Vestir a los santos

Capítulo 1. Inocencia

La Ino estaba sentada en la mecedora. Tenía las piernas metidas dentro de la mesa camilla de la salita de estar al calor de una mantilla. Fuera, en alguna desvencijada calle del barrio de San Blas, hacía un frío que pelaba.

En su cara se dibujaba una greca por el paso de la luz a través del antiguo visillo que protegía la ventana. Los rayos de sol eran naranjas, algunos, y otros rosas. Tenía el pelo teñido de rojo con mechas color platino y unas gafas adornadas con brillantes que le proporcionaban un aspecto de ave selvática. Le encantaba llevar abalorios de toda clase: todo tipo de anillos con pedruscos de imitación, collares, rosarios y casi siempre una amplia multitud de pulseras de perlas que hacían un incómodo ruido de sonajero a cada ligero movimiento de sus muñecas.

Nacida como Inocencia, su nombre se había convertido ya, como en los antiguos mitos griegos en una sola palabra repetida de corrido: Laíno. Ella estaba bien considera como la bruja del barrio porque entre otras cualidades, poseía la de sanar los juanetes de los pies y alguna otra dolencia relacionada con la podología. La ciencia quedaba al margen de cualquiera de estos aquelarres.

Primero levantó un dedo, luego levantó otro dedo y después se llevó el cigarrillo de la boca. No dejaba de bostezar. Al tiempo, unas lágrimas brotaban vagamente de sus ojos y continuaban la línea que bordeaba su pómulo, luego la comisura de sus labios hasta que se colaban dentro de su boca. Entonces apreciaba el ligero sabor salado del fino fluido que se mezclaba con el humo. Era una de las pocas mujeres del pueblo capaz de librar del mal de ojo a quien así lo dispusiese. Ahora se desgastaba en la extenuante ceremonia del rezo interior de la oración para ayudar a su vecina Sagrario.

Nadie nunca se preguntó por los pulmones del periquito, más grueso de lo que acostumbran estos animales, que apenas destilaba energía entre los barrotes de su jaula. Las fotos de la mili del hijo de Laíno, Joselu, y alguna que otra de su ya fallecido marido de cara gruesa y cabello desaparecido, también son episodios rescatables de aquél cuarto.

El acto exorcístico era tomado muy en serio por buena parte de los vecinos de San Blas, aunque en realidad se tratase de un rito importado de un pueblo manchego localizado en el corazón de la meseta, con lagunas de salitre y flamencos rosas en primavera, de donde la bruja provenía.

Capítulo 2. Chupichupi

Chupichupi era el apodo con el que mejor se conocía a Vital. Se trataba de un tipo enérgico, no había vicio que no frecuentase. Era un tipo redondo, en el sentido literario y en el literal. Un tipo chato, con gafas, calvito, que siempre llevaba su bicicleta a todos lados y su chaleco, como de explorador, repleto de grandes bolsillos. Ahora se encontraba de baja permanente, pero en otro tiempo había sido funcionario ferroviario con lo cual le quedó una pensión más que decente.

En realidad, para Chupichupi el dinero nunca era suficiente. Siempre andaba intentando vender algún tipo de robot doméstico de cocina o una aspiradora de segunda mano o cualquier aparato susceptible de ser colocado.

Vendía sus cosas y lo hacía en el bar de Julio Fuentes, el Bar Fuentes. Allí era dónde acudía a reunirse con el resto de parroquianos desde hacía tres décadas. Allí era dónde se jactaba entre otras cosas, de aquélla vez cuando su empresa le tuvo que indemnizar con treinta mil euros. Aquélla vez, alardeaba, fue la única ocasión en la que había sido capaz gastar cinco millones de pesetas en menos de un mes.

Viajó a Barcelona, lo vieron por los casinos y fornicando todo lo que podía en su puticlub fetiche de japonesas. Después de hacerlo, contaba, se iba a un restaurante cercano a comer gambas a la plancha. Durante aquél tiempo invitó a algunos amigos improvisados a la mejor cocaína de la ciudad.

¡Vamos ahí, Chupichupi! Le jaleaban en el Fuentes sus amiguetes mientras contaba sus proezas en un tono socarrón. En esa coyuntura siempre hacía un gesto característico por el cual recibía su sobrenombre. De un modo frenético movía su nariz respingona y sus orejas de soplillo sometiendo sus gafas a un tembloroso caos. ¡Chupi chupi, chupi chupi! Repetía mientras era vitoreado en aquél patético panorama.

Al dueño del bar, Julio, no le hacía ninguna gracia, entre otras cosas porque todo aquello que había gastado probablemente se lo intentaría dejar a deber durante una buena racha. Además aquél personaje siempre intentaba dejarle en ridículo en cuanto se descuidaba. Durante los partidos del Atleti, cuando más lleno estaba el bar, Chupichupi se aflojaba el cinturón y se ponía cerca de Julio. Cuando había una ocasión de gol o alguna acción polémica empezaba a gritar intensamente: ¡Sinvergüenza, Sinvergüenza!

Al mismo tiempo saltaba provocando que su cinturón cediese y que sus pantalones cayesen al suelo. Entonces la carcajada se generalizaba en el local, agravándose cuando el enfervorecido de los pantalones por los tobillos cogía a Julio por detrás y simulaba la penetración. Julio estaba hasta los cojones. Se secaba el sudor de su cara enrojecida y miraba aquél póster del doblete con Molina, Geli, Santi, Solozábal, Toni, Vizcaíno, Simeone, Pantic, Caminero, Kiko y Penev. Un Oasis para aquéllas tardes.

Capítulo 3. Sagrario

Sagrario era inevitablemente creyente, de igual forma que el resto de sus vecinos. Rondaba los setenta años y, sin que Dios lo pudiese haber impedido, alguien la aojó. Nadie se habría esperado nunca que su hermano mayor Vital, hubiese podido nunca siquiera llegar a pensar en hacer lo que hizo. Nadie nunca supo que le llevó a beberse esa botella de aguarrás en su alcoba. Decidió romper la vieja rutina de coger su bicicleta, pasar por el estanco a por una cajetilla de Ducados, pedirle a Julio una copita de Gordons con cola, y luego otra, mientras echaba la partida vespertina de mus entre chanzas y alborotos con sus amigos de correrías, tal y como sucedía al menos tres veces a la semana durante los últimos treinta años.

Durante la semana en la que Vital anduvo agonizando en el hospital a causa de las graves quemaduras internas que aquel producto corrosivo le había provocado, Dios se empeñó en demostrar que existía y que además era tremendamente cruel.

Meses después del martirio de Vital, su sobrino y su nuera también cayeron en desgracia tras un choque frontal contra un camión de cerdos en la carretera al volver de la feria de Madridejos. Las malas lenguas dicen que su sobrino Pascual había intensificado su apego a la botella tras la muerte de su padre.

En cualquier caso en el barrio pocas veces se había oído hablar de una palabra llamada alcoholismo. Los hombres bebían. Y mucho. Los albañiles bebían, los pintores bebían, los ferreteros bebían, los electricistas bebían. El tendero, el pintor y el del estanco bebían también. Y los chatarreros volvían a beber. El consumo de alcohol, tabaco y de comidas fuertes, como el hijoputa, el cocido con pimentón y guindillas o los callos, era un signo unívoco de virilidad y pertenencia. Porque el hombre del barrio tenía que ser hombre, pero sobre todo tenía que ser del barrio.

La noticia se convirtió en interés general nacional por lo aparatoso del accidente que dejó sobre el asfalto una veintena de cuerpos porcinos desgajados. Aceite, sangre y hierros se conjuraron en un siniestro total que dejó dos fallecidos, veinte cerdos muertos y al conductor del camión, ileso, atendido por los psicólogos. Pronto los programas de sucesos difundieron la noticia hasta el punto de que un reportero posadolescente, aún con signos de pubertad en su rostro, se acercó muy nervioso hasta la casa de Sagrario para socavar algo de información y ampliar en las noticias de las ocho. La pobre anciana se vio obligada a salir a hacer sus obligaciones con una bolsa de plástico en la cabeza durante toda la semana posterior al trágico suceso.

En cualquier caso, las tres muertes en menos de un año hicieron que Dionisio Francisco, Frasquito, quedase ahora bajo su única responsabilidad. Este era el único hijo de su sobrino. Acostumbraba a ser un muchacho alegre e inocente al que le gustaba volver al pueblo e ir al campo durante la vendimia, bañarse en la balsa, hacer sus tareas en el centro de apoyo para los discapacitados y acudir religiosamente al Calderón a ver a su Aleti campeón.

Naturalmente, Frasquito sufrió durante su infancia todo tipo de insultos y abusos por buena parte de los chicos en la escuela. Como el río que se relaja al llegar al delta, la relación entre el chico y el resto de muchachos mejoró con el paso del tiempo hasta llegar a una coexistencia en ocasiones muy tierna que dejaba a tras de sí una ferocidad impía natural, quién sabe por qué, de la más inconsciente infancia.

Todas sus costumbres cambiaron radicalmente cuando ocurrieron aquellos fatídicos episodios. Frasquito se convirtió en un chico triste, nervioso e extremadamente introvertido.

Sagrario se moría de pena al verlo. Ella sufría mucho, pero estaba acostumbrada. Acostumbrada porque nació durante la Guerra Civil y creció en el pueblo donde las calles eran de tierra y los coches estaban tirados por burros. También había visto morir a sus dos hermanos gemelos cuando apenas tenían quince años uno al caer dentro de una tinaja y el otro ahogado por los vapores al tratar de rescatarlo.

Ella nunca se casó. Nunca conoció varón. Era lo que comúnmente se denominaba como quedarse para vestir santos. Sus padres la educaron en la egoísta idea de vivir siempre junto a ellos. Más aún en la vejez cuando no pudiesen valerse por sí mismos. Por lo tanto también padeció sus agonías y muertes. Se quedó sola. Y cuando su hermano enviudó, se fue a vivir junto a él. La vida de Sagrario es un encaje tejido entre el tedio y la tragedia.

Ella, creyente y fervorosa, nunca le había prestado demasiada atención a la santería. Por primera vez en su vida, decidió ir a ver a la bruja para que le rezase la oración.

Capítulo 4. Frasquito

La agresividad de frasquito adquirió las suficientes dimensiones como para que su tía abuela Sagrario decidiese ir a hablar con los responsables del dentro de discapacitados.

“Señora, hace tiempo que ocurrió el accidente. Frasquito lo está encajando poco a poco.” Comentó el psicólogo. Sin embargo, según los especialistas, los problemas del chico eran otros. Era un adolescente con necesidades obvias.

Le comentaban en el centro a la señora Sagrario que en bastantes ocasiones, a los adolescentes con el síndrome con el que había nacido su sobrino había que ayudarles. Con esto se referían naturalmente a que la presión testicular de los chicos en esas edades empezaba a ser fuerte y necesitaban aprender a masturbarse.

Horrorizada, en un extremo de la sala de estar de su casa, Sagrario miraba fijamente a su sobrino nieto. Frasquito estaba embelesado mirando el insufrible magazín de la tarde que su tía abuela había sintonizado. Con un nudo en la garganta, la mujer se acercó al muchacho y este alzó su mirada en un vago parpadeo. Ella se sentó a su lado y le puso la mano en la pantorrilla al chaval. Ninguno de los dos sabía muy bien de qué iba la cosa, pero lo cierto es que bajo el pantalón de Frasquito comenzó a serpentear una figura.

“Mira, Dionisio Francisco.” Dijo Sagrario con voz temblorosa, “te voy a enseñar a desahogarte. Te va a ayudar a sentirte bien y contento, ¿vale? Pero… esto lo tienes que hacer tu solo y solamente en casa… ¿me escuchas?”

No escuchaba. Estaba absorto, palpitante. Sagrario le bajó la bragueta del pantalón y agarró un duro tubo cárnico. Latía. Lo sacó. Era un enorme cirio incandescente, con un olor intenso. Ambos miraban aquél miembro boquiabiertos. Aquél obelisco nunca había emergido de esa manera. Sagrario bajó y subió despacio y firme. Una, dos, tres, cuatro y cinco. El primer chorro de aquel géiser impactó con violencia sobre el pecho de la señora, el segundo trazó una trayectoria recta que le cruzaba desde la frente hasta la punta de la nariz, de la que acabó colgando un hilo espeso. Tan desagradable, tan intenso, tan hermoso. Sagrario se quedó fascinada.

Capítulo 5. Moncloa

Cuando aquéllos estudiantes del piso de Moncloa se encontraron con aquel panorama, los tres gritos se fundieron en uno solo, agudo y ridículo. Acababan de encontrar a la nueva asistenta colgada del ventilador del techo con una soga improvisada. Jamás lo habrían imaginado de aquella señora aparentemente satisfecha y a menudo risueña.

A uno de ellos le había pasado su número otro colega de la universidad. Por lo visto era una mujer que había vuelto a trabajar por la coyuntura económica del país y la suya personal pese a ya estar, con total seguridad, en edad de jubilarse.

Lo que no sabía el juez que levantó el cadáver es que Sagrario había sufrido durante toda su anodina vida, igual que su hermano Vital, Chupichupi para los del barrio. Quizá se tratase de una familia aojada. Nadie lo sabe. Pero según dicen en el barrio de San Blas ella se volvió loca después de la tragedia familiar.

Las vecinas dicen que lo pagó con su pobre sobrino Frasquito, que tenía al muchacho martirizado y que por la ventana veían como lo desnudaba y le hacía cosas feas, hasta que una de ellas se lo dijo a los servicios sociales. Comentaban esto la viejas de San Blas mientras se santiguaban, sin saber que cuando se llevaban a Frasquito en realidad se estaban llevando el último pedazo de este mundo que la había hecho sentir viva.