Todos somos un mapa

Lidiar con lo que uno espera y no sucede y con lo que sucede y uno no espera. He allí una de las grandes cuestiones de la vida. También lidiar con viajar en medios de transporte públicos en hora pico.
Son las 8:50 am y estoy en el subte rumbo al centro para hacer un trámite. Todos los que estamos en este vagón estamos tan pegados que estoy segura que ya compartimos el ADN. En situaciones así, cuando no queda opción más que mirar lo que me rodea por vaaarios kilómetros, tiendo a abstraerme y ver la escena como un mapa creado por distintos criterios: mapa de colores, mapa de formas, mapa de estilos…
Mientras hago ese ejercicio mental, casi a modo de placebo entre transpiraciones y perfumes varios, pienso si cada uno de nosotros somos pequeñas islas o en realidad somos mapas. Pasamos la estación Bulnes y me distraigo con una señora que reclama a los gritos que le den el asiento.
Si, nos observo y lo confirmo: somos mapas. Con valles y picos, con terrenos más fértiles para algunas cosas, zonas con tendencia a la inundación, con volcanes de erupción latente y carreteras con el asfalto gastado de tanto tránsito. También con colinas llenas de flores y árboles que dan frutos dulces.
Por eso somos indecifrables y a veces ni nos entendemos nosotros mismos, porque hay zonas que aún no exploramos o calles que cambian de dirección y ahí estamos, tratando de comprendernos cada día un poco más.
En eso estoy, bajando en estación Catedral y tratando de conocerme y entenderme, en este momento un poco más transpirada que de costumbre.
Ayer me escribió Santiago, muy entusiasmado reconfirmando nuestra salida de hoy. La verdad es que después del chat del otro día no pensé que íbamos a volver a hablar. Al menos yo no iba a escribirle porque por más que tengo lindos recuerdos del tiempo que compartimos, su actitud de ahora me huele rara. Pero cuando me habló ayer no lo pensé demasiado y reconfirmé yo también. Me pasa a buscar hoy a las 10 pm y “vemos que hacemos”.
A veces lo único que quiero es pasar un rato lindo de charla, rica comida y quizás algunos besos con alguien que me caiga bien aunque no sea el hombre de mi vida / lo mejor que me pasó / todo lo que está bien. Y si es con alguien que ya conozco, mucho mejor.
Me genera ansiedad esta cita?
NO
Intriga?
SI
Entusiasmo?
PONELE
Debería no salir con nadie hasta que aparezca ese flechazo digno de Cupido que me traviese el cuerpo, corazón y alma? Existe eso o es solo un invento de las películas de Meg Ryan y Tom Hanks? Debería insistir con Happn o salir de ahí y cruzar los dedos para encontrar el amor en un subte en hora pico?
La señora que está delante de mí en la cola se da vuelta y me hace un gesto como que tengo algo en la frente. Me toco rápido como espantando una mosca pero no siento nada. La miro en silencio, preguntando con la mirada qué tengo.
— Tenés el ceño fruncido, muy fruncido, estás bien?
— Yo? En serio? Si…solamente estaba pensando.
— Nos queda como media hora de cola todavía, o pensá en algo más lindo o resolvamos eso que te preocupa porque sino cuando te toque el turno vas a tener como cinco arrugas más.
— No creo que lo podamos resolver en media hora.
— Salud, dinero o amor?
No suelo abrirme demasiado con desconocidos circunstanciales pero me entretiene la charla espontánea que plantea mi anónima compañera de espera.
— Amor, o la falta de.
— Te amás?
— Ja! Si, pero no hablo de ese amor.
— Es el único amor por el que tenés que preocuparte. Y ocuparte.
Me quedo mirándola, empiezo a fruncir el ceño de nuevo y me toco con el dedo para relajar el músculo.
— Me refiero a que hagas todos los días cosas para nutrir tu felicidad. Se que decir esto en la cola eterna de reclamo del servicio eléctrico parece irónico pero…
Me hace reír mi nueva gurú sentimental y profundizo en nuestro debate:
— Pero yo soy feliz, me gusta mi vida, pero más me gustaría compartirla con un hombre.
— Y cuando salís con uno pensás mucho en ese deseo?
— Y… pienso mucho en todo.
Ahora nos reímos juntas, mientras avanzamos a paso de hormiga hacia los dos escritorios que hay para atender a más de trescientas personas.
— Vos escuchame a mí que podría ser tu abuela: pensá en vos, concentrate en tu felicidad que lo demás viene solo. Y si ya lo hacés, entonces disfrutalo y dejá de pensar en lo que falta.
Termina de decirlo y se da vuelta, como si hubiera cumplido su misión. Yo me quedo mirando su nuca y diciendo sí con la cabeza, como si hubiera aprendido la lección.
Llega mi turno para el reclamo y todo se vuelve fotocopias, facturas, números de legajo, constancias, sellos y más términos que compiten por ser los más aburridos del planeta.
Después de valiosisimos cuarenta y cinco minutos finalizo triunfal las gestiones pertinentes y me retiro del lugar.
Otra vez tengo que encarar el mundo subterráneo para trasladarme hacia la oficina. Esta vez me toca sentarme y al vaivén del subte me hace quedar dormida. Mientras pasamos la estación Pueyrredón, vibra mi teléfono y el que me escribe es Santiago:

“Crónica de una muerte anunciada” me dijo Elo, y tenía razón. Levanto la vista y mi amiga de la fila del reclamo está sentada a algunos metros en el mismo vagón. Está leyedo un libro. Levanta la vista, me mira, me hace el gesto sobre el ceño, se ríe y vuelve a bajar la mirada.
Yo miro hacia adelante y veo mi propio reflejo en la ventana. La pantalla del celular sigue mostrando el chat con Santiago. Vuelvo a mirarme a los ojos como preguntándome “Y? Qué pensás hacer con este salame?”.
Lo más parecido a la dignidad se denomina B L O Q U E A R y eso es lo que hago con Santiago en todos los medios por los que estamos conectados.
Otra vez me miro en el reflejo y ya no tengo el ceño fruncido.
¿Querés saber quién soy y por qué escribo? Leé Yo soy Vera

