13 Historias de Sueños–Historia 9: Cristel Martínez

Julia Castro
Apr 26, 2018 · 4 min read

Por Julia Castro y Fernando Perez

Cristel: la hondureña que aprendió a vivir como indocumentada

“Estaba lloviendo y el coyote me repetía constantemente que corriera, que tenía que mantenerme al mismo paso de los demás o que me iba a dejar botada. Pasábamos días sin comer. Pensé que me iba a morir. Ya no tenía fuerza en mi cuerpo, solo tenía la esperanza de volver a ver a mi madre, y eso fue lo que me mantuvo de pie para seguir”, relata Cristel Martínez mientras desempolva los recuerdos y sentimientos de aquella travesía a los Estados Unidos. Para muchos aprender a vivir como indocumentado es la única solución ante la falta de soluciones que les permita salir de las sombras y del anonimato.

Cristel es “catracha” de corazón. Emigró a los nueve años de edad de la mano de su hermano mayor, que en aquel entonces tenía 10. Cruzaron la frontera agarrados de la mano y con una mochila en la espalda que guardaba sus únicas pertenencias materiales. Cuando pisaron tierra estadounidense, se reencontraron con mamá y papá, luego de muchos años de distancia y separación. Pero un mayor reto que el cruzar por tierra la frontera los esperaba: papá y mamá ya no estaban juntos y tanto ella como su hermano tenían que aprender a adaptarse a la nueva vida en los Estados Unidos y en el afán estadounidense de asimilación. Tenían que ir a la escuela, aprender un nuevo y desconocido idioma, una cultura fría y extraña, en fin, un estilo de vida completamente ajeno a lo conocido.

“Acepté y aprendí a vivir como indocumentada, aceptar que eres inmigrante y que tienes que seguir adelante”, comparte.

Y todos los retos que ha enfrentado tienen como etiqueta su estatus migratorio: indocumentada.

Pasaron los años, Cristel creció y le tocó ir a la universidad, no obstante, no podía solicitar ni recibir ningún tipo de ayuda o asistencia financiera del gobierno y otras entidades porque era indocumentada. Eso no la detuvo y se rebuscó becas en la misma universidad y en la empresa privada que le ayudó a costear la matrícula. La admitieron a un colegio comunitario y posteriormente fue a la universidad, completando sus cuatro años de licenciatura. Su sueño era estudiar derecho, pero DACA — la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia que implementó posteriormente el Presidente Barack Obama — aún no existía y el limbo migratorio era otro obstáculo más. Cristel tuvo que pagar su universidad como estudiante internacional, a pesar de que los Estados Unidos era su hogar.

“Cuando pude inscribirme en la escuela [de derecho] fui de las primeras estudiantes indocumentadas. La escuela no sabía qué hacer con los estudiantes que éramos inmigrantes, incluso tuvieron que reestructurar el sistema para que yo pudiera estudiar. Cuando elegí leyes, la escuela no sabía para qué [becas o programas] calificaba y crearon una beca especial para mí, para ayudarme”, afirma Cristel, quien contó con el respaldo de una institución que prefiere reservar el nombre, pero la ayudó en su formación académica.

Luego de años estudiando a medio tiempo y trabajando a tiempo completo, la rutina de muchos inmigrantes e hijos de inmigrantes que no cuentan con los recursos económicos para pagar una educación superior, se graduó en el 2012 y actualmente radica en Los Ángeles.

Pero no se crea cambio o se impacta a otros si las vivencias se quedan en el baúl de los recuerdos o en el anonimato. Por tal razón, hace dos años decidió contar su historia en su libro: Too American for Hondurans; Muy catracha para los gringos. El libro relata su historia y los momentos que marcaron su corazón y su vida como la deportación de su hermano mayor a Honduras — el mismo que cruzó con ella la frontera cuando eran niños — , la inestabilidad emocional, y angustia que se vive cuando se es un inmigrante sin papeles.

“Era una persona muy inestable. En esos momentos me convertí en una presa fácil, estaba muy vulnerable por todo lo que había sucedido, la deportación de mi hermano, la muerte a causa de suicidio de mi padrastro, todo en el mismo mes, octubre 2016”, relata Cristel. “Las personas que están en otros países van a entender perfectamente el mensaje que deseo dar aunque ellos no lo están viviendo, simplemente como inmigrantes y latinos vemos la vida diferente, tenemos culturas diferentes, como siempre decimos: unidos hacemos la fuerza”.

El motor principal de Cristel es llegar a otras fronteras, hogares y familias que han pasado por lo que ella pasó como inmigrante latinoamericana y brindarles ese apoyo que no tuvo.

“A pesar de que tengo mi vida en Estados Unidos me considero hondureña, amo mi país y sé que es un país muy bello aún cuando se le conoce como un país pobre y peligroso. Para jóvenes y soñadores siempre van a haber dificultades y creo que si nos apoyamos se puede alcanzar lo que uno quiere lograr. Hay personas que son fundamentales e incluso hablo respecto a eso en mi libro, tuve que hacer muchas cosas para poder pagar la facultad de leyes, hubo personas de Guatemala, de El Salvador, de México que me apoyaron y por eso estoy donde estoy actualmenté”, concluye.

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