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Mujer | Mamá

Cuando me quedé embarazada había algo que me preocupaba mucho. Muchísimo.

Me daba miedo perder mi identidad. Veía a muchas mujeres que, al hacerse mamás, dejaban de ser como eran antes.

Yo, antes de ser mamá era una mujer tímida pero orgullosa. Me importaban las luchas sociales, los problemas de los demás. Me preocupaba por mi carrera profesional, que había construido con mucho esfuerzo.

Me preocupaba por ser una buena amiga. Por no descuidar a mi familia. Me gustaba bailar, me gustaba tomar Malibú con piña cuando salía por ahí los sábados. Me gustaba salir por ahí los sábados.

Me encantaba ir a conciertos de jazz o rap a las tantas de la madrugada. Porque todos los buenos conciertos son a las tantas de la madrugada. Me gustaba ir a clases de saxofón.

Y una de las cosas que más me gustaba era poder estar en silencio cuando lo necesitaba.

Y cuando me hice mamá pensé que iba a perder todo eso.

Woman on foreground looking at Grand Central Station’s main foyer in background. Black and white.
Mujer. De aventuras en Grand Central Station.

Pero no lo perdí. Seguí siendo la mujer que era, pero con un punto más de responsabilidad y muchos puntos más de felicidad.

Seguí siendo una mujer tímida, aunque cuando voy con mi hija a cualquier sitio me siento menos tímida. Antes me sentía orgullosa de mi trabajo y mis sueños cumplidos. Después me sentía orgullosa de todo eso y, además, de ella. De su inteligencia, su ingenio, su pelo rizado y sus ojos color chocolate.

Las luchas sociales y los problemas de los demás me siguieron importando, y a ellos añadí los problemas de las mujeres. Por ella, porque las cosas que antes quizás no me parecieron para tanto, me lo empezaron a parecer cuando empecé a pensar en su futuro. Profesionalmente, mi cuerpo y mi mente me hicieron parar unos meses, pero volví a mi trabajo con más motivación que nunca, con más ganas de hacer cosas que contarle y que le puedan servir de inspiración cuando sea mayor.

Continué siendo una buena amiga, sólo que no siempre estaba disponible. En vez de ser yo la que iba a sitios, eran los demás los que tenían que venir mientras ella era pequeña. Y no pasó nada. Estreché muchos lazos que ahora son irrompibles. Creé lazos nuevos a través de la maternidad. Deshice del todo algunos lazos que ya antes estaban casi sueltos. Mis amistades son más y mejores.

En cuanto a mi familia… El respeto y la admiración por todas las mujeres de mi familia después de la experiencia del parto creció hasta el infinito. Y el regalo de una nieta, una bisnieta, una sobrina, una prima fue el mejor que nunca les pude dar.

Continué bailando, pero abrazada a ella en una mochila portabebés. Y bailamos en grandes eventos. Bailar nunca fue tan bonito. Y el Malibú con piña siguió existiendo en mi vida. ¿Por qué pensé que nunca podría tomar algo al ser mamá?

Continué saliendo los sábados y yendo a conciertos. En vez de conciertos de jazz o rap a las tantas de la madrugada, eran conciertos de rockabilly para niños a las 4 de la tarde… Y, de vez en cuando, conciertos de jazz o rap a las tantas de la madrugada. Ahí están esas grandes amistades y esa familia feliz de pasar tiempo con mi hija.

Las clases de saxofón pasaron a mejor vida, igual que muchos otros hobbies. A veces echo de menos saber tocar, pero me gustan los recuerdos de las clases y conservo el sueño de retomarlo algún día. Es importante tener sueños por cumplir, ¿no?

Antes me gustaba poder estar en silencio cuando me hacía falta. Y es cierto que esto no lo puedo seguir haciendo. Sólo puedo estar en silencio si no estoy en casa o si ella duerme. El resto del tiempo está inundado por risas contagiosas de esas que no se fingen, por canciones balbuceadas, por palabras mal pronunciadas que suenan mejor que cuando se pronuncian bien, por cuentos e historias que me invento para mantener entretenida y alimentada una mente imparable.

Ahora ya no sé de qué tenía miedo.

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Katerine Santo

Katerine Santo

Linguist, tech nerd, hiker, swimmer, mum