CINE: SÉ TU PROPIO CRÍTICO

¿Por qué se empeña la crítica en desmontarme este peliculón? ¿Qué hace que una película sea buena o mala? Para poder distinguirlo deberíamos primero definir lo que es arte, pero no lo haremos. Lo que sí haremos desde ECA será proponer una forma de ver cine, una sistemática con la que cada uno valore si una película es buena o mala, bajo su propio criterio y sin caer indefensos en las garras de la pérfida crítica. Se trata de saber distinguir cuándo una película es buena para ti o también para el resto.

1.La primera vibración: Al salir de la sala, si te levantas con la impresión de que otras veces te lo has pasado mejor viendo una peli, o con apuro por haber arrastrado a tu acompañante, es que algo ha fallado. La única ofensa imperdonable que una película puede hacer es aburrirte. Eso no significa que necesariamente tenga que ser rápida o emocionante, ni siquiera divertida. Implica que haya logrado envolverte en su ficción, que te haya trasladado a su mundo. Se trata de estrechar el lazo entre la película y el espectador. Y nada distancia tanto a una historia y su público como el aburrimiento.

2.La factura: Es la segunda sensación. Cuando un creador trabaja bien en cine, se nota. Sea mejor o peor, un trabajo con dedicación y pasión siempre ofrece una cierta imagen de decencia o pasabilidad. La factura, la calidad neta de una película, se compone de muchos aspectos que valorar, como el guión, la interpretación, el montaje, la banda sonora, los efectos especiales, la fotografía o la cámara. La labor del director es coordinar todas estas facetas como un director de orquesta para que suene algo armónico.

3.El guión: que es más que el libro de intervenciones de los protagonistas, incluye todo el desarrollo narrativo, lo que va a pasar, la parte novelesca de la cinta. Escribir el guión es la primera tarea en el rodaje de una película porque funciona como el esqueleto sobre el que se van añadiendo el resto de elementos. Si el guión de la peli falla va a ser muy difícil que se salve, por muy fuertes que sean sus otros aspectos. Dicho esto, los guiones puede ser tronchantes, inquietantes o lacrimógenos, pero ante todo un buen guión hace que las piezas encajen, forma un conjunto convincente e intuitivo, eficaz a la hora de transmitir una impresión o un mensaje con pies y cabeza. Un buen guión va más allá de la simple secuencia de eventos y crea una atmósfera natural que da vida a los personajes, los hace comportarse e interactuar como un sistema real y no como simples maniquíes recitando unas líneas. Un buen guión controla el “human dinamics”. En Annie Hall, Woody Allen maneja con maestría las fortalezas y defectos de la pareja para explorar con crudeza todas las aristas de las relaciones amorosas, Lo que el viento se llevó profundiza en el orgullo y la decadencia en el pulso de egos entre Escarlata O’Hara y Rhett Butler mientras que Algunos hombres buenos habla del choque entre distintos códigos morales y de honor.

Además, el guión debe funcionar como legislador de la historia; define las reglas del mundo imaginario (por disparatadas que sean) tanto externo como interno de los personajes, que deben ser fieles a sí mismos y a los sucesos. Por ejemplo, un protagonista canalla debe comportarse como un canalla, y si en otra secuencia resulta ser un héroe, debe haber una justificación externa (como un suceso trascendental) o interna (una faceta ocultada por el personaje) que explique este cambio en las reglas del juego. En Gilda el señor Farrel hace de sucedáneo de Humphrey Bogart, que lo mismo es un rufíán tramposo y sin escrúpulos o se indigna por los trapicheos del dueño del casino ilegal en el que él mismo trabaja. Por no hablar del giro absolutamente “porque lo digo yo” del villano de Frozen. Un guión tramposo o mentiroso con sus normas es un mal guión de pleno.

4.La interpretación: Es lo más inmediato, lo trending; basta ver la psicosis colectiva con Di Caprio y el Renacido. Evidentemente, la buena interpretación es la que nos creemos. Es un punto delicado de la producción; resulta trágico tirar por la borda semanas de guión y millones en efectos especiales por culpa de un prota ortopédico. Y el primer paso para conseguir una interpretación resultona es comenzar con un buen casting: no se trata de contratar un gran actor, si no más bien de dar con el actor apropiado. Uno de los éxitos de El Señor de los Anillos fue un casting de actores efectivos pero más o menos desconocidos, que ayudó a transportarnos a un mundo también desconocido. Muchos guionistas escriben sus papeles ya planeados para un actor concreto. Esto es así porque, además de una buena dicción o unas maneras creíbles, los buenos actores cuentan con una serie de apriorismos que juegan un papel tanto o más importante; cuando salimos de un peli de Russel Crowe y comentamos “qué presencia, es que llena la pantalla” nos dejamos seducir por la planta de Russel. La condición física cuenta tanto como los gestos a la hora de hacer algo creíble. El cine es un medio visual y la apariencia importa. Sin embargo esta percepción no es puramente material, porque en la planta de Russel veo también reflejada la personalidad de actor que él mismo ha ido labrando con sus papeles anteriores. Cuando miro a Jack “El Afortunado” (Master & Commander) a los ojos, espero algo de Máximo Décimo Meridio. Algo así como la cara positiva del encasillamiento.

Un último apunte sobre interpretación es que posiblemente el éxito de un actor se deba a partes iguales a sus dotes dramáticas por un lado, y a la calidad de su guión por otro. Si alguna vez habéis tenido la ocasión de ver esas telenovelas de sobremesa tipo Amar en tiempos revueltos, habréis notado en el reparto que algo no marcha bien. Si reparamos un poco más en su interpretación vemos un grupito de actores de cierta calidad que intenta sacar algo potable de un guión insípido y plomizo. Su actuación es antinatural porque el guión es artificial, forzado. Podrás dar un poco de vigor a tu personaje, pero no puedes cambiar tus líneas.

5.El montaje: detrás de una o dos horas de película hay decenas de horas de grabación. Una de las labores más complicadas del director es la de incluir unas escenas y excluir otras, y discriminar el orden mas adecuado entre ellas; es el montaje, el elemento distintivo del lenguaje cinematográfico.

Lo que aporta el cine con respecto a otras artes plásticas como la pintura, es la libertad a la hora de mostrar, ocultar y alterar el orden de los factores para cambiar el significado del producto. Es lo que se conoce como “Efecto Kuleshov”: este director observó cómo la yuxtaposición de distintas escenas a la misma imagen neutral modificaba radicalmente su significado (bebé + sonrisa= tierno, fusilamiento+ sonrisa= macabro) y cómo incluso la alteración del orden de las escenas va a reconvertir el mensaje de la secuencia (acción+explosión+terror= cobardía, pero terror+explosión+acción= valentía).

Dominar el arte del montaje exige comprender la esencia del cine y distingue a los grandes directores. Un claro ejemplo de su importancia lo encontramos en El reino de los cielos. Mientras que el corte que impuso su productora, 20th Century FOX, para la versión en cine vomitó al espectador otra película de aventuras más, arrítmica e inverosímil, el montaje original de Ridley Scott era un relato sólido, sentimental y de valor divulgativo. En esta ocasión un montaje despiadado voló por los aires una épica, desorientó al espectador en tiempo y espacio y destruyó la interpretación de Orlando Bloom y otros.

6.Fotografía, efectos especiales y banda sonora. Cada aspecto merece una mención aparte, pero no la haremos. Diremos que en conjunto son los accesorios que apuntalan aquello que la historia nos quiere transmitir. Existen recursos para todos los gustos; planos contrapicados, cenitales, planos secuencia, fijos, leitmotivs musicales, silencios, efectos especiales digitales, analógicos, etc. Lo importante es que todos ellos vengan a reforzar lo que nos cuentan los personajes, que nos enreden aún más en la historia. Si un buen guión te atrapa en su mundo, una gran banda sonora o una buena fotografía te colocan en la piel del protagonista. El leitmotiv de Tiburón, combinado con el uso de la cámara subjetiva y unos extraordinarios efectos analógicos nos ponen sin remedio en el papel de la presa (paradójicamente). No obstante, los efectos deben estar siempre al servicio de la historia y no al contrario. En el caso del director Zach Snyder (300, Sucker Punch) los guiones parecen justificaciones vagas para lucir un desfile de tomas de impacto y bandas sonoras con déficit de atención e hiperactividad. Zach Snyder subroga el guión a lo accesorio y convierte sus películas en videoclips. Atractivo sí, cinematográfico menos.

Estos recursos nunca deben alejar al público de la trama, como puede pasar con unos malos efectos especiales (Van Helsing, o la filmografía de Edd Wood en general), u otros recursos más o menos estridentes como las manchas de sangre en la cámara de Hijos de los hombres, que gusten o no, hacen patente la realidad del rodaje y rasgan la ficción. Esto incluye obviamente a los gazapos; un templario con Rolex puede ser una idea difícil de aceptar.

Para reforzar lo que se quiere expresar, debería haber una cierta correspondencia entre el guión y los efectos. En The Road las largas tomas en silencio, la fotografía gris y contaminada o la sobriedad en secuencias de acción y efectos especiales nos hablan de un mundo postapocalíptico y crepuscular, que se muere de hambre. Por el contrario tenemos La gran belleza, que nos habla de la importancia de lo sencillo, lo cotidiano y lo invisible, pero a la vez está plagada de recursos estéticos innecesarios y algo pomposos que contradicen al mensaje y pueden despistar al público sobre lo que quiere decir. Los efectos deben dar la razón al guión.

7.Originalidad: existen muchas formas de encontrar algo nuevo. Se puede contar una historia con giros nunca vistos, como en El truco final de Christopher Nolan o en Abre los ojos de Amenábar, un personaje sin precedentes como Charlot en Tiempos Modernos, o un nuevo estilo narrativo como la historia contada desde distintas perspectivas en Rashomon de Kurosawa. Se puede deconstruir un género, para destruirlo (Eastwood en Sin Perdón haciendo pedazos al Western) o para reconstruirlo (Shrek dando la vuelta a los tropos tradicionales de las fábulas).

Orson Wells en el rodaje de Ciudadano Kane

Pero no sólo en la historia; también se puede innovar en la técnica, como el famoso contrapicado de Orson Wells en Ciudadano Kane, las películas de Méliès, pionero de los primeros efectos especiales, o el punto de inflexión que supusieron los efectos especiales de Matrix en la era digital.

Pero no es oro todo lo que reluce, y no todas las películas originales son buenas ni todas las películas buenas originales: títulos como Inteligencia artificial o El número 23 cuentan con guiones muy exóticos pero que en definitiva dejan mucho que desear. Por otro lado, cintas como Seven, la clásica caza al asesino, o Gladiator como un nuevo conde de Montecristo versión s.II d.C. son obras excepcionales por muchos motivos, pero no destacan por su originalidad. Esto pone de relieve que la originalidad es una virtud innegable, pero no imprescindible para una buena película. Sin embargo, una cinta original, por mala que sea, siempre será de agradecer porque en su concepto hace progresar al arte, da un punto de apoyo al próximo artista y ofrece al público nuevos resortes para pensar de manera distinta.

8.La dosis emocional. Esto es, ser visceral. Es algo muy positivo; nos hace amar y odiar el cine, los sentimientos que buscamos. Pero a la hora de mantener un debate más o menos sosegado para encontrar un lugar común de opinión sobre una película, es importante identificar y apartar aquellas emociones que son ajenas a las que la película busca generar. Nos referimos a emociones más relacionadas con las circunstancias externas a la película en el momento de verla: que fuese la primera película que fuiste a ver al cine con tu pareja, que llevabas dos días sin dormir o que el de al lado apuraba su pepsi a un volumen alarmante no parecen argumentos aceptables para valorar un película. Que eres muy fan tampoco sirve; el fanatismo tiende a valorar a la alta o a la baja. Otro factor importante son tus expectativas: si la crítica nos vende (y he aquí el interés de este artículo) una obra maestra que al final nos deja fríos, puede que terminemos odiándola. Cuando todo tu entorno te pone un estreno por los suelos y luego no está tan mal, podría parecerte mejor de lo que es. El exagerado éxito en crítica de la última entrega de Star Wars se entiende por una campaña publicitaria de una agresividad sin precedentes y por la enorme energía del “Fenómeno Fan”.

Para terminar, y a pesar de todo, hay que tener presente que el cine es ante todo un arte y un espectáculo, y que lo más importante (más aún incluso que dárnoslas de entendidos) es disfrutar y crecer con lo que nos gusta. Por eso como en el amor, el primer criterio para ir a ver una película es que realmente nos atraiga, sin dar excesiva importancia a las opiniones de la crítica y del entorno. Debemos dar a esa película o a ese pibón la oportunidad de que nos defraude. Si eres fan de Woody Allen, posiblemente esa mezcla de jazz y mala baba te sea suficiente para pasar un buen rato. Y si tienes una inclinación malsana por ver coches transformarse en robots-dinosaurio, pues adelante; “Transformers 16: Ultimate Destruction” es para ti. Recomendamos encarecidamente la lectura de las críticas y opiniones después del visionado, e intentar llegar a la película lo más a ciegas posible para respetar el margen de sorpresa que busca el director. También es recomendable dejar la postura de críticos para un buen rato más tarde, o incluso días después de ver la película, y nunca durante la misma. Una actitud cerebral y gafapasta nos aleja de la historia, por estar más preocupados en diseccionarla que en disfrutarla. No nos despistemos de lo esencial. El cine es la síntesis de todos los espectáculos y lo más importante es disfrutar como enanos.

Artículo de El Circo Ambulante por Gabi Liaño y J. Lluch.