José Carlos Mariátegui y la perspectiva de la muerte

Marx y Nietzsche conviven en el anti academicismo del Amauta.

Gabriel Arriarán
May 13 · 7 min read

Antes de comenzar con el desarrollo de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, la más importante obra escrita por el marxismo en América Latina, José Carlos Mariátegui interpela a sus lectores con un párrafo que suena a despedida:

Muchos proyectos de libro visitan mi vigilia; pero sé por anticipado que sólo realizaré los que un imperioso mandato vital me ordene. Mi pensamiento y mi vida constituyen una sola cosa, un único proceso. Y si algún mérito espero y reclamo que me sea reconocido es el de […] meter toda mi sangre en mis ideas.

Mariátegui escribe sus ensayos urgido por el tiempo, afectado por un accidente de juventud que, años más tarde, lo dejaría cojo, y a la postre lo mataría. La enfermedad, la postración, la debilidad impulsaron tardíamente a Mariátegui hacia Nietzsche. La perspectiva de la muerte lo enfocó, y fue a iluminar con su fatal lucidez unos segundos pensamientos sobre el devenir de la revolución en el Perú.

Aunque sin la poderosa capacidad analítica del primero, ni la arrebatadora vocación artística y revolucionaria del segundo, Mariátegui tiene la peculiaridad de haber hecho convivir a Marx y a Nietzsche en un mismo pensamiento. Si esto fue posible fue porque, en el fondo, Marx y Nietzsche comparten una misma actitud anti–metafísica que los condujo, a cada uno con sus propias particularidades, a someter al libre albedrío a los sistemas de dominación política, o a pasiones y apetitos que llevadas hasta el final, nos destruyen como sujetos solipsistas.

Más allá de cualquier ideología, el influjo de la pronta muerte de su autor revela en los Siete ensayos una mirada radicalmente anti — académica:

“[…] Soy autodidacto. Me matriculé una vez en Letras en Lima, pero con el sólo interés de seguir el curso de latín de un agustino erudito. Y en Europa frecuenté algunos cursos libremente, pero sin decidirme nunca a perder mi carácter extra universitario y, tal vez, si hasta anti — universitario”

La tenencia de la tierra concentrada en pocas manos, el 80% de la población excluida del derecho a la ciudadanía, la estructura extravertida con que los imperialismos, primero el británico, luego el norteamericano, ordenaron las economías nacionales; la inoperancia de clases dirigentes para implementar un mínimo de liberalismo, forzaron a Mariátegui a encontrar en Marx una fuente de explicaciones, y una salida a lo que todavía hoy parece una vía muerta.

El orden de los Siete ensayos es claramente marxista. Mariátegui comienza su famoso libro con “Esquema de la evolución económica del Perú”, seguido de los célebres “El problema del indio” y “El problema de la tierra” (que había publicado antes en la revista Mundial). Este orden deja entrever que la comprensión de una sociedad debe comenzar por el análisis cabal de sus relaciones y medios de producción, de sus modos de producción. Con esos ensayos iniciales Mariátegui describe la “infraestructura” de la organización económica peruana. Sobre ellos hace descansar los siguientes: “El proceso de la instrucción pública”, “El factor religioso”, “Regionalismo y centralismo” y “El proceso de la literatura”, como si la educación, la religión o la literatura formaran axiomáticamente la “superestructura”, la ideología, de la sociedad peruana.

Pero no es sólo que la segunda descanse sobre la primera, como una piedra reposa sobre otra, más bien pareciera que de esa primera piedra naciera la segunda. La interpretación materialista y la adaptación del esquema evolutivo esclavismo — feudalismo — capitalismo — comunismo a la historia peruana inundarán las apreciaciones del Amauta sobre la educación, la religión y la creación literaria. Más allá de la orientación marxista de los Siete ensayos, sobre la que poco o nada queda por decir, hay una pregunta fundamental que la mayor parte de los críticos nunca hizo: ¿por qué un hombre que va a morir dedicaría sus últimos años, sus últimas fuerzas, a publicar un libro sobre los problemas del Perú?

¿Altruismo, conciencia, compromiso social? Nada de eso. No hay hombre más centrado en sí mismo que aquel que se sabe acechado por la muerte. Y más que a un mártir marxista dispuesto a inmolarse por la revolución, encuentro a un hombre que busca saldar viejas deudas y dejar algunas cosas resueltas antes de partir.

A pesar del marxismo convicto y confeso de Mariátegui, hay una identificación entre la política (los problemas históricos del Perú) y sus problemas personales: “la política en mi es filosofía y religión”. La frase lo acerca a Nietzsche, y a la idea de tratar a la filosofía como una actividad terapéutica. Implícito, tras esta identificación entre su conciencia y la identidad peruana, hay un problema vital, acaso más hondo, cuya salida pasó por tentar una reconstrucción, o mejor, un juicio (recordemos que Mariátegui afirma en “El proceso de la literatura” que la palabra proceso tiene una “acepción judicial”) de la historia económica, religiosa, pedagógica y literaria del Perú; y por intentar descubrir en ella un lugar que le fuera propio.

En este sentido, aunque de forma imperfecta, los Siete ensayos quedan convertidos no sólo en el análisis marxista de la sociedad peruana, si no también en la fracasada empresa de hacerse cargo, vía la lucha de clases, de la imposible convivencia entre indios y criollos hispanizantes, y la redención, por la revolución, de la profunda vergüenza del mestizo que reconoce ser el hijo natural de una violación.

Los Siete ensayos terminan por conformar un intento de libro terapéutico cuyas condiciones de fracaso se encuentran en una propia concepción del espíritu que llevada a la práctica, no dejó espacio suficiente para los efectos sanadores del pensamiento:

el espíritu humano es indivisible; y yo no me duelo de esta fatalidad, si no, por el contrario, la reconozco como una necesidad de plenitud y coherencia. Declaro, sin escrúpulo, que traigo a la exégesis literaria todas mis pasiones e ideas políticas, aunque dado el descrédito de este vocablo en el lenguaje corriente, debo agregar que la política en mi es filosofía y religión. Pero esto no quiere decir que considere el fenómeno literario o artístico desde puntos de vista extraestéticos (lo cual hace de Mariátegui un marxista inteligente), sino que mi concepción estética se unimisma, en la intimidad de mi conciencia, con mis concepciones morales, políticas y religiosas, y que, sin dejar de ser concepción estrictamente estética, no puede operar independiente o diversamente

En este fragmento hay un alegato implícito contra la objetividad científica del marxismo, un reconocimiento de las pasiones como parte del “espíritu humano”. Pero luego Mariátegui no concede a las pasiones –y por eso, los Siete ensayos fracasan como tentativa terapéutica– la posibilidad de ser contradictorias ni de operar independientemente de la razón (en este caso representada por el marxismo). Su concepción del espíritu se filtra a su interpretación del Perú como colectivo histórico, y allí la univocidad del marxismo no dará lugar a otra cosa que no sea la lucha clases, sin reconocer ni afirmar a la diversidad, a todas las sangres, como la característica utópica de nuestra nacionalidad. Es decir, a la tarea que después efectuaría José María Arguedas.

Mariátegui se acerca a Nietzsche a través de la muerte, pero el fundamentalismo marxista no permite que Marx y Nietzsche se integren (¿será eso posible?) y tengan que convivir como dos extraños en una misma casa, o peor aun, que Marx acabe por ser el señor de la casa y Nietzsche la sirvienta. Pero, si falla este primer intento de Mariátegui para acercarse a Nietzsche (tal vez le faltaron unos años más de vida), el segundo logrará encontrar en el pragmatismo un terreno común donde la lucha no será necesaria. Ese terreno no sería posible sin rechazo radical a la universidad. Hay una cita del Caminante y su sombra que Mariátegui coloca al principio de los Siete ensayos:

Ich will keinen Autor mehr lessen, dem man anmerkt, er wollte ein Buch machen; sondern nur jene, deren Gedanken unversehens ein Buch wurden (No quiero leer a ningún autor al cual se le note quequería escribir un libro, si no sólo a aquellos cuyos pensamientos, sin que se vea, llegaron a ser un libro)

Nuevamente la perspectiva de la muerte acerca a Mariátegui hacia Nietzsche, y pareciera como si esta cita le ayudara a descartar “todos los proyectos de libro que visitan mi vigilia” y a concentrar sus esfuerzos en una obra que la historia juzgó como una de las fundaciones del Perú como nación. La más importante del marxismo en América Latina.

En esta economía anti — metafísica de fuerzas resuenan el materialismo marxista y, aun con más eco, el “fatalismo ruso” al que Nietzsche se refiere en Ecce Homo: el soldado eslavo que, exhausto, herido, enfermo por la dura campaña, se tumba sobre la nieve, se repliega sobre sí mismo para conservar energías y, ya sin fuerzas para reaccionar ni aparentar nada, abraza su destino.

Mariátegui sabe que para realizar su obra no puede perder el tiempo con academicismos, formalidades diplomáticas ni discusiones bizantinas propias de una universidad que, como ahora, no cumplía la función progresista y creadora de la vida peruana y a cuyas corrientes vitales resultaba no sólo extraña sino contraria.

La actitud extra o anti — académica, que llevaría a Mariátegui a mirar con benevolencia las protestas estudiantiles de principios de los 20 y que devinieron en la vacancia de varios profesores por anacronismo, o supina incapacidad, labra el terreno neutral en que Marx, y mas aun, Nietzsche, se encuentren en paz o a lo mejor, empaten.


Lima, agosto de 2006.

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