Vida oculta de Javier Tejeda

El Caimán Barbudo
Nov 5 · 25 min read
Foto: Getty Images

Por Yandrey Lay*

I

Mi nombre es Adriano Carmenate y soy el último de las cinco personas que se hicieron pasar por Javier Tejeda. Hace unos días cumplí cincuenta y siete años, pero parezco un hombre de ochenta. Ya las fuerzas no me alcanzan más que para alejar a los intrusos, o para hacer una taza de té y pasar el día tras la ventana, mirando cómo se mueve la vida en el pueblo. En mi infancia la gente creía viejos a los hombres de cincuenta años. Sin embargo, las cosas han cambiado desde entonces y, hoy, cualquiera de mis compañeros de aula podría parecer hijo mío.

Escribo estas líneas como desagravio a la memoria de Javier Tejeda. Aunque tuvimos nuestras diferencias me parece injusto el tratamiento, yo diría no tratamiento, que se ha dado a su vida y a su obra. «Era un arribista», afirman la mayoría de los críticos al referirse a él, y ese calificativo les basta para excluirlo de las antologías y los compendios de historia literaria. Lo que desconocen estos críticos es que parte de la información que manejan proviene del propio Javier Tejeda, quien no vaciló en describirse a sí mismo como un hombre excéntrico, frívolo y que estaba obsesionado con la fama, a pesar de que frecuentemente rehuyó la notoriedad e incluso se negó a firmar algunos de sus libros.

No siempre fue así, por cierto. En un inicio Javier Tejeda hablaba con agrado de su obra y buena parte del éxito que alcanzó su primer libro, Guerra del Agua, se debió a la facilidad con que solía manipular a los periodistas. A diario se podía leer en los periódicos alguna frase ingeniosa de su autoría. Opinaba acerca del deporte, las finanzas, e incluso sobre las ventajas y desventajas del sexo matutino. Esto último es verdad, aunque parezca invención mía. En una revista de la capital afirmó que hacer el amor por las mañanas era excelente para lubricar la piel y que, como la calistenia, preparaba el cuerpo para el afán diario.

— ¿De veras? — preguntó la reportera que lo estaba entrevistando.

Javier Tejeda enarcó una de sus cejas.

— Sí, es cierto — agregó con tono irónico — , aunque no lo recomiendo para aquellos que inmediatamente después tienen que marcharse al trabajo.

— ¿Porque llegan tarde?

— No, porque el sexo genera optimismo. Y el optimismo, cuando se trata de trabajo, es una actitud francamente desfavorable.

— ¿Entonces usted es un hombre pesimista?

— Soy algo mejor: un optimista con experiencia. Creo que las cosas siempre salen de la peor forma posible. Y como cualquier resultado está por encima de mis expectativas, no hay nada capaz de defraudarme.

— He leído su libro — la periodista consultó una libreta — , y lo que más me admiró fue que los personajes son individuos reales, gente que vive con usted en Santana…

— Me excuso por mi evidente falta de imaginación.

— Pero, ¿por qué todos, incluyéndolo a usted, están tan obsesionados con el sexo?

— Ah — respondió el escritor — porque es lo único que pueden hacer sin pedirle permiso a nadie.

La reportera sonrió por lo bajo, acto seguido se mojó los labios, lentamente.

— Es verdad lo que me han dicho — murmuró.

— ¿Qué cosa? — preguntó Javier Tejeda, inclinándose hacia ella.

— Que usted ha alcanzado el éxito más por su ingenio que por su genio.

— No, qué va — el escritor se puso la mano a un lado de la boca y dijo en un susurro — soy lo que soy porque he aprendido a mentirle a los periodistas.

La entrevista fue cuidadosamente recortada y archivada por Reinaldo Vueltas, quien después se convertiría en el primer Javier Tejeda. Por el recorte, que tengo ante mis ojos mientras escribo estas líneas, sé que la reportera quedó estupefacta al escuchar la respuesta del escritor o eso fue lo que confesó en el texto publicado por la revista. También sé que, al ver su gesto de asombro, Javier Tejeda se echó una carcajada breve:

— Es la única manera de fijar su atención, al menos durante un tiempo — agregó, esta vez en voz alta.

Cuando la gente del pueblo leyó esto y vio lo bien que le iba a Javier Tejeda en la capital, pensaron: «¡Qué bien! No regresará más». Sin embargo, hubo ciertos rezagos provincianos que el escritor nunca pudo eliminar de su carácter. Jamás le gustaron las comidas al aire libre ni en lugares donde asistiera mucho público. Odiaba las tiendas porque, según me confesó una vez, temía que no le alcanzara el dinero a la hora de pagar. Quizás por eso se mandó a hacer exactamente mil ciento cincuenta y tres camisas pardas, y la misma cantidad de pantalones oscuros, para evitarse la molestia de comprar ropa. La gente abría los ojos como platos al conocer tamaña extravagancia, a lo que Javier Tejeda respondía de manera invariable. Encogía los hombros y murmuraba: «Ustedes saben que siempre me ha gustado hacer las cosas en grande».

También le gustaba, por cierto, ir en contra de la opinión generalizada e incluso del sentido común, así que un día decidió volver a Santana. En la estación de trenes lo recibió la banda municipal y el alcalde vestido con sus arreos de gala. Era un homenaje justo. Javier Tejeda fue el hombre que puso a nuestro pueblo en los mapas de la cultura nacional. El escritor, en cambio, se tomó los halagos con sobriedad. A los periodistas que vinieron a entrevistarlo les explicó que había regresado porque quería calma para trabajar. Afirmó que estaba llevando varios proyectos a la vez: un libro de ensayos, una obra de teatro y otro al que llamaba Nada sucede dos veces, un volumen de cuentos o una novela donde quería explotar al máximo su fantasía creadora.

Sin embargo, todos sus proyectos fracasaron y a la postre Javier Tejeda no pudo seguir ocultando la causa principal de su regreso: tenía dificultades para escribir. Le costaba trabajo encontrar las palabras que daban cuerpo a su literatura y pasaba días enteros para terminar una cuartilla. Pronto se hizo imposible hablar con él pues frecuentemente hacía silencio a mitad de la conversación y ponía los ojos en el techo, hasta que al cabo de un rato admitía con pesar que las ideas se le habían escapado de la cabeza.

— Hombre, pero cómo que se te van a ir de la cabeza, ¿así, nomás? — le preguntó mi padre, el doctor Alistair Carmenate.

En aquel tiempo mi padre atendía a los pacientes en la sala de nuestra casa y Javier acudió a verle cuando se convenció de que su mal no se iría tan repentinamente como había llegado y, no solo esto, sino que su memoria parecía empeorar con cada día que pasaba.

— Sí, me pongo a pensar en algo — admitió el escritor, afligido — y cuando encuentro la respuesta, cuando ya la tengo en la punta de la lengua, se esfuma como un suspiro…

— ¿Y no vuelve más?

— A veces lo hace, pero al cabo de dos o tres meses: primero un poco pálida, luego más fuerte y al final como recuerdos la historia íntegra de eso que ya pasó y no tiene remedio.

— Nunca había escuchado hablar de un caso como el tuyo. Por lo visto sigues siendo la excepción de cualquier regla, sobre todo en el sentido desventajoso de la frase.

— Lo peor no es eso — Javier Tejeda dio un golpe sobre la mesa — . Lo peor es que cuando los recuerdos vuelven, no puedo evitar la impotencia de pensar: «Yo podía haber dicho esto, yo podía haber hecho aquello», y no lo hice, no lo dije, porque lo olvidé, simplemente los pensamientos se me fueron de la cabeza así: fuus.

El escritor dijo esto y movió los dedos en el aire, como si tratara de aprehender las palabras que se le escurrían entre los dedos. Luego se tomó la cabeza entre las manos y agregó:

— Ahora mismo estamos sentados aquí, hablando, pero solo comprendo una parte de lo que dices. Como si esta conversación hubiera ocurrido hace años y yo apenas recordara razonamientos truncos, pedazos de frases.

— La memoria es algo parecido a una hoja de papel — asintió mi padre — donde se imprimen manchas de grafito en forma de recuerdos. Cuando el tiempo borra alguno de esos trazos, de seguro uno podrá escribirlos de nuevo. Pero si se rompe la hoja, como en tu caso, ¿entonces qué?

— Tal como lo dices, parece bastante grave — repuso Javier Tejeda, abatido por el hecho de que esa enfermedad inoportuna podía arruinar lo que con tanto esfuerzo había alcanzado — . ¿Tendré que buscar un trabajo menos sofisticado?

— No, quizás no — dijo mi padre y acto seguido le enseñó un par de trucos nemotécnicos que podían ayudarlo a anclar los pensamientos a su cabeza.

— ¿Y tú crees que será suficiente con hacer nudos en un pañuelo o utilizar este sistema de cuerdas coloreadas? — preguntó el escritor al finalizar la explicación.

— Por supuesto, así era como los antiguos combatían el olvido — afirmó mi padre.

— ¿No dicen que la medicina ha avanzado mucho en los últimos tiempos? — sostuvo Javier Tejeda examinando los croquis que el doctor acababa de dibujarle en el método clínico.

— Sí — respondió mi padre — , pero ese tipo de tratamiento aún no pasa de moda.

El escritor se marchó a su casa y puso en práctica los remedios que le habían indicado, aunque frecuentemente olvidaba el motivo por el cual había hecho los nudos o pintado las cuerdas.

— Eso no tiene importancia — aseguró mi padre cuando supo lo que ocurría.

Salió un momento de la habitación y volvió con un diario en la mano. «Toma», dijo y entregó el diario a Javier Tejeda. Le pidió que pusiera por escrito todos sus actos, en lo que debía ser una fotografía de sus días, una manera infalible de apresar el presente fugitivo.

Esa misma tarde, Reinaldo fue a visitar a Javier Tejeda y lo encontró consultando un mapa. En él había anotado una hora, las ocho de la noche, y a su lado un dibujo de la mesa unido por una línea al diario, esta al lápiz, que a su vez estaba conectado a un quinqué y aquel a la caja de fósforos. El escritor lo hacía, Reinaldo lo adivinó enseguida, para recordar que a esa hora debía encender el quinqué con los fósforos, buscar el diario y, sentarse a escribir en él, usando un lápiz.

Todavía Javier Tejeda estaba examinando el mapa cuando Reinaldo se acercó a él y lo tocó por el hombro.

— A ver, déjame ayudarte — le dijo.

— Vete a la mierda — murmuró el escritor, sin volverse.

— Javier…

— Vete a la.

— Amigo…

— Vete a.

— Coño, chico — dijo Reinaldo casi llorando.

— Vete.

— Reinaldo, ven acá — lo llamó la madre del escritor desde la cocina.

Este se dirigió allá sin quitarle los ojos de encima a su amigo.

— Está empeñado en resolver el problema por sí mismo — le informó Amparo — , y se molesta cuando alguien trata de ayudarlo. Tú sabes cómo es de tozudo ese muchacho.

Reinaldo asintió, cejijunto. Y se sentó en la cocina a tomar un poco de café recién colado. No se tocó más el caso de su amigo, pero a la salida Reinaldo tuvo que cruzar a saltos el laberinto que Javier estaba creando con cordeles, gráficos y notas que explicaban cómo hacer esto o aquello.

El escritor se había dado cuenta de que no podía vencer de frente a la enfermedad y por eso decidió emplear una táctica de guerrillas, hacerle una guerra de nervios. Era, lo contaba Reinaldo, un método asombrosamente eficaz, pero requería un gasto de energía que nadie hubiera podido mantener por mucho tiempo. Algunos objetos, como la libretita que le servía de memento, poseían usos tan diversos que abarcaba las esferas terapéutica, espiritual, utilitaria y, para él, directamente profesionales. Sería un buen chiste si no se tratara de un hombre que trabajaba con recuerdos y que cada mañana se despertaba con la certidumbre de estarlos perdiendo gota a gota.

El punto crítico llegó cuando Javier Tejeda, mientras trataba de hablar con Amparo, tuvo que rebuscar en cientos de hojas para recordar el nombre de la mujer que lo había traído al mundo. Se percató de que había hallado una solución genial a su problema, aunque era impracticable para un ser humano.

Reinaldo volvió a ofrecerle su ayuda, pero el escritor lo rechazó con sequedad. Después juntó sus últimas fuerzas y escribió la historia de un hombre que ha extraviado su memoria. Fue como si, de esa manera, pudiera conjurar su padecimiento. El cuento se llamaba «Memorial del silencio» y, después que le puso punto final, Javier Tejeda se tiró a morir en un rincón.


II

Cuando su madre logró ponerle las manos encima, el escritor se había convertido en una sombra raquítica que se arrastraba por la casa con el pelo revuelto. Frecuentemente Amparo se asustaba al verlo salir de los cuartos o aparecer de pronto por entre las vigas de madera. Por las noches ni siquiera lo veía, solo escuchaba el arrastre de sus pies descalzos, al mismo nivel que los traqueteos del techo y los viejos muebles.

Ella también deseaba ayudarlo, pero no quería provocar una de esas frases ríspidas a las que su hijo era aficionado. Mientras el escritor estuvo lúcido, su madre se contentó con limpiar su cuarto y llevarle un plato de comida que Javier desdeñaba o no sabía comer. Después, cuando estuvo lo bastante débil como para oponerse, ella pidió ayuda a Reinaldo Vueltas y entre los dos lo trasladaron a la habitación de Amparo. Allí, el escritor aprendió de nuevo a manejar la cuchara, y con cierta lentitud recuperó las facultades del habla y el razonamiento.

La recuperación paulatina devolvió a Javier a la edad en que los seres humanos descubren el mundo y se asombran por cada cosa nueva que sus ojos perciben. Cuando él y Reinaldo salían a pasear por las mañanas, el escritor señalaba a la gente en la calle y preguntaba, «¿Quién es ese?», «¿De dónde conozco a aquel?». Fue durante uno de esos paseos mañaneros que Javier hizo amistad con Gonzalo Gazméñiga y Juan Carlos Buero, sus rivales de antaño. Reinaldo Vueltas le recordó que ambos estudiaban un curso superior al de ellos, que en la escuela ganaban todos los premios y que solían burlarse de sus primeros cuentos. Javier sonrió al escuchar estas cosas, luego preguntó:

— ¿Qué son ahora?, ¿han escrito algo que valga la pena?

— No, nada — contestó Reinaldo — , Gazméñiga trabaja de maestro en la escuela y Buero es un simple policía.

El escritor sacudió la cabeza y dijo:

— Entonces he vencido yo, podemos hacer las paces.

Como norma general Reinaldo respondía sus interrogantes con gusto e, incluso, solía excitar su curiosidad. Un día el escritor le preguntó:

— ¿Qué se ha hecho de Laura Inclán, por qué ya no visita nuestra casa?

Laura Inclán fue el personaje más importante en los primeros veinte años de Javier Tejeda: no solo porque lo enseñó a jugar ajedrez, ya veremos la influencia que esto tuvo en la formación del escritor, sino porque fue ella quien intercedió ante el alcalde para que Javier pudiera marcharse a la capital.

Reinaldo trató de esquivar esta pregunta de su amigo.

— Hazme caso, es mejor no saber ciertas cosas — le aconsejó, poniéndole una mano en el hombro.

Sin embargo, cuando Javier Tejeda quería averiguar algo no se paraba en chiquitas, ni se dejaba comprometer por los buenos modales. Insistió e insistió hasta que un día Reinaldo se vio obligado a llevarlo hasta el banco más aislado del parque. Allí, lejos de las miradas y los oídos inoportunos, le contó a su amigo que la señora Inclán había cometido un error estúpido: envió una carta al alcalde pidiendo que se eliminara el permiso de salida, las regulaciones del tráfico por la frontera, y que la tripulación de los trenes no se conformara por designación sino mediante exámenes públicos.

«Al leer el mensaje — prosiguió Reinaldo — , el señor Fuentes dijo que poseía el mismo tufo cismático que en otro tiempo desencadenó la Guerra del Agua». Acto seguido, la alcaldía inició un proceso que encontró culpable a Laura Inclán de irrespeto a las leyes y se le condenó a ser encerrada en el sanatorio de Gamarra. Poco tiempo después, y gracias a la intervención del maestro Tomiyama, se le conmutó esa pena por el destierro perpetuo de Santana. «No hemos vuelto a saber de ella», concluyó Reinaldo y observó con pena cómo los ojos del escritor se anegaban en llanto.

Estuvieron un rato así en silencio, hasta que Javier Tejeda tomó una mano de su amigo y le pidió: «Quiero que cada instante de nuestras vidas me recuerdes lo que ocurrió con la señora Inclán». A partir de ese día el escritor mantuvo una situación de desconfianza, es la palabra exacta, con el poder establecido. Pensaba que las autoridades tienen escasa indulgencia con las personas que están bajo su mando, incluso con aquellos que lo han defendido toda una vida. Muchas veces intenté demostrarle que no podía ser tan absoluto y que cada gobierno es la medida de sus gobernados. Sin embargo, los golpes lo habían convertido en un hombre tortuoso y de carácter difícil, defectos que se hicieron más graves a medida que envejeció.

Por esos años el pueblo estaba cambiando rápidamente a partir de un programa de modernización emprendido por la alcaldía. Se terminó la construcción del ferrocarril que habría de exportar los productos que llegaban a Santana en cada vez mayores oleadas: maderas preciosas, pescado, carbón, quesos y carnes en salazón. Pero si bien la modernidad afectó varios aspectos de la vida en el pueblo, el alcalde tuvo el buen tino de mantener las leyes que regulan el tránsito por la frontera que separa al municipio del resto del país.

Aún hoy, después que tanta agua ha corrido, violar este reglamento supone el exilio para el culpable. Quizás por eso la tripulación de los trenes es elegida entre las familias más prósperas de Santana, para que el instinto vagabundo de la gente se vea frenado por los daños que cualquier desatino puede causar a sus parientes y al patrimonio familiar. Incluso los contrabandistas de La Macagua cumplen rigurosamente con el acuerdo tácito de no ir más allá de los límites que se les han marcado y pagan su franquicia haciéndose cargo de custodiar la frontera oeste de Santana.

Nunca comprendí la admiración que Javier Tejeda sentía por la señora Inclán. Y estoy seguro que, de haber triunfado, su pensamiento anárquico habría sido un golpe mortal para la inocencia que aún predomina en estas tierras. No obstante, debo reconocer que el fracaso de sus demandas dio origen al éxodo progresivo que va minando nuestra población. Se ha generalizado el caso de gente, muy tontas o con demasiado coraje, que de forma voluntaria deciden abandonar el municipio, irse a vivir al mundo exterior con todo el peligro que ello pudiera acarrear. Hacen el camino a pie o colgados del tren que cada día cruza la frontera del municipio y llega hasta Blanquizal. Cuando alguien hace esto se dice que padece el «Mal de Troilo», llamado así por un paisano nuestro que caminó hasta el fin de la tierra conocida y regresó para contarlo.

La autoridad, sospecho yo, se hace de la vista gorda la mayoría de las veces. Saben que la sangre siempre llama y muchos de ellos después piden permiso para visitar a sus familias. A unos pocos, los más petulantes, se les niega el ingreso y a los demás se les exige que paguen un peaje por concederles una estancia breve. Algunos de ellos ni siquiera pueden juntar el dinero para pasar un día en Santana. Entonces deciden hacer el viaje a escondidas, arrastrándose por entre la maleza. A esos, a todos los que se van y no pueden contener su nostalgia, nosotros los llamamos «regresados».

El exilio de Laura Inclán pasó a un segundo plano, afortunadamente, cuando la mejoría trajo otras preocupaciones a la vida del escritor. Estaba más o menos curado, se decía, pero quién le garantizaba que el mal no regresaría de nuevo cuando estuviera en una entrevista o en medio de una conferencia. Por el país había corrido la noticia de su enfermedad y luego la de su recuperación. Un grupo de periodistas, de los pocos que lo recordaban, viajó hasta Santana para obtener algunas declaraciones. Sin embargo, Javier Tejeda se negó a recibirlos. Ya no confiaba en sus fuerzas. Cada noche se acostaba preguntándose qué sería de él ahora que no podía contar con su memoria, ahora que su estrategia para alcanzar la fama había sido traicionada por la debilidad del cuerpo.

«Siempre te queda la alternativa de ser un hombre común», pensó en un instante de abatimiento. «Buscar trabajo en las fincas», se dijo. Quizás todavía quedara soltera alguna mujer de su edad, no muy agraciada por supuesto, para que cuidara de él y de su casa. Se veía a sí mismo levantándose temprano cada mañana para ir a los campos, machete al hombro, el almuerzo anudado en un pañuelo. Regresaría por la tarde, casi al finalizar el día, para comer un caldo escaso y después a la cama a hacer hijos o a dormir para al otro día seguir con el mismo suplicio. Imaginaba el paso del tiempo, el engrosamiento de la panza, sentarse en la mecedora del portal por las tardes, ir a casa de los vecinos a pedir una medida de arroz o cuatro viandas, esperar al domingo para comer algo de carne, estirar la ropa todo lo que pudiera pues cuando llegaran los niños solo podría aspirar a comprarse una muda cada dos años. Luego vendría la vejez, achacosa, y la muerte por pulmonía o ataque al corazón, como le sucedió al padre de Reinaldo, que reventó en el campo y no lo encontraron hasta bien entrada la tarde, cuando uno de sus hijos fue a llevarle el almuerzo. Llegado a este punto el escritor se revolvió sobre sí mismo. «¿Un hombre común?», pensó con desagrado. «¡No! — se dijo — , primero muerto antes que sencillo».

Una noche sacó el juego de ajedrez, lo puso sobre la mesa de la cocina y se sentó frente a él, las manos en la cabeza. Organizó las piezas sobre el tablero e hizo los movimientos de rutina hasta llegar a su posición actual. Vio que ante él se abrían varias combinaciones posibles pero que el más pequeño error podía llevarle al fracaso. Su estado actual era el de un ciego que necesitaba ayuda para dar el más mínimo paso. «Eso es — dijo, dando una palmada sobre la mesa — , soy un ciego que no tiene lazarillo». «Necesito buscar uno, urgentemente», pensó el escritor y como por casualidad su vista se dirigió hasta donde estaba sentado Reinaldo. «¡Eso es! — exclamó mientras daba otra palmada sobre la mesa — , si llega a ser un perro me muerde».

Esa misma noche comenzó el entrenamiento de Reinaldo Vueltas. El escritor lo vistió con prendas oscuras para disimular sus hombros anchos y su estatura mediana. Además, hizo que se dejara crecer el pelo y se lo cortara de una manera especial. Observó que Reinaldo se apuraba al comer, como si la cena se le fuera a escapar del plato, y entendió que era un rezago de su convivencia en una familia donde tenía que ser lo bastante ágil para atrapar algo antes que los demás dejaran vacía la mesa. Muchas veces se quedó sin comer porque sus hermanos mayores eran más rápidos que él. Entonces tenía que pasar hambre hasta el otro día pues, antes de acostarse, su madre les hacía pedir la bendición y jurar con la mano en el pecho que nadie trataría de forzar la alacena donde guardaba la comida. No obstante, echaba llave a todos los compartimientos y cada vez que escuchaba un ruido en la cocina salía a comprobar las puertas. Era en vano, por cierto, pues cada mañana faltaba algo. Así que formaba a todos sus hijos en una fila, ordenados de mayor a menor, y repartía los golpes a partes iguales.

El escritor nunca se atrevió a golpear a Reinaldo Vueltas, por la sencilla razón de que él mismo hubiera llevado la peor parte en una pelea con ese campesino torpe y recio de mollera. Su método era más refinado. Cuando se sentaban a comer, mantenía un ojo sobre Reinaldo, y si veía que este usaba el tenedor equivocado o agarraba el cuchillo como si fuera un carnicero: «zas», alargaba su propio cubierto y tomaba una pieza del plato de su amigo.

— ¿Pero, hombre, no te basta con lo que tienes en tu propio plato? — preguntaba Reinaldo, alarmado.

— Te he dicho mil veces que ese tenedor se usa para la ensalada — ripostaba el escritor — , el de carne es aquel, tiene tres dientes.

— Da lo mismo uno que otro, si fuera por mí nada más usaba la cuchara.

— Oh, por cierto, no la agarres como si fuera una pala.

— ¿Qué cosa? ¿Qué pasa con la pala?

— La cuchara — suspiraba Javier — , no agarres la cuchara como si fuera una pala.

— Creo que le exiges demasiado — intercedía Amparo.

— No, no — contestaba el escritor — , estoy evitando que me haga pasar una vergüenza.

De pronto volteaba la cabeza.

— ¡Reinaldo! — lo reprendía — , mastica bien la comida, que no se te va a ir del plato.

— Ella no se va, tú te la llevas.

— Vamos a hacer una cosa — proponía Javier Tejeda, a punto de perder la paciencia — , cuenta hasta diez entre bocado y bocado.

— Así: 1, 2, 3… 9 y 10 — contaba Reinaldo con la boca llena — , ¿está bien?

— Más o menos — decía el escritor consciente de que los traumas de la infancia son los más difíciles de corregir — . Y por favor, no raspes el plato.

Luego tocó el turno a los diversos problemas que afectaban el lenguaje de su doble: solecismos, barbarismos, arcaísmos. El escritor le enseñó, además, que el punto débil de las mujeres no se encuentra en los ojos, sino en los oídos; que la inteligencia es el mayor afrodisíaco de todos y que nunca sería un verdadero caballero si no conseguía articular correctamente las palabras.

— A ver, repite conmigo: la unidad de los cantosssssss.

— La humedad de los campoooooos — decía Reinaldo.

— Es unidad, unidad.

— Ah, ya sé: la utilidad de los campoooooos.

— No, la utilidad… — el escritor se ponía rojo — , qué digo, unidad. U-N-I-D-A-D.

— U-N-I-D-A-D.

— Así, carajo, unidad.

— Unidad — pronunciaba Reinaldo y adoptaba un aire suficiente — , no había que llegar a las malas palabras por tan poca cosa.

Paso a paso los dos hombres comenzaron a ser uno solo, aunque el carácter de Reinaldo, terco como una mula, se negaba a desaparecer del todo. Mantuvo sus gestos toscos y amplios, aun cuando Javier Tejeda se empeñó en adiestrarlo en el ademán suave y corto que denota educación en el que lo ejecuta. También aprendió a jugar ajedrez, pero jamás fue un rival serio para el escritor. No obstante, según la gente del pueblo, no era raro verlos jugar por las tardes y Reinaldo siempre recibía un caballo o una torre de ventaja para compensar su falta de habilidad.

— Te queda una sola cosa por aprender — le dijo un día el escritor mientras disputaban una partida.

— ¿Qué cosa?

— A estar en silencio. ¡Jaque!

— ¿Y no se vería extraño? — Reinaldo se cubrió el jaque con el alfil de la dama.

— Sí, pero es preferible eso a que se te vaya un disparate en medio de la gente.

— ¿Y qué hago si alguien me pregunta por qué estoy callado?

— ¡Jaque! — dijo Javier y añadió — . Es muy sencillo: haces una mueca irónica, levantando las cejas y la comisura izquierda de la boca, así — le mostró a Reinaldo cómo se hacía.

— Ah, ya veo — este la repitió — , ¿solo eso?

El escritor lo aprobó con un gesto:

— No, debes decir: «Para qué voy a abrir la boca, si no puedo mejorar el silencio».

Reinaldo Vueltas repitió la frase para sí. Entretanto, el escritor llevó su torre a la octava casilla y exclamó:

— ¡Mate!

Reinaldo miró el tablero, como restándole importancia.

— Para qué voy a abrir la boca, si no puedo mejorar el silencio — dijo y se levantó de la mesa.

Las cosas iban bien, pero Javier Tejeda no se fiaba de nadie. Quería estar cerca de Reinaldo para corregir algún error, alguna desviación de su plan maestro. Esa idea fija, la de que todo podía fallar, lo tuvo preocupado unos días hasta que decidió cortarse el pelo al cepillo, como lo había usado su amigo. Para verse menos alto se adaptó a caminar encorvado y al sentarse encogía los pies. Eliminó cualquier palabra sofisticada de su vocabulario, se adaptó a hablar en susurros, como correspondía al papel de segunda fila que le tocaba representar. Su dedicación se vio coronada con el éxito. El día que salieron a pasear juntos por primera vez desde que había comenzado el entrenamiento, la gente se preguntaba cuál de los dos era Javier Tejeda. Entonces el escritor, con una simple indicación, corregía el error mientras sonreía por dentro.

Una tarde, mientras se entretenía con el juego de ajedrez, un oscuro presentimiento se coló en su mente, «¿Qué pasará si Reinaldo me abandona?». Javier razonó por un rato hasta que encontró una forma de poner su estrategia a salvo de imprevistos. Le impuso a su amigo un diario, parecido al que él mismo llevaba, donde debía reflejar los sucesos de cada día, sus propias reflexiones, su opinión sobre las decisiones que había tomado el Javier Tejeda original. Tomaron la costumbre de sentarse a escribir un rato antes de dormir, pero como Reinaldo siempre tenía sueño, solía terminar su tarea a los pocos minutos:

— Bueno, hasta mañana — decía.

— ¿Ya terminaste? — preguntaba el escritor — , ¿tan rápido?

— Sí, el día de hoy ha sido poco interesante.

— ¿Cómo vas a decir eso? — el escritor le arrebataba la agenda — . Deja ver.

En un par de minutos leía el texto.

— Esto no sirve — Javier Tejeda arrancaba la hoja.

— Oh, ¿por qué hiciste eso?

— Vuelve a escribirlo de nuevo — el escritor arrugaba el papel en forma de pelotita.

— No lo haré — decía Reinaldo.

— No lo harás — Javier hacía una pausa — , pues recoge tus cosas y vete de esta casa ahora mismo. No quiero traidores bajo mi techo.

El doble tragaba en seco mientras volteaba los ojos a un lado y al otro.

— No te pongas así, amigo — aconsejaba — . Tú mismo me dices: «Si tomas tus decisiones rápidamente, rápidamente tendrás que arrepentirte de ellas».

— Está bien — admitía el escritor — . Siéntate y escribe de nuevo en el diario.

Arrojaba la agenda a los pies de Reinaldo.

— Y esta vez, ponlo todo — decía antes de lanzar la pelotita de papel por la ventana.

Después que ensayó una y mil veces la presentación de su doble, Javier Tejeda hizo el siguiente movimiento de su larga combinación. Se puso en contacto con una estudiante de periodismo y le prometió una entrevista donde haría fascinantes revelaciones de su vida como escritor. A cambio le pidió que enviara las preguntas con unos cuantos días de antelación. En otro tiempo él jamás habría exigido este requisito, en primer lugar, porque le disgustaba pedir favores a los reporteros y en segundo porque consideraba que eso restaría brillantez a sus respuestas. Sin embargo, pronto comprendió que los periodistas aceptan cualquier condición, por onerosa que sea, con tal de obtener información relevante. Por otra parte, era la única manera en que Reinaldo Vueltas podría sostener una conversación equilibrada con un profesional de la palabra. Así que hizo a un lado sus escrúpulos, redactó respuestas más o menos interesantes, e hizo que su amigo las aprendiera de memoria.

El día de la cita, que ocurrió a puertas cerradas, el primer Javier Tejeda se mostró sereno y tan encantador como se esperaba de él. Habló de su afición al ajedrez. Dijo que buscaba sus argumentos en las partidas de los grandes campeones y luego los traducía al lenguaje literario. Explicó que nunca había soñado con escribir historias, que en su niñez solo pensaba en ser maestro de ajedrez, pero que el destino, depravado, lo había destinado al mundo de las inútiles letras. En una serie de atrevidas confesiones dijo que la masturbación le parecía la más placentera de las bellas artes, que los premios eran una ficción del mundo intelectual, que nunca se había acostado con un hombre porque no había encontrado uno lo suficientemente serio como para proponérselo, que su madre era lesbiana y lo había engendrado en coito con otra mujer, que la literatura había muerto y los escritores vivían de repartirse sus despojos, y que el periodismo era su favorito entre los géneros fantásticos. «No aspiro a tener demasiados lectores — concluyó — porque los textos que he preparado tienen como destino la posteridad».

Antes de despedirse, la joven periodista aseguró al primer Javier Tejeda que el trabajo saldría en una de las páginas interiores de la revista de su facultad. Sin embargo, las cosas resultaron mejor de lo que estaba previsto. Otra estudiante universitaria llevó la revista a casa y la leyó a su madre. La señora, escandalizada, recortó cuidadosamente la página y la mostró en su trabajo, una fábrica de cosméticos. Su jefe también la leyó, entonces llamó al diario donde promocionaba sus productos y le dijo al director que si ellos publicaran cosas como esas, el periódico tendría un número mayor de lectores.

Varios medios de prensa trataron de comprar el material para insertarlo en sus páginas. La estudiante, al saberlo, no quiso aceptar cualquier propuesta y vendió sus derechos al diario más importante del país. Finalmente, la entrevista se convirtió en el suceso editorial del día. Fue comentada con pasión, analizada hasta la saciedad, reseñada en los medios internacionales. Los libros de Javier Tejeda se agotaron en las librerías y comenzaron las negociaciones para hacer una nueva edición de Guerra del Agua. Había logrado su propósito: resurgió del fango, como cierto pajarraco indestructible.

— Ya eres Javier Tejeda — dijo a su amigo — , pero no podemos quedarnos en el pueblo.

Reinaldo Vueltas alzó la cabeza del plato.

— Aquí la gente nos conoce demasiado y no faltarán los que hagan preguntas — explicó el escritor — , los que detecten un gesto incongruente hoy, una frase extraña mañana.

«No pasará mucho tiempo antes de que comiencen a atar cabos y a sacar las conclusiones previsibles», leyó Reinaldo lentamente en la libretita que siempre traía el Javier Tejeda original.

— ¿Y qué vamos a hacer? — preguntó.

— Nos vamos a la capital, allá será más fácil pasar inadvertidos — el escritor se dio cuenta del error que había cometido. Tachó la frase «pasar inadvertidos» en la libreta y escribió el más común «no ser vistos».

Javier aprovechó el viaje para contarle a Reinaldo sobre la gente que conoció en la capital, de las mujeres que había tenido, de las fiestas y los pequeños secretos del mundo literario. Le advirtió que no mirara hacia arriba cuando viera los edificios gigantescos y que evitara hacer preguntas. «El plan consiste — explicó — en buscar primero a las personas menos cercanas al centro de la cadena, es decir, las que me conocieron menos. Poco a poco iremos reuniendo información hasta que podamos enfrentarnos a los eslabones centrales».

Así lo hizo, y siguiendo la vieja táctica de ofrecer un cebo a su interlocutor y luego meterle la cucharilla en la boca hasta sacarle todo lo que llevaba dentro, el escritor y su doble pudieron abrirse paso en la jungla capitalina. Los manejos de Javier Tejeda no solo contribuyeron a fundar unos cuantos movimientos literarios, también desataron un escándalo sin precedentes en la historia de la cultura nacional. Por suerte los diarios de esa época aún se conservan y yo podré resumir sus andanzas en las siguientes páginas.


  • Yandrey Lay Fabregat (Esperanza, 1984) es un periodista, escritor y editor villaclareño. Se licenció en Periodismo por la Universidad de La Habana (2008) y egresó del IX Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio Jorge Cardoso. Fue ganador de los premios periodísticos 26 de julio y Primero de mayo. Ha recibido reconocimientos literarios, entre ellos una mención especial en el concurso “De Cervantes a Borges”, auspiciado por la Fundación Borges; y el Premio Guillermo Vidal 2018 por El hombre que se parecía a Julio Cortázar y otros relatos. Publicó, entre otros, los libros Guerra del Agua (Editorial Capiro, 2012) y La vez que Borges conoció a Ilyá Prigogine (Sed de Belleza Ediciones, 2016). Yandrey Lay enseña narrativa en “El club de las letras”, del Proyecto Ateneo (Villa Clara). Textos suyos aparecen en publicaciones de Argentina y Estados Unidos.

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