
Le presté unas nubes al atardecer

Las usaba de almohada. Fue con una promesa, yo se las entregaba blancas y él me las devolvía rosadas.
Los días despejados no son fáciles para el sol, cuando no hay nubes no tiene qué ponerse de pijama. Han pasado varios días y sigo esperando que este trueque sea justo. Nada de nubes y mucho menos rosadas.
Le presté unas nubes al atardecer. Y no pusimos un punto de reencuentro, parece que no es el mismo lugar del acuerdo.


Quizás fue una promesa mal negociada.
Quizás necesite un mar para agarrarlas en el reflejo.

Quizás la noche tiene que ver en esto.
