Bajo el signo del tambor

El Caimán Barbudo
Jan 31, 2020 · 5 min read
La Escuela Nacional de Instructores de Arte le abrió de Eduardo Córdova el diapasón a otras manifestaciones artísticas. Foto: Cortesía del autor

Por Arley Barroso Gutiérrez

Parecen adornos, pero son instrumentos musicales. Tambores, bongós, claves, maracas.Todos incrustados en piedra o tallados con perfección. Hay uno, sin embargo, que llama poderosamente la atención. Es grande y majestuoso: parece más una batería que un tambor, tiene siete entradas y el rostro de Shangó en la punta. No es un estudio de música ni nada similar, se trata de la casa de uno de los notables exponentes de la música contemporánea en Cuba.

Eduardo Córdova Reyes (La Habana, 19 de julio de 1963) me habló del tambor de siete bocas, instrumento mediante el cual un solo músico puede tocar lo mismo que cuatro o cinco percusionistas al mismo tiempo. Múltiples maneras de hacer sonar el instrumento prueban lo que su creador puede hacer.

La prestigiosa publicación Il Giorno ha llamado a Eduardo Córdova el “Rey de la Música Cubana”, llegando algunos a compararlo con el percusionista Changuito, cofundador de Los Van Van.

Su papá siempre quiso que fuera violinista. Desde muy temprano le asignó un profesor particular de violín: Alfredo Muñoz, uno de los grandes profesionales de la música clásica de Cuba. “Pero eso no era lo mío. Cuando uno toca violín aprende primero los ritmos clásicos, y a mí me gustaban más los populares, así fue como más temprano que tarde abandoné las clases”, comenta.

“Al terminar la secundaria básica quería seguir estudiando. Como mi padre me había inculcado esa inquietud musical, opté por la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), donde recibí clases de percusión”.

En su formación estuvo la mano de excelentes profesores como Santiago Reither y César Rivero.

“Cambió mucho mi vida en el sentido estético de los conocimientos del arte y la cultura. Mi estancia en esta escuela abrió un diapasón muy grande, no solamente a la música, sino también a la danza, la pintura y la escultura, manifestaciones artísticas que también logré cultivar.

“Como ya tenía inquietudes artesanales, en pleno Período Especial, empecé a confeccionar tambores porque el sonido de los que usaba no me satisfacía del todo, pero debido al desconocimiento que tenía del tallado, mis primeras obras presentaban algunos defectos. Intenté perfeccionarlas y, esculpiéndolas, me di cuenta de que se podían decorar con rostros”, dice mientras mira a su alrededor. Con tantos semblantes tallados es común la sensación de estar siendo observado.

Conversando sobre religión decidí preguntarle de dónde sale la idea de decorar los instrumentos con rostros de deidades afrocubanas, y me contestó que, aunque su papá era religioso este no es el verdadero motivo que tuvo para ello.

“Desde cierto punto de vista, formé parte de la espiritualidad que vivió mi generación y soy el resultado de lo que se vivió en aquella época. La influencia de lo afrocubano se debe a la idiosincrasia que tenemos quienes nacimos en este país: el reflejo de lo africano mezclado con el sentimiento de cubanía, los rostros de sufrimiento de los esclavos y la cultura religiosa traída por ellos, son emociones que calan bien hondo en la sensibilidad artística.También he trabajado la parte aborigen, aunque en menor escala”, dice.

“Este atrevimiento me confirió buenos resultados porque en los años ochentas y noventas no había muchas personas en el país que se dedicaran al tallado de los instrumentos musicales, y menos aún que los esculpieran con rostros. Más adelante pude crear el tambor de siete sonidos y le grabé el rostro de Shangó, orisha de la justicia. Me gustaría señalar que la creación de ese instrumento me ayudó a retornar a mi pasión original: la música; tras haberla dejado de lado por centrarme en tallar”.

Mi mayor fuente de inspiración es el legado que nos dejaron nuestros antepasados afro-aborígenes. Creo que en esta historia se ocultan muchas riquezas espirituales y materiales. La herencia que nos transmitieron, y que pervive hasta nuestros días, es un diamante en bruto.”

Eduardo Córdova enseña percusión y baile en Habana Compás Dance, donde se combinan bailes españoles, ritmos afrocubanos y coreografías contemporáneas. Foto: Facebook de la compañía.

A los mejores expedientes de la ENIA, entre los que se encontraba Eduardo, le dieron la posibilidad de pasar su Servicio Militar Activo como instrumentistas de la Banda de Música del Estado Mayor General. “Ahí tuve la posibilidad de tocar xilófono, batería y muchos otros instrumentos de percusión. Fue como un laboratorio para poner en práctica todo lo que había aprendido, tuve la posibilidad de superarme”, asegura Córdova.

La Banda del Estado Mayor fue también la antesala de otra de sus pasiones: enseñar. Trabajó como profesor de los nuevos reclutas que entraban a la agrupación.

“Tiempo después fui empleado como profesor de percusión y danza de niños y jóvenes en Habana Compás Dance: proyecto de música española donde se combinan ritmos afrocubanos con coreografías contemporáneas”, explica.

“Ahí me enamoré del trabajo de mis estudiantes, quienes tenían muy buenas condiciones para la percusión.

“Siento como gracias al resultado de mi trabajo, personas que no tenían conocimientos de percusión (sí condiciones, pero no conocimientos), son ahora catalogadas como grandes percusionistas. Muchas personas preguntan a menudo si han estudiado en escuelas de arte. Para mí es una gran satisfacción ver cómo tanto las bailarinas como su directora han acogido a la percusión como algo serio.

“La percusión es la voz de los sentimientos del músico. Transmite. Es también un medio de comunicación, a través de los siglos fue así, con ella se avisaban del mal tiempo, de los enemigos, realizaban rituales culturales y religiosos, así como actividades de otra índole. Por eso mi trabajo siempre ha sido bajo el signo del tambor.

“El legado que vine a dejar al mundo es hacer un homenaje a la percusión y los sonidos como fuente de comunicación, como cultura, como energía.”

Ya era la hora de despedirnos cuando noto que con la mano derecha simula el toque de un tambor. Al hacer referencia al movimiento responde con una sonrisa: “es natural”. Y lo es, cuando se lleva tanto tiempo en la música “hasta en los movimientos se le nota a uno”.

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Revista cultural cubana

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