13 Historias de Sueños — Historia #11: Lizeth Marrufo

Julia Castro
May 1, 2018 · 5 min read

Dejamos una vida armada para comenzar a construir algo nuevo

Por Lizeth Marrufo

Nota de Julia y Fernando: Lizeth es originaria de la Ciudad de México y es parte de los más de 12 millones de mexicanos que viven fuera del país, de los cuales casi el 98 por ciento radica en los Estados Unidos de América. Lizeth llegó a Washington, D.C. tras obtener la visa TD, que es una extensión para las cónyuges de los beneficiarios de la visa TN correspondiente al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA). Sin embargo, a pesar de que Lizeth vive en el país con un estatus migratorio claro, la incertidumbre de que en cualquier momento se elimine el tratado que le permite a su esposo trabajar en Estados Unidos la deja en una gran incertidumbre y pone en peligro todo lo que con tanto esfuerzo han construido. A continuación, compartimos su historia.

Cuando supe que nos vendríamos a vivir a Washington, D.C., sabía que era por tiempo indefinido y lo que me ilusionaba, pero a la vez daba miedo, era renovar todo y cambiar de aire: comenzar de cero. Las amistades que dejas se alejan, nunca te vuelven a escribir, pero con el paso del tiempo comienzas a hacer nuevos amigos, que se convierten en una familia y con quienes compartes cenas, salidas al cine o simplemente reuniones en casa para platicar.

Quise tirar la toalla más de una vez y regresar a donde ya tenía una vida armada. Agarrar el primer avión cuando me sentía sola, pues Ramón se iba ocho horas a trabajar, mientras yo me quedaba sin hacer nada. Veía televisión e intentaba buscar trabajo, pero sabía que no me lo darían porque no tengo permiso de trabajo en este país.

Hemos sufrido paranoias nocturnas y temblamos preguntándonos si nuestros seres queridos están en casa sanos y salvos cuando algo pasa. Y aunque estemos pasando el peor trago de nuestras vidas siempre le decimos a nuestros padres que “estamos bien” y que “no nos falta nada”.

Somos los eternos ausentes en las bodas, nacimientos y graduaciones. Nos hemos convertido en el Instagram, Facebook, Twitter, Skype, Whatsapp, FaceTime para nuestros “cercanos”.

Me he acostumbrado al clima tan diverso, a las redes del transporte público, y a otros idiomas. A caminar sin aferrar la cartera como si se tratara de la vida, a no dejar la luz encendida, a abrir las ventanas antes que encender el aire acondicionado, a dejar las frutas tropicales para los momentos especiales y tener que modificar nuestro gusto, y bolsillo, al uso de verduras y frutas locales, puesto que las que nosotros conocemos son un LUJO en otras partes del mundo.

He aprendido a cruzar la calle por donde se debe, bajar y subir donde se debe, a sentarnos en el metro sin ir apretados. Al silencio, a los parques con los columpios puestos, a la basura en las basureros, a la radio con otro tipo de influencias musicales, a los comentaristas sin humor, a comer muchas alitas y hamburguesas.

Hemos sido hormiguitas ahorradoras para organizarnos unas vacaciones a casa, y una vez ahí, hemos aprendido a ser pacientes al escuchar a los amigos decir, “no sé si alcance a verte pero, ¿cuándo vuelves a venir?”, o a la familia preguntar, “¿por qué te vas?”.

Nosotros no somos millonarios porque ganemos en dólares. No somos extranjeros porque tengamos una residencia en otro lado. Somos como un montón de gente que le ha ECHADO GANAS, tanto en nuestro país, como en el ajeno, y solitos nos hemos buscado las oportunidad que nos han tocado a cada uno y seguir el famoso sueño americano.

Somos unos nostálgicos permanentes que añoramos el lugar donde nacimos y crecimos, y nos hiere cuando nos dicen: “ay, y tú por qué te quejas, si ya no vives ahí”, como si el resto de nuestra familia no contara, no doliera. Además, no nos fuimos para olvidarnos de lo que somos, ni de dónde venimos, nos fuimos en busca de nuestro DESTINO, eso es todo.

A lo largo de este tiempo en Washington D.C., me he topado con gente maravillosa, gente amable pero también he encontrado gente que discrimina. Llegamos en un tiempo donde el racismo está en su punto más alto, pero no me refiero solamente al racismo de un estadounidense hacia un latino (que es lo que somos), me refiero al racismo y discriminación que hay entre los mismos latinos/hispanos. He experimentado cómo el mesero que sabes que habla español se enoja y es grosero si le hablas en español. A mí no me da pena hablarlo, al contrario, me encanta mi idioma y es de los más bellos del mundo. También me he topado con latinos que te ven por debajo del hombro porque tienen un puesto “alto” en una organización gubernamental o a latinos/hispanos que discriminan más a los mexicanos, afirmando que todos los mexicanos que llegan a los Estados Unidos llegan “muy alzados”. Ha sido fuerte enfrentar este tipo de tratos de un mismo paisano, de alguien que piensas que te entenderá, que te ayudará o simplemente que por hablar el mismo idioma podrás conversar un momento. El racismo entre latinos me ha dejado en shock, y el sentir que me subestiman o que solo con verte te diga, “ah, eres mexicano” como si eso fuera un pecado ha ocasionado tristeza e impotencia de no poder responder como quisiera, pues si algo me gusta es defenderme. También he aprendido a respetar ideas y no tomarme todo tan personal. Aclaro que no todos los latinos son así. Y tal vez quisiera entender que los que actúan de esa manera es porque piensan que eres una competencia, que puedes ganarle su lugar en algo, o porque llegaste de forma legal, con esfuerzos de trabajo y de estudio. No obstante, nunca justificaré sus acciones.

Ahora reímos con nuevos amigos, esos con los que te emociona hacer salsas mexicanas y picantes. Somos el paño de lágrimas de muchos en nuestra tierra. Y los que conocemos de una tierra ajena a nuestra nación les decimos con orgullo que se olviden de las noticias negativas y que tienen que conocer el mejor país del mundo, MÉXICO.

Pero a pesar de extrañar a nuestras familias y nuestro país, hemos vivido un año inmensamente feliz. Nos enamoramos de esta ciudad, de sus monumentos, de cada rincón que hay en DC para enamorarnos. Ahora somos apasionados al baseball y al hockey. Nos gusta pasar las tardes en el “National Mall” y ver el atardecer sentados en las hermosas escaleras blancas del monumento a Lincoln. Esta ciudad nos ha recibido con los brazos abiertos y nos ha enseñado a valorar cada instante, a cumplir sueños, a respirar aire limpio, a caminar con tranquilidad por la calle con Rocco, nuestro perro, a ser felices sin atarse a nada material, a disfrutarnos más como pareja, a cuidarnos y ahora hasta saber preparar chili.

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