Ebooks para todos

Construyendo bibliotecas digitales en Ghana junto a Worldreader


Doris despidió a nuestro conductor. Otra vez. Doris, ghanesa, con su cabello en trenzas apretadas, despidió a uno el otro día y ahora a este otro. Le pregunté el motivo. Ella escupió: ¡piden demasiado! Pero estamos recibiendo una ganga.

Tienes que entender: Doris es una joven mujer muy pequeña y todos nuestros conductores —de pie delante de sus Nissan extrañamente modificados, coches repletos de pequeñas e incongruentes banderas estadounidenses pegadas al parabrisas, andrajosos guantes de boxeo en miniatura colgando de sus espejos retrovisores, otro sin retrovisor, reemplazado por una pantalla LCD de 8" que repite videos de música jamaiquina desde un circuito eléctrico conectado a un disco duro pegado con cinta adhesiva en el techo— todos estos hombres son el doble de su tamaño. Sin embargo, ella los despide indiscriminadamente. Ellos pensaron que podían aprovecharse de ella. No puedes aprovecharte de Doris. Ella incluso hizo llorar a uno de ellos.

No se preocupe Sr. Craig, me dice. Pero estoy preocupado. Doris Ashrifie es mi guía y mi intérprete lingüístico y cultural; toda la logística del viaje están en sus manos. Sólo estábamos en Ghana por unos días y me preguntaba cuántos conductores podría haber en este país. Mi principal esperanza era que el próximo vehículo tuviera amortiguadores. El de ayer, los tenía.

Uno de los vehículos, poco apto para ir fuera de carretera, en los que nos trasladamos.

El viaje a la escuela cada mañana dura casi una hora y media. Y luego una hora y media de regreso al final de la tarde. Las carreteras son miserables. He viajado por carreteras en mal estado en todo el mundo y éstas eran cómicamente insufribles. Solo te queda reir ante lo absurdas que resultan. Martha Gellhorn, endurecida por ser testigo de varias guerras, describe la época que condujo por el ecuador de gran parte de África en su libro de memorias publicado en 1978, Travels with Myself and Another:

Pueden haber peores carreteras en el mundo, pero no las conozco. Nos sujetábamos con nuestros pies ante los constantes saltos y nos agarrábamos a los costados del Landrover para evitar que nuestros cuellos se rompan por las paradas repentinas, o cuando pasábamos baches.

Puedo confirmar: no han habido muchos cambios. Al menos ella tenía un Landrover.

La escuela a la que vamos se encuentra en un pequeño pueblo llamado Kade. Población aproximada: 16.000 personas. Un pueblo minero. Una ciudad de polvo y óxido con techos de calamina, niños casi desnudos jugando en campos de tierra, un pequeño mercado y una biblioteca digital.


Worldreader

Worldreader, con sede en San Francisco, pero con oficinas en Barcelona, ​​Accra y Nairobi, fue co-fundada en 2009 por los ex ejecutivos de Amazon.com David Risher y Colin McElwee. El origen de la institución sin ánimo de lucro se propuso en base a dos simples conceptos:

  1. Todo el mundo debería tener acceso a los libros.
  2. Los avances tecnológicos están rápidamente haciendo que los libros digitales sean más baratos y más fáciles de distribuir en escalas variables que los libros físicos.

David y Colin pasaron alrededor de un año preparándose, reunieron algunos Kindles y en marzo 2010 fueron a Ghana para probar su idea con veinte estudiantes. En su informe [en inglés], David escribe:

Regresamos más convencidos que nunca de que los lectores electrónicos cambiarán el rostro de la lectura en el mundo en desarrollo.

Su informe anual [en inglés] más reciente, publicado en junio de 2014, describe los logros del 2013, mostrando cuán lejos han llegado en tres años:

2013 fue un año monumental para nuestro crecimiento. Cada mes, Worldreader ha provisto centenares de libros digitales en e-readers, y miles para teléfonos de bajo costo, a más de 200,000 niños, familias y adultos en 27 países de Asia y Africa. El resultado: los niños, las familias y los adultos que hemos servido han leido 990,034 libros digitales el 2013.

En total, el catálogo de Worldreader de libros que se ofrecen a los países en desarrollo tiene ahora 6.699 títulos, con un promedio de 184.000 lectores (en e-readers y teléfonos móviles) y un total de 1.784.419 libros terminados.

Quería ver algunos de estos logros por mi propia cuenta.


Estación de carga de Kindles de Worldreader, Accra, Ghana

Acercando intereses

A principios de 2011 no sabía de Worldreader. En ese entonces, aunque el Kindle tenía tres años, se sentía como si hubiera llegado finalmente a un punto de inflexión entre los consumidores. Ya era algo. Mi mamá tenía uno. En ese momento el iPad tenía menos de un año. Es decir, el mundo de los libros digitales para el mercado masivo y de plataformas de lectura era incipiente, y en su mayor parte, los que estábamos pensando en lectura digital estábamos enfocados en hacer cosas interesantes con sus márgenes virtuales, en vez de considerar sus efectos, por ejemplo, en el desarrollo de la educación en el mundo.

En enero de ese año presenté una conferencia en la Escuela de Artes Visuales de Nueva York titulado “Libros más allá del artefacto y la edición”. Casi al terminar, proyecté una diapositiva que muestra la caída en picado de los precios del Kindle de Amazon. En noviembre del 2007, el Kindle debutó en $us 399. En agosto del 2010 el precio había bajado a $us 139.

Después de la charla no pude dejar de pensar en esa caída de precios y sus posibles implicaciones. ¿Qué sucede si el costo de un Kindle llega a cero? ¿Qué sucede cuando tanto el costo de distribución y el costo del contenedor para libros es casi cero?

Esa curiosidad me llevó a descubrir y contactar a Worldreader. Dos años después estaba viendo a Doris despedir a nuestros pobres conductores, vibrando encima de carreteras en mal estado, pasar tardes comiendo banku con tilapia a la parrilla en un pequeño patio con una conexión 3G inestable, revisando el trabajo del día y, en última instancia, maravillado por la visión de ansiosos estudiantes de una pequeña escuela en un pequeño pueblo al sur de Ghana.


Trucos

Obroni es la palabra Twi para extranjero o, más específicamente, persona blanca. ¡Obroni! Obroni! gritan todos los niños ghaneses que te ven pasar. ¡Sr. Obroni! ¿Hey hey! ¡Obroni!

Wikipedia nos dice que la palabra se traduce literalmente como “a una persona de más allá del horizonte”. El Diccionario Urbano va un paso más allá:

A pesar del uso (relativamente) común y casual de la palabra, sus orígenes no enteramente inocentes. La palabra “obroni” deriva de la palabra “Abro fuo”, que significa embaucador, “aquel que frustra” o “aquel en quien no se puede confiar”.

Mientras Doris y yo íbamos camino a la escuela no podía quitarme el temor de que eramos, en realidad, embaucadores. De buena fe, pero igual embaucadores. Por todos lados en Ghana ves iglesias evangélicas carismáticas. Una consecuencia de los obroni, que hace un tiempo promovieron el cristianismo en todo el país. Haciéndolo a pesar de que las tribus de Ghana tenían sus propias religiones, su propio ethos espiritual. Sin embargo, estos misioneros que pensaban que estaban salvando a esta gente de ellos mismos, estaban muy seguros de sus intenciones.

Por supuesto, los Kindles y el cristianismo son diferentes bestias. Pero la postura fundamental puede parece inquietantemente similar. Quienes trabajamos con tecnología tendemos a tomar posturas casi religiosas al hablar de su capacidad para cambiar el mundo, siempre para mejor. Mi paranoia de ser considerado un embaucador viene de la desconfianza inherente hacia la tecnología, y una sospecha más profunda de creer que sabemos más. Es muy fácil caer en el lema del primer mundo de que “lo único que los pobres necesitan es un poco de silicio y todo estará bien”. Nunca es tan simple. La tecnología es, en el mejor de los casos, la punta del iceberg. Un pequeñísimo componente del trabajo que necesitamos realizar en el gran marco de la reforma o del impacto o del incremento de la accesibilidad a la educación, tanto en el primero como el tercer mundo por igual. La tecnología que se despliega sin infraestructura, sin comprensión, sin apoyo administrativo o de la comunidad, sin un plan de estudios adecuado es prácticamente inútil. Incluso peor que inútil, puede ser destructivo, absorbiendo tiempo y presupuesto en tecnología que podrían ser mejor utilizados en temas más fundamentales y significativos de la tan necesaria reforma.

El coche se detuvo y evadió algunos baches a medida que nos acercábamos a nuestro destino. Pasamos a través de pequeñas aldeas. Los niños afuera —viendo mi rostro— gritaban ¡Hey Obroni! Y a medida que el coche pasaba frente a desvanecidos carteles de próximas reuniones evangélicas, no pude evitar pensar acerca de nuestro propio potencial para el engaño, no podía dejar de preguntarme si los Kindles en medio del país eran la solución correcta a los problemas aquí, o si estuviéramos presumiendo demasiado.


Libros digitales de intercambio

El Kindle era, y sigue siendo, un dispositivo compuesto aparentemente de polvo de hadas eléctrico. En realidad empezó su marcha segura en el otoño del 2010, con el lanzamiento del esbelto Kindle con teclado. Esta era la tercera generación del dispositivo de Amazon y era casi perfecto. De hecho, para quienes somos amantes del Kindle hace mucho tiempo, sigue siendo nuestra versión favorita, superando a las últimas versiones Paperwhite en varios niveles, a pesar de su pantalla táctil (aunque sea solo por sus botones para dar vuelta la página).

¿Por qué el Kindle (en ese momento, e incluso hasta cierto punto en la actualidad), es tan —para usar ese cliché —mágico?

  1. La bateria parece durar por siempre gracias al bajo nivel de consumo de nergia de sus pantalla de tinta electrónica.
  2. La pantalla realmente parece papel que se recarga.
  3. Whispernet: Amazon facilitaba acceso ilimitado a su red 3G mundial.
  4. Aprovechando es red 3G ilimitada, ofrecían un acceso, aunque escondido y muy primitivo, a un navegador web.

Regresando al 2011, mi colega de Messenger Robin Sloan , explicó por qué esta tercera generación de Kindle era, para él, el dispositivo de viaje definitivo:

Honestamente, incluso si no piensas leer un e-book, pero quieres un dispositivo que te ayude a estar conetado y organizado mientras viajas— especialmente si estás alejando de los destinos comunes—la inversión en un Kindle, (un poco más de cien dólares actualmente) no tiene par.

Tom Armitage también escribió en ese entonces acerca de cómo el Kindle (en particular, su pantalla) encarnaba la filosofía de la “tecnología silenciosa” — tecnologías que desaparecen en su entorno:

Fue extraño ver un dispositivo electrónico tan cómodo en el mundo físico (principalmente debido a esa fenomenal pantalla) — y aún asi el Kindle parece de alguna manera fuera de lugar al lado de dispositivos más “activos” como my computadora, teléfono o TV.

Resulta que estas cualidades —larga duración de batería, conectividad subvencionada para todo el mundo, una tecnologia de pantalla simple, enfoque exclusivo en la lectura —también lo convierten en una muy buena herramienta para un prototipo de biblioteca digital.


Los niños y las máquinas

Llegamos a la escuela poco después de las diez de la mañana. Era un edificio de un solo piso con un techo de calamina y muros de hormigón pintados en desgastados rojo y amarillo. Las ventanas no tenían cristales, eran simplemente enormes aberturas. El suelo era de hormigón polvoriento. No había electricidad y por lo tanto tampoco iluminación.

La directora, Jackie Dzifa Abiso, conocida como Señorita. Jackie, nos recibió afuera con su hijo recién nacido. Saludé al bebé. Lloró. Ella se echó a reír. “Obroni da miedo.” Me asomé por la ventana y ninguno de los casi treinta alumnos se agitó. Todas las cabezas bajas, inmersas en sus ebooks.

El silencio era abrumador y en marcado contraste con el volumen de todo lo demás que había experimentado en Ghana. Había pasado mucho tiempo desde que había observado un aula de cerca, pero no me acuerdo que el tiempo de lectura sea tan tranquilo como éste.



Los niños de Kade son como los otras partes del mundo: rápidos con las máquinas. Rápidamente aprenden cómo ponerlo en modo horizontal, aumentar el tamaño de letra y acomodarse para una lectura relajada. No tienen problemas con la interfaz. Hacen que el Kindle haga cosas que no sabía que podía hacer. Los niños encuentran aplicaciones escondidas, aplicaciones de lectura, hacen que los dispositivos les lean —como robots, pero sorprendentemente claro— y siguen la lectura al unísono, ayudándoles a navegar palabras un poco alejadas de su registro del inglés. Lo más importante es que los niños aprenden a encontrar libros. Libros que les gustan, libros que deben leer para su tarea. Libros con títulos curiosos.

Este es el mundo de Kade al que llegamos Doris y yo. Un mundo concentrado de corazón en el que todos parecen ser expertos en sus dispositivos. Después del primer día, mi impresión era: esto puede funcionar, ésta puede ser una solución viable a la falta de acceso a la literatura, esto puede no ser un truco.


La Señorita Jackie me explicó que yo era testigo de sus sesiones de lectura de verano. Que los niños era de distintas edades porque eran enviados voluntariamente por sus familias. Y que, de hecho, la clase de hoy era una de las más pequeñas de ese veran; era día de mercado y los padres necesitaban que sus hijos les ayuden.


Una mezcla de niñas de primaria y secundaria de las escuela de Kade que asisten al programa de lectura de verano

¿Y sobre los robos? Esta es una pequeña aldea en la que se ve poca tecnología. Estos Kindles eran uno de los dispositivos de consumo más avanzados en kilómetros a la redonda. ¿No podrían venderse por una ganancia interesantes? Cuando entrevisté al co-fundador de Worldreader, Colin McElwee luego, en Barcelona, me respondió: “La gente no roba educación.” Ésta parece ser la experiencia de Worldreader. Que de casi 4.000 dispositivos en terreno, tiene una tasa de pérdida menor al 1 por ciento. Incluso, se sosprecha que los dispositivos realmente han sido extraviados —se cayeron de una bolsa, perdidos al sacarlos de un bául— y no han sido robados. El Sr. McElwee también destacó, correctamente, que los Kindles son bastantes aburridos. A diferencia de un iPad, no puedes jugar. No permiten videos. Su naturaleza de un solo propósito los hacen poco sexis. Combinado con los obvios beneficios a la comunidad, eso implica que son casi inmunes a las “manos largas”.


La lectora más joven del programa de lectura de verano de Kade

Volteando libros

Durante mis dos semanas y media en Ghana viaje varias veces entre Kade y otra escuela rural en una aldea llamada Adeiso. Di clases diarias a los estudiantes. Les leí. En los recreos, se disputaban entre ellos por ser fotografiados. Armamos un estudio fotográfico improvisado frente a un muro. Algunas veces leía muy lento, o no terminada la lección lo suficientemente rápido. Desesperado, un joven alumno inevitablemente pedia, “Señor, ¿podemos, por favor, volver a leer nosotros?”

Y ¿qué están leyendo, exactamente? La mayoría de los dispositivos de Worldreader contienen una mezcla de libros occidentales y ghaneses. Los libros ghaneses son seleccionados de un conjunto de más de 300 títulos publicados localmente que Worldreader ha ayudado a digitalizar. Muchos de los libros están en inglés (técnicamente el idioma oficial del país), pero otros también están escritos en Twi, el idioma nativo de los estudiantes.

Algunos de los títulos más populares dentros de esta pequeña, pero cada vez más potente biblioteca local, son variaciones de mitos orales de África Occidental. Libros como Twelve Great Anase Stories, publicado por el editor ghanés Sam Woode y The Magic Goat, de Sub-Saharan.


Libros publicados por editoriales ghanesas, digitalizadas por Worldreader

Uno de los libros, The Bee Ninja, se lee como una obra de teatro. Me di cuenta que podíamos convertirla en una película con muy poco esfuerzo. Tenía una camara de video HD en mi bolsillo (un iPhone 5) y iMovie en mi computadora. Al día siguiente los estudiantes llegaron, para mi alegría, con una guión y sus disfraces. También habían montado un escenario entre el campo de tierra, un árbol y la escuela. Filmamos la película el miércoles y el viernes la presenté usando mi MacBook Air.


El reparto y la presentación de the Bee Ninja

Los Kindle funcionan. Es decir, no hay dificultades técnicas. Las baterías funcionan. Cuando un dispositivo se queda sin carga, lo añaden a una pequeña pila de equipos que necesitan carga. Al final del mes, son recargados en grupo. Lo suficientes para dos a cuatro semanas de uso.

¿Y sobre las cubiertas de energía solar? En teoría, serían como un santo grial —energía ilimitada para un dispositivo que necesita muy poca. De hecho, la escuela en Kade estaba probando unos prototipos. Al final, resulta que las cubiertas no son muy confiables además que no se podían usar en gran número o no eran efectivos en términos de costos.

Como alternativa, Worldreader está estudiando la posibilidad de usar estaciones de energía solar (energía renovable) capaces de cargar hasta 50 dispositivos dos veces al mes. La idea es tenerlos en las escuelas, siendo más confiables que cubiertas de entergía solar individuales. Están iniciando un piloto a partir de septiembre con unos cuantos prototipos en seis escuelas.

En Barcelona le pregunté sobre costos al Sr. McElwee. ¿Cuánto les cuesta los Kindle? ¿Están recibiendo algún descuento? Me dijo que los modelos con Wi-fi y con una cubierta, todavía les cuestan alrededor de USD $100. La cubierta es absolutamente necesaria. Al llegar a Ghana no hay forma de escapar del polvo. Está en todas partes. Al final del día estás cubierto en polvo; se te escurre bajo la ducha. Y sin una cubierta, rápidamente llega al Kindle.

Durante los primeros años de operación, Worldreader envió varios reportes de campo a Amazon que al final produjo Kindles que resisten mejor a los elementos. Aún así, una cubierta añade protección extra y muchos de los Kindles actualmente en el campo tienen dos o tres años. Aún funcionan, principalmente debido a sus cubiertas.

El objetivo, según McElwee, es reducir el costo por dispositivo a USD $50, incluyendo la cubierta, en los próximos años. Amortizado en 5 años de vida estimado, implica que un contenedor con todos los libros que un niño necesita, debería costar USD $10 por año. Menos que un libro de bolsillo. (El contenido, por supuesto, implica costos adicionales)


En mi constante ir y venir entre las escuela de Ghana es importante mencionar que no tenían escasez de papel. Los chicos recibían regularmente hojas para dibujar, para escribir, para realizar operaciones matemáticas. Como resume McElwee “no es que no exista papel — lo que no existe es imprimir 60 copias de algo.” Los estudiantes tienen relación con el papel, pero no con libros de papel.


Sammy y Doris

Adiós

En mi mañana final en el campo, me senté a desayunar con Doris y su colega en Worldreader, Alomenu Samuel, o Sammy. Sammy fue el diseñador y redactor de mis planes de clases, y estaba ayudando a Worldreader a encontrar formas sostenibles de replicar la experiencia en África occidental. Hablamos sobre mi experiencia de las últimas semanas, qué estaba bien y qué necesitaba ser mejorado. Reflexioné sobre cómo mis sospechas en relación a la eficacia de los Kindle en Ghana habían sido respondidas. Los estudiante parecen entusiasmados y los dispositivos no fallaron.

Pero más importante, le dije, es que me gustó ver a la Señorita Jackie mantenerse como una simpática capataz, que no permitía tonterías de parte de sus estudiantes. Esa es la clave. Ella dirigía su clase con decisión, sin espacio para el escepticismo. Se podía ver que esa fortaleza inspiraba a los niños. El que los estudiante lean tanto y tan bien como lo hacen, se lo deben a ella, no a los Kindle. De hecho, le dije (ahora sentado), la parte más inspiradora de toda la operación era el apoyo de la escuela y el personal hacia los dispositivos y su entusiasmo visible para promocionar una cultura de alfabetismo y apreciación de la literatura. Se podía ver ese apoyo contagiándose más allá de la escuela. Como los niños eran voluntarios, por extesión la comunidad también. Y eso se sentía bien. Al final, los Kindle eran exactamente lo que se espera que sean: contenedores para llevar libros a niños que de otra manera no podrían tenerlos.

El teléfono de la pequeña Doris sonó. Contestó, bajó la cabeza y empezó una letanía en Twi. Miré a Sammy que se encogió de hombro. Ella colgó el teléfono. ¿Quién era? Ella dijo que era un conductor de la semana pasada, pidiendo otra oportunidad. ¿Y? “Le dije que lo pensaré” dijo, soltando una brillante sonrisa. “Ves, no siempre soy tan dura.”


Semanas después en Barcelona, McElwee destacaría un buen punto. “La conectividad es una camino de ida y vuelta”. Cada vez más y más lectura que se realiza a través de programas de Worldreader no se hace en ereaders sino en teléfonos baratos y teléfonos inteligentes. Dispositivos conectados implícitamente a la red.

La parte más excitante de poner a estos estudiantes en línea es que, al final, “se convertirán en exportadores dentos de su cultura”. A medida que McElwee hablaba, asentía con mi cabeza, sonriendo, pensando en Doris y eñ resto de los estudiantes. Entusiasmado porque ellos transmiten su curiosidad, humor y visión del mundo a un universo más grande. Si, a medida que Worldreader lleva libros a quienes no los tienen, al final todos nosotros leemos de manera un poco diferente.


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