El Circulo
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Boceto

A veces sucede, es un acontecimiento muy extraño, uno que desafía la incansable marea de eventos que deviene en encuentros inverosímiles, como éste. Pero aquella tarde aconteció. La conjunción de dos mundos cercanamente distantes y solitariamente paralelos de la cual fui testigo.

Con la imagen del campanile dibujada sobre la plaza de San Marcos sirviéndome de modelo atemporal, me descubrí a mi mismo sentado con mi cuadernillo de bocetos. Fue entonces cuando los vi llegar al viejo café. Es raro, cómo aún hoy, no me es posible recordar las vestimentas que llevaban puestas, ni el color de sus cabellos, la silueta de sus sombras sobre las losetas o el perfil discreto de sus rostros. Lo único que sobrevive en mis recuerdos es la forma del andar que tenía ella. Sus pasos eran ligeros, tan ligeros que parecía flotar y eso hacía fácil distinguirla de entre toda aquella muchedumbre de turistas.

La chica llegó primero y tomó su lugar en la mesa de un local al que me encontraba próximo. No era una mujer que sobresaliera por su voluptuosidad, al contrario. Su apariencia física era extrañamente promedio, pero el aura que la rodeaba contaba una historia diferente. Era como si llevara en ella todos los sueños del mundo. Llegó sola. Sí. Nadie más le acompañaba. Algunos minutos después lo vi llegar a él. Antítesis de ella, tenía un modo de andar más terrenal, aunque sus pisadas firmes lo delataban recorriendo caminos que yo no podía ver, en un mundo distinto, tal vez paralelo al nuestro. Él tomó asiento en una mesa cercana a donde se encontraba la muchacha sin proponérselo. Estaba solo también.

Los observé a ambos ordenar el café. Me deleité del paisaje de belleza asintótica que dibujaba la compañía de sus dos soledades. Mientras ella contemplaba las multitudes en la plaza, intuyo adivinando y coleccionando las ilusiones de cada persona que por ahí deambulaba. Él al parecer, no era tan consciente de la gente a su alrededor, tenía la vista puesta en un lugar que no existía. Lugar cuya visión, lo sé ahora, estaba fuera de mi alcance.

Fue un instante en el que ella giró su vista al frente, la causalidad que lo abstrajo a él, por un segundo, del mundo alterno donde se encontraba. Lo juro, ha sido tan un solo momento en el que ambos se sonrieron. Fue el gesto de reconocimiento más breve y sincero que he visto entre dos seres. En la singularidad establecida en el punto intermedio entre sus miradas, se colaron todos sus anhelos y los miedos que poblaban sus ciudades internas. Transitaron polizones también los planes futuros y demás historias no contadas. Cada uno fue embajador en el universo particular del otro, cuya frontera (adivino) rara vez era permitida cruzar a alguien más. Presencié una hermosa conversación ausente de sonidos, en un lenguaje que me era desconocido. Aún hoy, no estoy completamente seguro que ambos hablaran el mismo idioma incluso con las palabras.

Hice un intento de calcular las probabilidades que un par de tipos como ellos tendría de encontrarse frente a frente, ahí, en un lugar tan lleno de personas de todo el mundo. Yo, romántico empedernido de pronto los imaginé juntos en la misma mesa. Él buscando un pretexto para acercarse a hablarle y ofrecerle otro café. Ella, aceptando amablemente el ofrecimiento e invitándole a sentarse, mientras charlaban empleando palabras tangibles que serían el acompañamiento perfecto al canon de sus miradas. Celebrando el acontecimiento de aquel encuentro que rayaba en los límites del cuarto cuadrante…

Pero como lo he dicho antes, el mundo de ellos era diferente al nuestro. Ella terminó de beber lo que había ordenado, se levantó de su asiento y se alejó con los sueños del mundo todavía levitando a su alrededor, caminando hacia la Torre dell’Orologio. Él, regresó a los lejanos territorios de los que había sido extrapolado segundos antes y tras pagar su cuenta, dirigió sus pasos rumbo a Bocca di Piazza. Solo entonces lo supe. En aquella improbable historia, atemporal también, ellos divisaron un final distinto al bosquejo que yo había trazado en mi imaginación. En la misma mirada en la que se habían reconocido, vivieron tan intensamente toda esa vida que yo tan solo pude fantasear superficialmente; que después de eso fueron conscientes de que lo único que les restaba era dejarse ir. Así que partieron cada uno por su lado, con rumbo distinto. Quedando yo. Solo. Rodeado de todo el mundo con mi boceto incompleto.

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Eréndira Corona

Eréndira Corona

Engineer who likes to appreciate reality from its different perspectives like in a kaleidoscope, and has found in poetry and stories the perfect tool to do it.