«Por fin es viernes», el grito desesperado de un espíritu atrapado en la rutina

Se consumía su vida. Esperando un fin de semana tras otro, Carlos se arrastraba por la vida como un ancla sumergida en un mar de apatía y desdicha, parecía que no había salida. ¿Dónde está aquello que tanto busca? ¿Por qué las interacciones esporádicas de fin de semana junto al evenenamiento producido por el alcohol no parecen ser suficiente?

¿Qué falta?

El alcohol parecía cumplir su función, le permitía aparentar valientía por unas cuantas horas. Pero eso no era idóneo. Quería sentirse así siempre, quería sentirse capaz, con voluntad, quería sentirse vivo. Definitivamente tenía que haber algo más.

Agosto, por aquí las hojas caen, dan lugar a lo nuevo, lo nuevo que está por venir. Parece que los árboles están más vivos que Carlos. Carlos se arrastra por la vida, esperando un momento épico, un momento maravilloso, por eso le gustan tanto los fines de semana, fines de semana que no le llenan, es más, le hacen sentir más vacío, en medio de una multitud el sentimiento de vacío se acrecenta aún más, siente un dolor intenso en el pecho, siente lo podrido y vacío que está por dentro.

Todo se desintegra y luego florece, así es la vida, pero para Carlos eso no es cierto: ¿Qué falta? ¿Acaso una carta de felicitación por el día del padre? ¿Un regalo por estar un año más podrido? ¿Un regalo por celebrar el asesinato de una persona que no conociste? ¿Un regalo por formar parte de la norma, un día de barras y mujeres baratas? ¿Es todo eso suficiente para llenar el vacío que deja una vida, en su gran mayoría, carente de sentido y propósito? ¿Es que acaso no sería mejor que me despierte lleno de pasión? ¿Por qué necesito escapar de esta manera y proyectar una sonrisa falsa a todos aquellos que forman parte de esta construcción social?

Estoy seguro que hay alguien que se lucra con mi desdicha, ¿por qué tengo que esperar un día especial para sentirme bien? ¿Por qué no puedo sentirme así siempre? ¿Qué tiene de especial tal o cual día? Hay alguien. Debe de haber alguien que le interese que me sienta así. ¿Quién?

Antros, discos plagadas de hambrientos sexuales listos para cazar, mujeres que son utilizadas como carnadas, ¡joder! Son monedas de intercambio, alcohol que hace valiente al más desdichado y deprimido. Ofertas para demostrar tu amor regalando bizcochos y dulces cargados con cocaína para niños.

Falsos. Falsos todos.

Yo el primero, por supuesto.

Carlos se vuelve loco revolviéndose sobre su vieja cama. Una habitación oscura que parece el jodido infierno, la luz que apenas penetra a través de las ranuras de esas persianas viejas.

«¿Por qué estoy aquí encerrado?»

Se levanta de la cama, camina decalzo y sin camiseta, poco a poco va controlando su respiración, parece que ha pensado demasiado y eso le ha vuelto un poco ansioso. Sin pensar más y dejando la mente en blanco toma una respiración profunda y sale de casa, de su prisión, sin camiseta y descalzo.

No beberá más.

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