El dogma legal

Quienes hoy dictan la ley actúan a partir de un complejo de superhéroe…

Es interesante ver los noticieros, leer el diario o incluso participar de conversaciones en las que se habla de la libertad como si ésta fuese otorgada. Usualmente se cree que es necesaria la creación de una ley para poder reconocerla o más bien para permitir un actuar. Según esta visión, si no existiese dicha norma, no se podría ni siquiera pensar en un acto no contemplado por la ley.

Si el mundo actual necesita mayor libertad ¿Son los legisladores los llamados a otorgarla? Como señalaba Bruno Leoni en su libro La libertad y la ley «El mismo Maquiavelo habría sido incapaz de idear un artificio más ingenioso para dignificar la voluntad de un tirano que pretende ser un simple funcionario que actúa dentro de la estructura de un sistema perfectamente legal». La creencia de que los sistemas determinan al hombre no es nada más que eso, una creencia. Que el individuo efectivamente se desarrolle dentro de márgenes de conductas es una cosa y otra muy distinta es que esta última sea quien le dé atribuciones a la persona. Si fuese así, el lector no podría seguir leyendo esta brevísima reflexión de ser contraria a las ideas del gobierno o no podría ni siquiera haber accedido a ella si el gobierno no lo hubiese establecido. Incluso yo no podría haber escrito lo que están leyendo en este instante. A pesar de todo, han podido leer y yo escribir.

Con lo anterior solo pretendo hacer manifiesto que, al pertenecer a la categoría de seres racionales, se nos hace impensable un estado puro que no sea el de libertad. La capacidad de escoger es propia de cada persona y aun estando influenciada por factores externos, estos no serán quienes dicten la última palabra, sino que será el individuo en base a lo que él –subjetivamente– establezca como necesidad. Si no fuera así, todo ciudadano actuaría igual que su vecino, igual como actúa el de su clase, igual a todo el mundo. Ahora bien, no puedo dejar de lado lo más interesante. Quienes hoy dictan la ley actúan a partir de un complejo de superhéroe, intentando intervenir no solo en la vida pública de las personas, sino también en su ámbito privado. Lo peor es que para el ciudadano promedio esto parece ser normal. Sobre todo si hay un papel común y corriente –que podría ser una servilleta– que contenga tales aires de grandeza. En estos días solo puedo declararme como un blasfemo del dogma legalista.

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