13 Historias de Sueños–Historia 4: María Amaya

Por Fernando Pérez Trujillo

El hombre persiguió a María hasta dar con su paradero. Una noche irrumpió el lugar donde se había mudado y la hirió en el cuello con una navaja mientras le gritaba: “Hoy es tu último día, nadie se va a dar cuenta y te voy a tirar al río hecha pedazos”. Los dueños de la casa donde rentaba María escucharon los gritos y llamaron a la policía. Sin embargo, mientras la policía llegaba a la escena, el hombre seguía golpeándola. La policía llegó muy tarde, encontró a María con lesiones graves y la llevaron a recibir atención médica inmediata.

Tristemente la historia de María es algo común entre las mujeres inmigrantes. Se estima que el 35 por ciento de las mujeres de todo el mundo han sufrido violencia física y/o sexual por parte de su compañero sentimental o violencia sexual por parte de una persona distinta a su compañero sentimental en algún momento de su vida, según informes de ONU Mujeres, la organización de las Naciones Unidas dedicada a promover la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres. Para las mujeres inmigrantes en los Estados Unidos, la situación toma un nuevo matiz cuando se le suma el temor de acudir a las autoridades por miedo a una deportación que las separe de sus hijos.

La cuarta historia de nuestra serie relata la pesadilla que vivió María Amaya, una salvadoreña sobreviviente de violencia de género que gracias a la ayuda de la organización Mil Mujeres pudo salir de la violencia y obtener la visa U, un beneficio para las víctimas de ciertos crímenes y que han sufrido abuso físico o mental. ¡Los invito a conocer su historia!

María decidió un día dejar a sus tres niños en El Salvador, renunciar a su trabajo en un centro infantil y comenzar a construir un mejor futuro para sus pequeños desde los Estados Unidos, país que para muchos centroamericanos e inmigrantes latinoamericanos representa la única oportunidad de superarse.

El dolor marcó la historia desde el momento en que los hijos rompieron en llanto la noche de su partida, así como lo habían hecho cuando el esposo de María y papá de las criaturas emigró al norte cinco años antes. La escena se repetía.

“Mamá no te vayas, prometo que me voy a portar bien”, le decía llorando su hijo Roberto.

Los niños quedaron a cargo de la madre de María, quien la despidió con una frase que jamás olvidaría:

“No quiero que te vayas, pero tengo fe en que vas a encontrar lo mejor para darle a tus niños”.

Durante la travesía, María cruzó con un profundo e inmenso miedo la frontera de Guatemala a México de la mano de dos niñas, que eran sus cuñadas. Logró pasar sin ningún rasguño físico, pero psicológicamente afectada por haber dejado a su familia y el nerviosismo cargado de incertidumbre de comenzar una nueva vida. Aún faltaba cruzar la frontera entre México y Estados Unidos. Estuvo tres días en el desierto hasta cruzar. “No me fue tan mal, pero prefiero no recordar”, afirma.

Finalmente, después de cinco años sin verlo, María se encuentra con su esposo y padre de sus hijos y abordan el miedo por haber entrado al país sin tener documentos, los escalofríos al ver la policía y la tristeza de dejar atrás a sus retoños. “No será en vano la llegada hasta este país”, prometió una vez en terreno seguro.

Pasaron los días y luego de la convivencia comienza a sentir diferente el reencuentro con su esposo. La falta de comunicación y la distancia habían afectado el amor. Lo que nunca desapareció — y María lo deja muy claro — fue el respeto porque él llegó primero a este país para brindarles una mejor vida a distancia y siempre cumplió con su responsabilidad económica.Tras intuir que él ya no sentía nada por ella, llegaron al acuerdo de no estar juntos.

Y buscando amor en otros brazos abrió las puertas del infierno como ella misma relata.

Mientras trabajaba para enviar dinero a su país, conoce a alguien dos años menor que ella y comienzan una relación. Sentía quererlo. Pero el panorama se volvió oscuro desde que se mudaron juntos, ya que el hombre constantemente la amenazaba a ella, al padre de sus hijos y a sus propios pequeños en El Salvador. María aceptó sufrir y quedarse callada ante el peligro y por miedo a ser deportada y perder su trabajo, el único sustento para sus hijos. Vivió dos años en una pesadilla diaria llena de golpes, insultos y maltratos.

El hombre la insultaba y maltrataba en privado, pero en público era muy respetuoso y cariñoso. Ante todos eran una pareja feliz. María no tenía a nadie de confianza ni una sola amiga a la que pudiera contar el infierno que estaba viviendo. El miedo que le tenía a su pareja era tal que no podía confiar en nadie ni buscar ayuda. Y la vergüenza y temor a que se supiera lo que pasaba una vez se cerraba la puerta de su casa la aterrorizaba. Los gritos, los golpes, las amenazas aumentaban con el paso del tiempo y el victimario llegó a tal punto de decirle que él sabía en qué escuela estudiaba su hija y que la iba a matar.

El día que María quiso ponerle un alto a esta pesadilla dio inicio la escena más terrible de su vida. Decidió irse del lugar donde vivía con su pareja. Se armó de valor, tomó las cosas que pudo — muy poco equipaje — y abandonó la relación. Pero el hombre la encontró. Tras el asalto con navaja y serios golpes, la intervención de la policía lo más seguro le salvó la vida. Sin embargo el agresor escapó y nunca más se supo de él.

A María la vida le regaló una oportunidad de vivir y puso en su camino a la organización Mil Mujeres que la ayudó a conocer sus derechos como inmigrante y mujer en los Estados Unidos y buscar protección. Una protección que desconocía y no se atrevía a pedir por el miedo a ser deportada. “Yo solo pensaba que si le llamaba a la policía era a mí a quien iban a arrestar”, compartió.

María afirma que si pudiera regresar el tiempo, hubiera acudido a las autoridades desde el primer golpe y amenaza. No obstante, la lección más importante que le dejó esta experiencia y que quisiera compartir es la importancia de saber distanciarse del maltratante ante las primeras señales de violencia y peligro.

“No me arrepiento de tomar esta decisión [de buscar ayuda], porque a pesar de todo el sufrimiento en el camino, dejar a mis hijos solos y el crecimiento personal que he obtenido ha marcado y cambiado mi vida. Gracias a la organización Mil Mujeres, que me apoyó, puedo estar con mis hijos en Estados Unidos. Me enteré de esta organización por mi ex cuñada y cuando llegué me preguntaron que si tenía el reporte de la policía y lo traje. Lo más emocionante para mí fue cuando me dijeron que si me autorizaban los papeles a mí, también mis hijos obtendrían los suyos”, declaró María.

Actualmente, los hijos de María son unos jóvenes trabajadores y viven con ella en los Estados Unidos. Los hijos varones tienen 24 y 23 años respectivamente, trabajan en el día y estudian en la noche. La niña de 14 años cursa la preparatoria y tiene bien claro que tiene que luchar por su futuro. Y es la niña el motor de María para seguir luchando y compartiendo su historia porque no quiere que a su pequeña le pase lo mismo. La misma niña le dijo un día “Lo que a usted le pasó no se lo deseo a nadie”. Por otra parte, María regresó con el papá de sus hijos, un hombre honesto y bueno que siempre le dice “A pesar de todo, yo sé lo que pasó, yo sé que no te quisiste ir, sino que estabas obligada a irte”.

Por último, María no quiso despedirse sin mencionar su profundo agradecimiento con Mil Mujeres. La organización no solo le ayudó a legalizar su estatus migratorio, también le brindó atención psicológica y la posibilidad de tener paz en su corazón.

“En mi caso yo nunca creí que iba a tener el valor de hablar, ahora me siento con la capacidad de hablar, me siento libre”, puntualizó.

Si usted está viviendo una situación similar, por favor póngase en contacto con las oficinas de Mil Mujeres al número (202) 808–3311 o a su correo info@milmujeres.org.

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