13 Historias de Sueños–Historia 5: Alexander Zapata

Julia Castro
Apr 12, 2018 · 6 min read

Por Alexander Zapata

Ser inmigrante: la lucha contra la xenofobia, el miedo y la nostalgia. Alexander Zapata

“(…) El exilio y la soledad acompañan al que se va y al que se queda. Y cuanto más solo está el que se queda, tan extranjero es como el que se va”.

Tres maletas que intentan resumir 32 años de vida, frases que buscan justificar lo que nos cuesta entender, de apaciguar lo que en el alma quema. “El futuro de los hijos”, “la vida primero”, “es para mejor”, “vendrán tiempos mejores”.

La madrugada nos recibe abrumadora con el clásico Cruz Diez del aeropuerto (una obra cinética que curiosamente también puedes encontrar a las afueras del Marlins Park en Miami) y una larga cola para obtener esos pases de salida para partir con rumbo a lo incierto, a lo desconocido, a lo nuevo que genera expectativas pero a la vez representa un enorme temor. Nos ha llegado lo que nunca imaginamos, la palabra exilio comienza a tomar fuerza, se asoma sin aviso para comenzar a ser parte de nuestras vidas, de lo cotidiano.

Diego me mira con la inocencia de los 6 meses, tratando de encontrar quién sabe qué en los ojos de papá. Camila imagina que va a otro paseo, que será una salida más a conocer y que pronto estará en su casa, con sus muñecas, con sus abuelos y sus amigos del colegio. Los miro, el alma está a punto de quebrarse otra vez pero ahí está ella, mi esposa, mi compañera, mi amiga, y recuerdo que no hay tiempo para fracturas internas. Volteo por la ventanilla del avión y Maiquetía, el aeropuerto que hoy en día ha despedido a millones de venezolanos comienza verse cada vez más pequeña, “algún día” pienso de manera dispersa, y luego, antes de perder las costas de Venezuela de mi vista, completo la frase que había dejado a medias: “algún día espero volver a verte, tierra y patria mía”.

Ya han pasado 4 años desde aquel día en el que huir con rumbo a lo incierto fue la única solución para tratar de encontrar la vida que nuestros hijos merecen y que se nos fue de las manos en Venezuela. Nunca pensé que sería tanto tiempo, para ser honesto, releo esas líneas escritas en abril de 2014 y recuerdo que en aquel entonces sentí que era algo temporal, a corto plazo, para esperar que la situación país se calmara un poco. Pero la vida, en su inesperado ir y venir, me demostró que no siempre sucede lo que esperas. Hoy Venezuela está sumida en la peor de las desgracias de su historia contemporánea, y mi idea de volver se ha ido desvaneciendo con el tiempo, hasta el punto de verla irrealizable.

Sin estatus definido

“Tienes que esperar” ha sido la respuesta recurrente cuando acudimos a la oficina de asilo en búsqueda de una respuesta. Y aunque al momento de escribir estas líneas no sabemos exactamente si tendremos el final esperado, seguimos aferrados a la idea de que esta es nuestra casa.

Nuestra historia no es nada diferente a la de tantos otros venezolanos: Solicitando asilo político en Estados Unidos como única salida para dejar de ser perseguidos por pensar libremente, por ejercer un periodismo desinteresado y no uno “militante”, por ser acosados y amenazados por el simple atrevimiento de denunciar a quienes se empeñan en convertir a Venezuela en un espacio donde la crítica no tiene cabida, por negarnos a ser relacionistas públicos del poder. Solicitando un amparo que sabemos en otro país no podríamos encontrar.

Sin embargo esa protección sigue siendo a medias. Cada día acudo al buzón de mi correo religiosamente, con la esperanza de encontrar una respuesta afirmativa a nuestro caso que permita que mis hijos no tengan que correr más; para que Camila no tenga que decirme de nuevo, como cuando tenía 4 años, “me gusta este país porque aquí nadie te quiere matar papá”. Sabemos que va a llegar, pero mientras eso sucede, nuestro estatus migratorio sigue siendo indefinido, totalmente incierto.

Pero a pesar de no saber qué pasará, nuestra familia coincide en algo: Estados Unidos se ha convertido en nuestro hogar. Desde abril de 2014 hasta hoy muchas cosas han cambiado. El populismo se abrió paso hasta el poder, y la vida de inmigrantes se convirtió en un reto aún mayor. Sin embargo, hemos querido y trabajado por esta tierra como si fuera la nuestra. En 2014, entregaba comidas en una motocicleta en Miami y ayudaba en un “valet parking” estacionando carros. Hoy, la vida me ha dado la fortuna de volver a mi eterna pasión, el periodismo, esa que tantas dichas y desdichas me ha dado.

Un premio Emmy para mi esposa (también periodista) y para mi, columnista de periódicos en español en Nevada, y un programa de radio, forman parte de mi día a día. Atrás fueron quedando los días de trueno, los momentos fuertes que por fortuna, nos hicieron la familia y el equipo que somos hoy. Estados Unidos, esta grandiosa nación que por años ha sido el refugio de los necesitados, nos abrió sus puertas y la hemos respetado y luchado por ella como si fuera la nuestra. 4 años de triunfos gracias al esfuerzo y el trabajo duro, algo que en mi país jamás hubiese podido alcanzar.

Pero esos logros alcanzados no solo por nosotros sino por millones de inmigrantes, para algunos no son suficientes. El odio racial y étnico que parecía haber desaparecido de Estados Unidos ha vuelto con renovados bríos. Lo vemos desde pequeños grupos de supremacistas blancos y sus absurdas propuestas, hasta en el encendido discurso antiinmigrante oficial, y nuestro mayor temor, nuestro miedo más grande, es que ese odio visceral y carente de razones alcance a nuestros hijos, a ellos que ninguna culpa tienen de haber llegado aquí, pero que sin embargo como les dije, sienten este país como el suyo.

Y mientras nos toca hacer frente a la xenofobia, al racismo y a los problemas que hoy enfrenta Estados Unidos, a la par tenemos otro campo de batalla, uno en el que el arraigo y la nostalgia juegan un papel fundamental y con el cual tienes que lidiar, imagino, por muchos años.

A ver si me explico. Hace poco repasando textos de amigos regados por el mundo, tropecé con una frase que me dejó pensativo por varios días. La misma decía: “duro es el exilio cuando los que te hacían reír a carcajadas están a países y continentes de distancia. Se envejece rápido siendo extranjero. El exilio y la soledad acompañan al que se va y al que se queda. Y cuanto más solo está el que se queda, tan extranjero es como el que se va”.

Y es que con el tiempo, cuando sales de Venezuela, vas perdiendo el miedo: el miedo a la inseguridad, a la escasez, al caos eterno, a la corrupción, a la impunidad y tantos otros males que aquejan a nuestra tierra. Con el tiempo se desvanecen los temores de una sociedad que va en franca decadencia, pero a la par van apareciendo otros, como el miedo a olvidar: olvidar lo que un día fuimos, lo que podemos llegar a ser como país, olvidar tus costumbres, tus calles, tus amigos, sus sonrisas, tus vivencias, recuerdos y buenos momentos, miedo a que un día como dice la frase “todos seamos extranjeros”, y el miedo al más grande de todos: volver algún día a Venezuela (si es que puedes) y descubrir rápidamente que ya queda poco o nada que buscar allá.

Ser emigrante, ser extranjero, es una lucha con diferentes campos de batalla. La de adaptarse a un nuevo país y su cultura, la de enfrentar la xenofobia, y la de vencer (o al menos contener) la nostalgia que te produce ese arraigo a tu pasado y a lo que dejaste atrás.

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