Un día en la vida de un meñique

El hombre estaba recostado sobre su cama, apuntando con los pies hacia el techo, su cielo.

No hay luz en la madrugada, nunca hay. Se va a las 8, no el hombre, la luz.

El insomnio lo hace parpadear más de lo normal, los pies siguen ahí, uno encima del otro mirando hacia el techo, su cielo.

Levanta la mano izquierda, las dos al tiempo, movimiento recto hacia arriba, después las lleva hacia atrás, al tiempo. Las cruza tras el cuello e improvisa una almohada que no durará mucho.

Los parpadeos se unen al minutero, los pies al segundero, se mueven a la par. No hay noche que no quepa en la lista de insomnios, una más, qué mas da.

Comienza el viento que anuncia el vendaval, con el ruido de las cosas, todas las cosas, cualquier cosa. No hay luz, recuerden.

Los ojos siguen abiertos como si el techo a oscuras estuviera por presentar un acto digno de aplausos. Los pies, volvamos a los pies, reposan con sus cinco apéndices mirando hacia arriba, despiertos.

De pronto suena algo, el viento recuerden. El vendaval tumba el sueño y las escobas. Así que el hombre que está en la cama con los pies cruzados mirando hacia el techo, con las manos cruzadas hacia atrás debajo del cuello simulando una almohada, con insomnio, sin parpadeos constantes y sin luz, le da en su mente una orden a los pies para que se separen, a las manos para que dejen de actuar como almohada y a las piernas para que lo ayuden a dejar la cama.

Pero los pies, volvamos a los pies y sus cinco apéndices, ellos llevan el timón. No hay luz, recuerden. Hay una corta distancia entre la cama y la puerta -que está abierta porque el viento la movió pero que no se ve porque no hay luz- solo dos pasos hay que dar para salir pero los pies no tienen ojos y los únicos ojos que hay no tienen luz, se fue a las 8 recuerden.

Suena otro ruido, un golpe, duro. El hombre retrocede, se tira a la cama, recoge un pie, el derecho, ahora sí cierra los ojos, los aprieta. Los labios se los muerde, respira lento, no se va a morir, pero casi. El insomnio no mata porque no duele. Pero el dolor no deja dormir.

Pero los pies, volvamos a los pies, el pie, el derecho, el dedo, el chiquito. No es culpa del pie, pero sí del hombre o de la luz que no había o del vendaval que todo caía o del insomnio o de la escoba o del ruido.

El dedo chiquito y la puerta abierta, podríamos escribir un poema sobre el odio entre ellos dos. Que lo diga el hombre que fue testigo de su encuentro. El dedo chiquito que se dirigía hacia la escoba que tumbó el viento a la madrugada en medio de la oscuridad, se encontró con la puerta, se estrelló con la puerta, le pegó a la puerta.

Si el insomnio es mental el dolor es real, si el viento no tumbó la escoba quién hizo el ruido y si el dedo chiquito le pegó a la puerta ahora quién duerme.


Escrito por Cristina Gómez