Sobre la desesperanza y el pesimismo

Si reflexionamos sobre la condición humana en general, y damos un repaso rápido a la vida y milagros de los grandes pensadores, llegamos a la conclusión de que todos ellos, grosso modo, eran grandes pesimistas. Y es que, quien ahonde en la vida, se pregunte sin tapujos, observe al hombre y su circunstancia con serenidad y realismo, contemple la marcha de los acontecimientos y tenga la suficiente valentía como para intentar llamar a las cosas por su nombre, difícilmente puede adoptar otra actitud que no sea la de la desesperanza y el lamento. Como diría Horkheimer: La verdadera filosofía es crítica y pesimista.
¿Por qué motivo todos los hombres que han realizado algo sobresaliente, sea del orden que sea, son palmariamente melancólicos y pesimistas?
Yo creo que, de ordinario, el pesimismo no es fruto de la ignorancia sino del saber; no es consecuencia de la barbarie y la brutalidad sino de la civilización y la exquisitez, y no se corresponde con estados de agotamiento y abandono sino que se engarza con situaciones de creatividad, agudeza mental y fuerza espiritual.
Quien quiera ver en el pesimista un hombre acabado que reniega de los frutos más delicados de la vida y da un paso atrás ante los desafíos de la existencia, se equivoca de manera profunda, no conoce los entresijos de su alma y carece, quizá, de la sensibilidad para orientarse en esa atormentada y rica personalidad.
El pesimista no está enfermo, pero es un ser sufriente. No lo pasa, precisamente, bien, mas, casi con seguridad, no deseará salir de su estado ni hacer esfuerzo alguno para cambiarlo.
Una persona pesimista es culta, sensible, tolerante, respetuosa, solidaria…, no es un producto humano degradado o nocivo, sino, quizá, uno de esos hitos en el desenvolvimiento humano que sólo los seres más inteligentes alcanzan. ¿Habrá que ayudarle? Ni hablar. Seguramente será él el que esté en condiciones de ayudar a los otros, a aquellos que discurren por la vida humana sin reparar en nada y sin darse cuenta de los profundos meandros que el existir del hombre nos depara. Intentar “ayudar” a un pesimista, posiblemente sea una de las actitudes más extravagantes que quepa imaginar, porque ellos, los pesimistas, no sólo saben que son pesimistas, sino que también saben por qué lo son.

