Onésimo, el auténtico monstruo de las galle…, digo de los callos de mamá

Concebido como auténtico representante del “donaire” de nuestro teatro barroco, es tan grande su talla y figura que se va a alzar continuamente sobre todos los personajes y a protagonizar los ejes humorísticos de la obra.
Es un mayordomo. Con todos los atributos del género. Onésimo es un nombre griego que significa “el que ayuda, el útil, el fructuoso”. Como se puede ver, no hay mejor nombre para un buen mayordomo. Por si alguien pensaba que el nombre lo había puesto así, sobre la marcha…
—¿Seguro? ¿Te sabes los significados de todos los nombres griegos? —me pregunta Andoni, con cierta incredulidad.
—No solo eso. Incluso sé hacer cosas mucho más difíciles e inútiles, como analizar sintácticamente el primer capítulo del Quijote…
—¿Y esa tortura?
—Un castigo, claramente injusto, por decir no sé qué gracia a un profesor con no sé qué malas pulgas…
—O sea, que Onésimo es el útil…
—Sí, pero también el gracioso de Lope de Vega, el Mengo de “FuenteOvejuna”, el Tristán de “La francesita”, un verdadero Juan Rana de nuestros escenarios.
—¿Juan Rana? ¡Vaya nombrecito! ¿Te refieres a Cosme Pérez, el más popular actor del teatro barroco español?
—El mismo… Hablando de ranas…, tengo ligera sed.
—¡Nemesio, un par de Atlánticas!
Nemesio ya tenía a punto de disparo el grifo de la pilsen artesana. Fue recibir la orden y soltar un zambombazo de rayos de sol y espuma, que alegraba el oído, el olfato y obligaba a resabiarse a las papilas gustativas.
—¿Y entonces?
—Entonces es un nuevo Sancho Panza que tiene el don de la oportunidad para resolver con aparente simplicidad hasta las cuestiones más complejas…
—¿Y esa sabiduría?
—No es sabiduría intelectual sino sapiencial de un pícaro de la vida y del conocimiento popular de todos los tiempos.
—Siempre pegado al terreno…
—Siempre miedoso, siempre utilitarista, siempre al servicio al amo a quien admira por su inteligencia, siempre arreglando desfeitas de los que viven en las nubes, siempre analizando la realidad con una visión tan chata y pegada a la tierra que es gracioso verle razonar desde el sentido común lo evidente pero invidente para tanto flipao como tenemos hoy en día…
—De hecho, lo convencen para les eche una mano con la promesa de localizar la receta de los callos de su mamá.
—Es lo que tiene…, unos queriendo encontrar los valores útiles para la humanidad, y él deseando encontrar una receta inútil para nadie distinto a él.
—Pero, entonces, ¿es un personaje ruin?
—¡Qué va! Es el más noble de todos, porque al final sabe que nadie le va a buscar sus callos de mamá y, aun así, se entrega de lleno a una misión en la que se fía de su amo.
—Además, también tiene sentimientos nobles…
—¡Pues claro! Lo que pasa es que, como es más primario que una ameba, los expresa de forma bruta y sin contención. Pero instintiva. Su ira contra el Herodes del tiempo de María Fontaneda es básica pero sincera y justa. Sus deseos de cortar por lo sano con Sito Miñocas en Jalisia o de dar una tunda a Al Pargasito en Belén son manifestaciones bruscas de lo que todos llevamos dentro. Sus reacciones son como su bondad, incontenibles de pura explosividad.
—Espeso discurso para escuchar a palo seco…
—Nemesio, que Andoni está como la ilusión en un psiquiátrico de desesperados…
—Marchando una doble de Atlántica para regar tanta falta de esperanza…
Tras el alegre gorjeo atlántico, pasamos a cuestiones más severas.
—Hay un momento dado en el que Herodes el Grande le habla de contención, en concreto, de moderación…
—Sí, jaja. No lo entiende porque es algo inaudito para alguien tan primario. De hecho, lo confunde con un ingrediente aromatizador de un plato culinario y se lamenta de no haberlo probado nunca.
—¿Y esa crítica tan burda?
—Esa crítica es más rebuscada de lo que parece… La moderación en la virtud es algo desconocido para quien es noble, y es un vicio en el incontinente…
—A veces, creo que te pasas de vueltas… ¿Qué vas ahora, de intelectual?
—La obra tiene sus profundidades, no te creas. Como toda fábula, tiene diversos niveles de lectura y a cada uno le proporciona el nivel con que quiera leerla o atenderla.
—Ya, ya… Ya empezamos con las moralejas baratas…
—A cada borrico, su alfalfa. Y no digo más.

