13 Historias de Sueños—Historia 2: Juan Escalante

Julia Castro
Mar 20, 2018 · 6 min read

Por Julia Castro G.

Juan Escalante continua luchando por el sueño de muchos indocumentados

WASHINGTON, D.C. — ¿Quiénes son los soñadores (“Dreamers” en inglés)? Son inmigrantes indocumentados que llegaron a los Estados Unidos antes de cumplir 16 años. Sin embargo, gracias a la orden ejecutiva de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés) presentada por el presidente Barack Obama en el 2012, estos soñadores pueden trabajar sin enfrentar peligro de deportación, tener un número de seguro social, licencia de conducir, entre otros beneficios. Mientras el programa ha estado vigente, los soñadores han podido realizar sus sueños y estudiar, trabajar, comprar propiedades, y abrir líneas de crédito. Actualmente son 800 mil dreamers en el país, y estos jóvenes pueden ser identificados fácilmente por el gran trabajo que hacen en muchas industrias, sus luchas constantes por pasar el “Dream Act”, sufrimientos, y especialmente sus sueños.

Juan Escalante es soñador, venezolano, millennial, activista, y defensor de la comunidad inmigrante. Cuenta con 17,500 seguidores y más de 71,000 likes en Twitter. Radica en Washington D.C. y frecuentemente leemos sus columnas en Huffington Post, Univision y otros medios de comunicación. Egresado de la Universidad del Estado de Florida (FSU, por sus siglas en inglés), obtuvo una licenciatura en ciencias políticas y una maestría en administración pública. Actualmente trabaja para la organización America’s Voice, que busca aprovechar el poder de las voces y los valores estadounidenses para implementar cambios de política que garanticen derechos laborales, civiles, y políticos para los inmigrantes y sus familias.

Todo va a estar bien, mamá

La historia de Juan comienza un día en 2007, cuando recibió la gran noticia de que había sido galardonado con una beca especial para estudiar en la universidad. Ese mismo día llevó los documentos necesarios para completar la inscripción. Pero en la institución se percataron de que no contaba con la documentación requerida: Juan era indocumentado. Sintiéndose derrotado, vulnerable, y frustrado volvió a casa con sus padres, quienes también son indocumentados. Fue un día triste. Muy triste. La madre de Juan se echó a llorar. Juan no sabía cómo calmarla. No sabía qué hacer para resolver la situación, pero en ese momento lo único que se le vino a la cabeza fue — sin saber, ni tener idea de cómo iba a hacerlo o resolverlo — “Todo va a estar bien, mamá”.

¿Qué había pasado? Por varios años, la familia de Juan estuvo en espera para obtener la residencia permanente (conocida como la famosa green card que no es ni siquiera verde). Pero por culpa de una negligencia profesional por parte de la abogada encargada del caso, no pudieron continuar con el proceso en el juzgado y quedaron con un estatus migratorio incierto. Todavía el caso sigue aún sin resolverse. Juan no es el único soñador o dreamer de su familia. Sus tres hermanos también son beneficiarios de DACA. Sin este programa ninguno hubiera podido ir a la universidad, ni tendrían la posibilidad de acceder a los trabajos que hoy tienen.

Juan no se quedó con sus brazos cruzados llorando y lamentándose por su situación. A los 17 años de edad se unió junto a otros soñadores a la lucha por estudiar en la universidad, tener una licencia de conducir, y otros derechos que como indocumentado no tenía. En esa época los soñadores comenzaron a alzar su voz a través de manifestaciones, protestas, marchas, poniendo en acción el eslogan que siempre cantaban: undocumented and unafraid (indocumentado y sin miedo).

El estatus migratorio lo pudo haber detenido de realizar ciertas actividades como, por ejemplo, marchar, protestar, y manifestarse públicamente, ya que no existía ningún tipo de reglamento o protocolo. Si alguien quería hablar con la prensa era bajo su propio riesgo. “Si te buscaba la migra y te agarraban era bajo tu propia responsabilidad”, afirma Juan. Salir a la calle a defender sus derechos como ser humano era algo que no podía hacer en su Venezuela natal, considerada uno de los países latinoamericanos más violentos y peligrosos del mundo, al igual que Ciudad Obregón, Sonora; Mazatlán, Sinaloa; Tepic, Nayarit; Reynosa, Tamaulipas, entre otras ciudades mexicanas.

Tenía que moverme si quería quedarme

No fue hasta los años 2008, 2009 y 2010 cuando vio los resultados y la cristalización de la lucha, y entendió que era mucho más seguro estar activo y ser conocido públicamente a no hacer nada y esconderse. No quería sentirse como un número más en una lista que parecía interminable. “Eso me tocó la vida. No tenía otra opción. Tenía que moverme si quería quedarme en Estados Unidos y crecer”. Con el tiempo, Juan obtuvo una reputación a través de los movimientos en los que se involucró con la llegada del proyecto de ley conocida como el “DREAM Act”, en inglés.

Actualmente, la situación para los dreamers es confusa e incómoda pues el tiempo pasa y no se ha llegado a un acuerdo para normalizar el estatus migratorio de estos jóvenes. No existe una colaboración ni diálogo con el gobierno. El futuro de los dreamers y sus familias es incierto, puesto que la eliminación de DACA por parte de la administración de Trump, pone la presión de estar en peligro de deportación si no se llega a un acuerdo entre el ejecutivo y el legislativo.

Para Juan, regresar a su país no es una opción. En Venezuela hay una hiperinflación que abarca más allá de razones y entendimientos. No hay comida, es decir, faltan bienes de necesidades básicas. La infraestructura está congelada y no existe posibilidad de comenzar de nuevo, ya que no hay trabajo y los que hay no cubren el salario mínimo ni para comprar un pan. Vivir en un país en donde no te quieren reconocer y provenir de un país que no te da una oportunidad para sobrevivir es complejo, sobre todo cuando quieres encontrar sentido de pertenencia, construir un hogar, vivir con la tranquilidad con la que otros viven y observar que ese derecho de obtener una vida digna y una nacionalidad se te ha ido de las manos.

Ser venezolano en el extranjero, ser latino e indocumentado y no ser ni de aquí ni de allá, no es negar el país de origen, sino soñar con la oportunidad de quedarse en el lugar donde construyó una vida. Su familia ya no está en Venezuela, sino ubicados en Chile, España y otros países. La única pertenencia que le queda en la nación bolivariana es el baúl de recuerdos de cuando era un pequeño.

Los ciudadanos de otros países que enfrentan problemas económicos y sociales, que no encuentran áreas de oportunidad laboral ni educativa, necesitan tener presente que los problemas no solamente existen dentro de Latinoamérica, sino que también se encuentran afuera. El conflicto también existe en el país del sueño americano.

“No sé si mi país tiene algo planeado para recibir a los dreamers de Venezuela, pero dudo que alguien quiera regresar. Pertenezco a la generación adulta de los soñadores y pienso que Venezuela no tiene arreglo, no puedo aferrarme a un país que no tiene nada que ofrecer”.

Julia Castro

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