13 Historias de Sueños — Historia 1: Alexandra Machado

Julia Castro
Mar 5, 2018 · 5 min read

Por Alexandra Machado

Photographer Marcus Santos Daily News

Nota de Julia:

El 19 de septiembre de 2017 Puerto Rico y la Ciudad de México sufrieron el impacto de dos fenómenos naturales: el huracán María y un sismo de 7.1 de magnitud. En México, mientras se conmemoraba el terrible sismo de 1985, otro poderoso terremoto sacudió la ciudad, provocando la muerte de más de 300 personas, incluyendo cientos de niños e infantes atrapados dentro de colegios que colapsaron, en una mañana en la que todo México se volvió vulnerable ante la gran catástrofe. Ese mismo día Puerto Rico sufrió el azote del huracán María, un poderoso ciclón categoría cinco que dejó a toda la isla sin energía eléctrica, agua potable y con innumerables destrozos, inundaciones e infraestructuras que sufrieron daños irreparables. Han pasado 165 días desde María y la situación en Puerto Rico no ha sido del todo resuelta. Más de 165,000 abonados de la Autoridad de Energía Eléctrica se encuentran sin electricidad. Tras el complejo panorama que dejó María, cerca de 200,000 puertorriqueños han decidido emigrar a los Estados Unidos — concentrándose mayormente en la Florida — en busca de una solución a los problemas económicos y sociales que atraviesa el pueblo boricua y con la esperanza de obtener una oportunidad de seguir adelante. Alexandra Machado es una de esas emigrantes que llegó a Washington D.C. Te invito a conocer su historia.

María cambió mi vida: una historia de supervivencia

Puerto Rico

A las once y media de noche del 19 de septiembre de 2017, la peor parte del huracán María aún estaba por verse. La mayoría de la población ya estaba sin electricidad. El agua potable sería lo próximo en irse. En mi casa éramos tres.

Mi padre se asomaba cada cuanto por una venta pequeña en su baño y procedía a enumerar los objetos que volaban a toda velocidad. Una placa solar. Un árbol arrancado de raíz. Varias placas de zinc. A mí me aterraba su enumeración pero, en aquel momento, parecía ser lo único que le traía paz. Lo dejé pasar. Mi madre intentaba mantener la calma. Caminaba de un lado del pasillo al otro. “¿Dónde nos vamos a proteger si las ventanas de esta casa explotan?”. Traté de ignorar su pregunta. Si las ventanas hubiesen explotado no hubiésemos tenido a donde ir. Me sumé a la enumeración de objetos de mi padre.

“¡¿Dónde nos vamos a proteger si las ventanas de esta casa explotan?!”, gritó mi madre, harta de que su pregunta no fuese respondida. “Mamá, todo va estar bien. Esto se va acabar pronto. Nada nos va a pasar”. Le mentí. No conté con el estrago que tendría la catástrofe en nuestra salud mental. En la salud mental de un país.

El viento exigía ser escuchado, tal vez advirtiendo que, dos días después — al concluir las intensas lluvias — se habría devorado todo lo que encontrase en su camino: árboles, flores, frutas, casas, carros, trabajos, esperanzas.

“Tengo miedo”, me escribí mi mejor amiga. Horas antes habíamos hecho planes para el domingo. Confiábamos que todo iba a estar más tranquilo para entonces. Ingenuas. Igual, fuimos muchos los que pensamos que pasados dos o tres días del huracán todo volvería a la normalidad. Ingenuos, todos. Desde el 19 de septiembre nada volvería a estar bien.

Entrada ya las dos de la madrugada, el viento estaba en todo su apogeo. Mi casa — construida en cemento y protegida por tormenteras — vibraba. Recuerdo pensar que estaba exagerando. De pronto, la batalla campal entre mi hogar y el viento: uno resistía, mientras otro arremetía con toda fuerza. No exageraba. Doce horas después, el viento dejó de azotar.

Doce horas después, el Puerto Rico que conocí por veintitrés años dejó de existir.

Todo se complicó. Mejor dicho: todo se volvió más complicado. Verán, Puerto Rico lleva sobre una década tratando de sobrevivir. La complicada crisis económica ha hecho la búsqueda de empleos en el país una tarea inútil. Servicios esenciales como el cuidado de salud y la educación se han visto severamente afectados. El huracán María solo lo empeoró. Ya poco quedaba de mi país. En mi caso, no me quedó otra opción que explorar la posibilidad de conseguir empleo en Estados Unidos.

Si me preguntan cuál es el recuerdo más vivo que tengo del huracán María, les diré: el 31 de octubre de 2017.

Joe Raedle/Getty Images

Ese martes, las filas en el aeropuerto eran enormes. Llegué tres horas antes del abordaje de mi vuelo. Recuerdo sentirme aliviada. Tenía tiempo para retrasar lo inevitable: en poco tiempo me sumaría a los alrededor de 200 mil puertorriqueños que no encontraron otra opción sino irse del país que los había visto crecer. En mi caso, además, significaba que tenía unas horas más con mi familia, quienes me había acompañado para despedirse. Una hora antes de mi abordaje, decidí ponerle fin a la angustia.

Comencé a decir adiós. Primero a mi mejor amiga, ella siempre ha sido la más fuerte y sabía que iba a necesitar un poco de esa fortaleza para lidiar con lo me esperaba. Luego a mi madre. “Ya está, mi amor. No hay necesidad de llorar. Ya verás que te va a ir súper bien”. Así seguí hasta llegar a mi padre. Con él no me quedó de otra. Lloré lo que no había llorado desde que tomé la decisión de irme. ¿Cuántos cumpleaños me iba a perder? ¿Cuántas Navidades y parrandas? ¿Cuántos abrazos iba a dejar de recibir? “Se fuerte”, fue lo único que logró decirme.

Carolyn Cole — LA Times via Getty Images

El avión comenzó a hacer su recorrido por la pista. Cerré los ojos. No porque me asustaba el despegue del avión — aunque, si lo pienso bien, sí me asustaba; significaba que le decía adiós a mi tierra y a mi hogar — , sino porque necesitaba concentrarme. “Todo va a estar bien, Alexandra”, me repetía. La realidad es que eso no era seguro. De ahora en adelante, sería poco lo que tendría seguro.

Justo antes de despegar, miré por la ventana. Veía estaciones de reparación destrozadas. Trozos de madera desplazados por doquier. Sin darme cuenta, había comenzado a llorar. Retiré los ojos de la ventana y miré a mi alrededor. Todos llorábamos.

Ya van casi cuatro meses desde aquel despegue y de cuando en vez me encuentro repitiendo lo mismo: “Todo va a estar bien, Alexandra”.

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