegurarse que la corriente no la arrastrara y muriera ahogada — el miedo de todo aquel que cruza.

“Gracias a Dios yo sabía nadar, pero había personas que no y cuando el río estaba más hondo no alcanzamos a pisar, solo nos llevaba la corriente”, recuerda Nohemí.

Nohemí y las demás personas que llegaron a la orilla del río Bravo se quedaron en el monte esperando la hora indicada para poder salir y pisar suelo estadounidense. A pesar de estar casi al final de la travesía, un error le podía costar hasta la vida. Se refugiaron debajo de una alcantarilla por aproximadamente cuatro horas. Nohemí calcula que eran unas 40 personas escuchando y observando pasar a la Patrulla Fronteriza buscar a los indocumentados que intentaban cruzar la frontera. Por fin pudieron levantar la tapadera de la alcantarilla y los coyotes los trasladaron a una casa en Houston. Ya una vez en un lugar seguro, podían comunicarse con sus familiares libremente. Nohemí contactó a sus familiares en Maryland para avisarles que ya iba en camino hacia ellos y que había sobrevivido al río.

El tiempo pasó y Nohemí trabajaba día y noche para enviar dinero a sus hijos y familiares sin saber que a pesar del sustento económico que les proveía, los adolescentes eran infelices debido a los pleitos y violencia intrafamiliar. Y ese es el miedo de toda madre que deja a sus retoños en su país de origen: la constante incertidumbre de no saber si la persona que está a su cargo cuida de ellos — si los protege, alimenta y da amor. Algo que los dólares ni la distancia pueden ofrecer.

Un día Nohemí llamó a su hijo mayor para convencerlo que se viniera a los Estados Unidos, pero el joven le contestó con temor que no quería dejar a sus hermanos solos. Cuatro días después, recibe una llamada de su hija de 14 años pidiéndole que la mandara a buscar porque tenía siete meses de embarazo y su pareja la maltrataba física y psicológicamente. Nohemí preparó todo para el viaje y Keyla llegó a Estados Unidos a dar a luz a su hijo y escapar las garras del maltrato y la violencia. Ya el niño tiene cuatro años y Nohemí agradece la bendición de tenerlos cerca, aunque sus otros hijos siguen en El Salvador.

“A mí no me preocupa que me agarre migración porque yo ya tengo mi casa a donde irme a meter, y regresarme a El Salvador lo tengo considerado, mis demás hijos están allá”, declaró Nohemí, que al igual que todo inmigrante indocumentado piensa constantemente qué pasaría en caso de una deportación.

Y es que actualmente Nohemí, aunque se encuentra enferma de los riñones y tiene problemas de la presión, solo trabaja para poder ahorrar dinero y regresar a su país, donde está su corazón y alberga la esperanza de reencontrarse con sus hijos. El sueño americano representa oportunidades, pero para los que sufren las consecuencias de dejarlo todo atrás, también implica separación y la posibilidad de nunca más volver a ver a sus seres queridos.

“[A los jóvenes que quieren migrar a este país] que no pierdan su tiempo en venirse, que mejor luchen allá, el hecho de cruzar la frontera y correr el riesgo de perder la vida, y no olvidar que la familia es la prioridad más grande en este mundo”.

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Fernando Perez Trujillo

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El Blog

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