Ali y su: “¿cómo puedo dispararle a gente pobre? ¡Sólo llévame a la cárcel!”

Muhammad Ali lo gritó –a los 4 vientos– en los 60’s, cuando la gente de piel negra caminaba con la mira en el suelo. El boxeador retaba a cualquiera arriba y abajo del ring, quizá por esto es que no encontrarás mucho más de su boxeo en este post, pero sí de todo lo que peleó, de todo lo que conquistó.

Apenas podía hablar, mantenerse de pie. Muhammad Ali se había quedado sin medicamento contra el Parkinson (enfermedad con la que batalla desde hace 6 años) durante su visita a Irak , sede de una de sus peleas más notorias y menos recordadas.

Era 1990 y no se lograba conseguir las pastillas en cualquier parte del mundo; el viaje de Ali era sin ticket de vuelta, pues se encontraba en este país para salvar la vida de 15 compatriotas (en su mayoría blancos), 15 rehenes que Saddam Hussein usó para evitar un bombardeo gringo, en los inicios de la guerra del golfo.

El expugilista llega al país tras 113 días de conflicto, pero le toma una semana coincidir con Hussein, inter en el que saludó a quien se le cruzó por la calle para el autógrafo, la sonrisa o una mirada, algo con que quedarse de la visita del musulmán más reconocido del mundo.

Tres días después de hablar con el mandatario iraquí consigue volver a Nueva York junto a 15 estadounidenses que le deben la vida. Esta batalla acabó con el puño en alto para Ali y su convicción, a diferencia de 5 años antes, cuando intentó liberar a 40 rehenes en Líbano.


Ali no necesitó encordado para vencerte. Te demeritaba con poemas del trashtalk, e instantes después te noqueaba –inclusive– sin guantes, como lo hizo con el gobierno estadounidense, después de que declinó su “invitación” a que se uniera al ejército para la guerra de Vietnam.

“Mi conciencia no me va a dejar ir a disparar a una gente pobre y hambrienta en el lodo por el todo-poderoso Estados Unidos. Y…¿dispararles por qué? Ellos no me llamaron nigga, no me lincharon, no me pusieron perros, no me robaron de mi nacionalidad”.

Fue castigado inmediatamente en aquel 1967 en que se negó a escuchar la campana de la guerra. Con 25 años cumplidos, recibió: 5 años de prisión, 3 años (terminaron siendo casi 4) sin boxeo y multa de 10 mil dólares. También se le arrebató su cinturón de campeón, su licencia para boxear y su pasaporte. Un clásico instantáneo de lo que es un chivo expiatorio.

Muhammad no desaprovechó que le quitaron sus mejores años en el ring por su convicción contra la guerra, vs. la imposición de un sistema. No tocó la cárcel porque “el 90% de su tiempo era preacher musulmán, y el 10% boxeador”, pero sí se acercó a la comunidad, especialmente a jóvenes en universidades.

Ali, que un tiempo se llamó Muhammad X tras su vínculo con Malcolm X, detonó su activismo (sobre todo afroamericano) a partir del mayor castigo que recibió. Fue una corte la que explotó lo que ahora más se añora de Ali: lo que hizo fuera del ring.

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