El Circulo
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El marionetista

¿Es martes o miércoles? Me pregunto al entreabrir los ojos, gracias al diario sortilegio de una nada que me conjura extendiendo sus hilos invisibles para hacerme sentar al borde de la cama. A lo lejos escucho el escándalo del hojalatero que da vuelta en la esquina y antes de que su voz ronca se desvanezca completando la frase, me doy cuenta de que hoy es domingo, el día que acostumbra a recorrer las calles buscando cosas que reparar para poder subsistir.

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Enseguida lo único que alcanzo a escuchar es el ruido de mis tripas protestando. He debido dormir más de la cuenta. Ayer tuve que doblar turno en la fábrica, el lugar donde transcurro la mayor parte del tiempo armando, junto a cientos de compañeros, cubos con piezas metálicas provenientes de otra línea de ensamble que pertenece a la misma empresa donde actualmente laboro, ubicada en una ciudad próxima y de la que no se nos dan noticias.

Alguien toca a la puerta. Trato de espabilarme para salir a ver quién llama.

— ¡Buen día señor!, le traigo el periódico.

— Gracias chico, déjalo ahí — digo señalando un lugar cercano a la puerta, mientras busco unas cuantas monedas para pagar lo de costumbre.

Luego de que el muchacho se marcha, entro a la ducha y tras meditarlo unos minutos bajo el chorro de agua tibia, decido aprovechar el día libre para salir a comer a una cafetería cercana. Sigo el rumbo a pie por las cuadras del suburbio pues mi salario no me permite el lujo de tomar un transporte si la distancia es sensata para caminar; después de todo, es bueno para la salud estirar las piernas de vez en cuando.

Transito las avenidas observando todo sin sorpresa: calles largas sobre las que se extienden viejos edificios y casas. Frente a alguna de ellas veo una señora protagonizando una escena clásica de la dinámica familiar, al regañar a su hijo por no obedecer. Más adelante, una tienda abarrotada con cacharros donde los clientes preguntan con insistencia si eso es lo menos que rebaja a un comerciante que no quiere ceder, inmersos en la gastada rutina de la compraventa.

Sobre las aceras hay gente caminando de prisa, codo a codo, pero sin cruzar las miradas; lucen convencidos de saber a dónde se dirigen. Mientras los veo pasar, alucino la repentina aparición de una ciudad-máquina que nos devora transformándonos en insignificantes piececitas girando por todos lados, cumpliendo una función que desconocemos y a la que nos aferramos ciegamente. Es justo aquí, en medio de la danza de engranajes dentro de mi delirio, donde comprendo que ese propósito que tanto nos seduce, quizás no sea más que la simple máscara de una aversión inconsciente, la muralla que nos resguarda del desolado paisaje de una existencia absurda. Si esas mismas personas que ahora caminan tan de prisa se detuviesen a pensar un instante que, sin importar qué tan rápido o lento sea su paso hacia este o hacia aquel otro lado de la calle, se dirigen al mismo destino inevitable, sentirían que les falta el aire y que por más que avancen en realidad no hay sitio alguno para donde moverse. La revelación llegaría como una punzada gélida vertiendo un vacío extraño en el interior de sus entrañas, una insoportable lucidez que al mismo tiempo acabaría por volver a adormecerles, retornando así al profundo sueño como la pequeña mariposa que yace enclaustrada en su lecho de ámbar para poder seguir soñando que vuela.

Como sea, supongo que todas estas ideas disparatadas no son más que rastros de la influencia que ejerce en mí el hecho de trabajar en una línea de ensamble, donde hasta la mera hora de la comida resulta monótona. Obreros, uno detrás de otro en una fila que asemeja un ciempiés humano esperando su turno para recibir la ración del día al extender su plato. Recuerdo la semana pasada una breve conversación con Chambers «Ración abundante si el cocinero está de buenas o raquítica si no le caes bien», reclamaba él. «¡Pero ¿qué le vamos a hacer?, yo por eso suelo introducir una pequeña ración de alguna fruta para saciarme» — dije tratando de asentir.

Lo que no confesé a Chambers entonces es que, tal como ahora almorzaba en una mesa apartada al fondo de la cafetería, durante esa hora libre y casi durante todo el tiempo mientras parecía estar moviendo mecánicamente mis manos en el puesto de trabajo, mi pensamiento o alguna otra parte de mí, constantemente trataba de fluir hacia otro lado, huyendo así de la desabrida comida y de la realidad que me circundaba. Esto, desde luego, no siempre acababa bien, pues en ocasiones el supervisor de la línea, que vigilaba constantemente desde su oficina en el segundo piso, se tomaba la molestia de bajar las escaleras libreta en mano, ajustándose los pequeños anteojos inconscientemente en un gesto de enfurruñada autoridad, solo para proceder a llamarme la atención por los descuidos que cometía.

Pero hoy es mi día descanso, así que después de almorzar y pagar lo que corresponde, permanecí el resto de la tarde sentado en el parque. Luego emprendí el camino de regreso al viejo vecindario. Al llegar veo a la bella María, la vecina de al lado. Su belleza lánguida contrasta con la escena de los gatos merodeando en la podredumbre del basurero. Ella los espanta para poder depositar las bolsas que el carro recolector se llevará mañana a la hora de siempre. La saludo levantando la mano a la distancia mientras con la otra busco en mi bolsillo la llave para entrar a la habitación.

Me siento algo exhausto por la caminata, tengo que admitir que últimamente mi condición física no es la mejor. Tras dejar los zapatos en la entrada, me acerco a la cama. No soy muy consciente de la hora, solo sé que de repente siento un instante de vértigo y me quedo quieto sentado en la orilla. Mis ojos, algo cansados, hacen un esfuerzo para contemplar las cortinas ajadas, los viejos muebles, las paredes semi vacías vestidas por la débil luz rojiza de un atardecer que se desarma inundándolo todo, el espejo de media luna rota, la puerta… Cojo el frasco de pastillas que tengo sobre el buró y lo muevo de una mano a la otra inconscientemente siguiendo la marcha de un péndulo interno. Entonces el mecanismo falla y el frasco se me cae de las manos. Ni siquiera tengo el control sobre algo tan simple, pienso.

El pequeño recipiente rueda hasta topar con el filo entre el piso y la pared más cercana. Lo persigo en su recorrido y mi vista se acaba fijando en el punto de una esquina solitaria, donde mi mente busca un refugio contemplando la conjunción de los tres ejes y los planos que se extienden entre ellos. Estos rápidamente se encargan de recordarme que estamos en un mundo de tres dimensiones habitado por curiosas criaturas que parecen pensar solo en dos. Presa de estas disquisiciones, involuntariamente confirmo mi hipótesis y divago especulando cómo la disposición de los ángulos entre los bordes, se confabulan para situarnos afuera o adentro, adoptando la función de una especie de última frontera. Así es como llega de modo casi instantáneo, una ocurrencia descabellada que no había tenido a bien cruzar por mi cabeza, ni siquiera, durante mis cavilaciones secretas en el comedor de la fábrica: el presagio de la posible existencia de un espacio desconocido, una arquitectura de ángulos imposibles que harían de esa insulsa esquina un portal hacia algún otro sitio, una ruta de escape improvisada cuya desembocadura estaría en un lugar al que ningún ser humano ha podido ir, un territorio singular de geometrías extrañas.

Sin proponérmelo, el torrente de estas divagaciones acaba por arrojarme en una especie de ensimismamiento, de trance… de enajenación; provocando que progresivamente todo lo que antes vi a mi alrededor, se diluya conmigo en pinceladas tristes, arrastrándolo todo a un solo vórtice, sintiendo como si la hermosa ilusión de aquello que llamamos tiempo de repente se detuviese.

Luego sorpresivamente me despierto. Y lo primero que veo, es una esquina del techo. ¿Qué está sucediendo? Me encuentro postrado en la cama bocaarriba. Trato de moverme y no puedo; mi cuerpo no me obedece, ¡Auxilio! ¡Que alguien me ayude!, exclamo en un grito que nadie parece escuchar. ¿Estoy respirando? ¡No soy capaz de sentir nada, ni siquiera el flujo del aire llenando mis pulmones! Pero sé que de un modo u otro aún me encuentro aquí dentro, totalmente petrificado, inmóvil. Soy presa de una terrible sensación de claustrofobia y el horror de hallarme enterrado vivo en el ataúd hecho de mi propia carne. Entonces, desde un sitio que no puedo precisar como fuera o dentro, comienzo a percibir, quizás fruto de una extraña locura avivada por mi creciente desesperación, algo que imagino o presiento como un ente ominoso de formas inescrutables reptando lentamente mientras se aleja de mí. Al mismo tiempo que creo escuchar un tono espectral, completamente distinto a una voz, pero que aún sin palabras logra darme a entender que este es mi castigo por haber intentado escapar.

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Eréndira Corona

Eréndira Corona

Engineer who likes to appreciate reality from its different perspectives like in a kaleidoscope, and has found in poetry and stories the perfect tool to do it.