Ansel Allen
Jun 17 · 5 min read
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Me mudé a una ciudad que no duerme,
que toca mi puerta todas las noches y se queda esperando en el frío
porque yo nunca abro la puerta después de las diez de la noche,
pero la ciudad es terca, toca y toca porque tiene hambre
y me quiere comer como ha hecho con muchos otros.

Llegué una mañana cargando una maleta tan grande
como el sueño que me hizo venir,
sin nadie que me ayudara a cargarla porque llegué solo.
Mi familia se ha quedado allá en el pueblo.
Mis amigos persiguieron otros sueños.

La puerta de mi nueva casa tiene un letrero que dice “bienvenidos”
y esa es la mentira más grande que he dicho en mi vida
porque vivo en una jaula impenetrable y no quiero que nadie entre.
Me encierro para no poder fugarme porque si salgo
voy a terminar vagando por las calles y acabaré perdido
en una de las arterias de esta pieza gigante de cemento.
No quiero que me trague y me convierta en una línea de algún paso de cebra
o que se coma mi esperanza de un solo bocado y la eructe en forma
de dióxido de carbono que contamina el planeta.

No quiero que me haga sentir que mi esperanza es una rata huesuda
que vive comiendo las sobras de una familia rica
y que piensa que se revuelve en abundancia porque nunca
ha probado lo que es estar verdaderamente satisfecho,
y que mi sitio está en otra parte porque aquí no hay lugar
para alguien que aún piensa que la vida existe.

Todas las noches escucho un sonido hueco,
y eso solo significa que quien toca no tiene nada por dentro
y eso solo significa que le tengo mucho miedo
a alguien que no tiene nada por dentro.

El toc toc de la ciudad me hace pasar la noche callado
con los ojos muy abiertos para no perderme de nada.
Me pongo a pensar con mis codos y con mis piernas
porque pensar con la mente es muy agotador
y ya lo estuve haciendo todo el día,
pero no quiero dejar de pensar y eso hace que me canse
de todas las partes de mi cuerpo.

El cansancio me hace entrar en pánico con ideas absurdas.

Pienso, por ejemplo,
que al día siguiente saldré a la calle vestido de payaso,
o con la pijama de hace tres días, y no haré el ridículo.
No se puede hacer el ridículo si nadie te conoce.

Pienso, por ejemplo,
que caminaré cuadras enteras sin que nadie me salude
aunque sea con un gesto de los ojos, y es triste saber
que la soledad se nota también en la mirada
de las personas que no contestan un saludo;
aquí no dan los buenos días porque nadie los tiene.

Pienso, por ejemplo,
que iré al supermercado y que no habrá nadie con quien pueda toparme,
saludarlo, recordar viejos tiempos en la escuela,
comentarle que no sé si escoger pan o tortillas,
que pagaré con un billete grande y me darán el vuelto en monedas,
pero no estará la mano pequeña de mi sobrina
pidiendo alguna para la máquina de los dulces.
¿Para qué sirven las monedas, entonces?

El toc toc me acostumbró a tener la catástrofe como almohada
para no asombrarme cuando ocurran las desgracias,
a sentirme un poco solo,
bueno, mucho, mejor dicho;
a tener miedo de no despertar y que mi cuerpo se pudra
porque nadie se dio cuenta de que las moscas empezaron a hacerme su casa.

Son muchos mis pensamientos y tan poca la compañía.
Es mucho el toc toc y tan poco el resto.
Me preocupa hacer mil cosas y aun así estar distraído.
Me destroza no hacer nada y aun así estar cansado.

Qué fácil me resulta pensar en volver.
Llegar a casa, a mi verdadera casa, donde no hay nadie molestando
con su toc toc infernal haciendo que me sangren los cabellos,
donde puedo dormir porque no hay nada en qué pensar
y salir a caminar sin miedo a que mi casa se encienda
en un montón de llamas que luego tendré que apagar
para poder salvar los libros que aún no leo
porque siempre estoy pensando en que el toc toc
no me deja dormir.

Es sencillo ser la víctima, darle la razón a la ciudad,
decirle que mi esperanza no es un rata huesuda,
que la rata soy yo, y tengo miedo porque una vez
quisieron aplastarme con una escoba, y me metí a la pared
por un agujero pequeño que convertí en mi casa, y no he salido,
que desde entonces le tengo pánico al palo de la escoba
con el que cada noche toca mi puerta,
que me da miedo abrir porque cada vez que dejo que alguien entre,
se sale solo y no regresa.

Me pregunto cuántos más están callados en sus cuartos
pensando que son los únicos a los que se les cae el mundo
y no tienen con quién sostenerlo, que se ponen a ver viejas fotos
creyendo que la vida está en el pasado, o en un sitio lejos de aquí.

Un día voy a salir corriendo y los voy a buscar a todos ellos
y disfrutaré mientras corro porque ya no estaré escuchando mi puerta.
Correré demasiado porque tengo la condición de muchas noches
de hacerme fuerte con lo mucho que pesa el toc toc de la ansiedad.

Dejaré que los viejos griten que me detenga,
que el señor de las campanas haga estruendo para espantarme.
Dejaré que mi oído se acostumbre al ruido blanco,
y no voy a empaparme de la miseria
con la que la ciudad tratará de conquistarme,
ni me detendré a ver el espectáculo de las personas
que andan ahí afuera tratando de comerse los unos a los otros.

La ciudad tiene mucha ventaja porque le ayudamos a que nos coma.
Lo mejor es que nosotros nos la cenemos a ella
y vomitemos metas alcanzadas en todas sus esquinas;
la ciudad quiere comernos pero nosotros tenemos más hambre.

Voy a correr hasta llegar a donde viven los que están solos como yo
y les diré “foráneos, vengan conmigo, vamos a querernos”,
y podré usar el letrero de “bienvenidos” de mi puerta
para lo que verdaderamente sirve;
les pediré que dejemos que los sueños que nos tienen alejados de casa
nos mantengan vivos, que nos hagan salir de nuestra jaula
y que volemos como rata huesuda que descubre que tiene alas
y que en realidad es un ave.

Tocaré sus puertas hasta que me abran,
y si no abren, esperaré toda la noche,
todas las noches, tocando hasta desesperarlos
y que se animen a salir corriendo,
hasta darme cuenta de que tal vez
quien toca mi puerta soy yo mismo,
tratando de salvarme.

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Ansel Allen

Written by

Mexican-American lawyer, researcher, and writer of poetry and short stories.

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