Estatuas

¿Qué significan las estatuas? ¿Por qué nos gusta a los hombres alzar estos adornos en las ciudades? En toda ciudad que se declare digna de llamarse así existe, por lo menos, un par de éstas construcciones. Frías, de proporciones notablemente grandes, eternamente inmóviles, se yerguen en una pose de victoria o cumpliendo un martirio. Por lo común.

Son las 3:30 en la madrugada. Nos encontramos en un parque, sentados al borde de una jardinera, contemplando la estatua de una mujer que con un abrazo intenta proteger a un niño del ataque de un poderoso toro.

La escena es conmovedora, es cierto que también cliché, pero logra evocar diversos sentimientos y pensamientos que no logramos ignorar.

Ni una sola persona pasa por aquí. No hay ruidos, nadie interrumpe nuestra visión andando entre nosotros y la efigie. Solo pequeñísimas partículas de polvo vuelan delante nuestro, como traviesas hadas microscópicas jugando a nuestro alrededor.

Permanecemos lo que parece un largo rato contemplando la misma escena. De repente sentimos frío en nuestra mejilla izquierda. Volteamos, pensando ridículamente que alguien nos ha jugado una mala broma. ¿Las hadas? De ninguna manera. Solo el aire helado, propio de esa hora de la madrugada.

Despertamos de nuestro estupor y escuchamos por primera vez el ruido de un árbol meciéndose acompasadamente: -Tsssss — y notamos el olor de las hojas. Tal sonido y aroma son una bendición.

Cerramos los ojos durante unos segundos y al abrirlos algo nos incomoda. Un invasor arruina nuestra apacible escena. Resignados ante el hecho de que ya no somos los únicos ahí, volteamos a ver el reloj. Las 3:43 de la madrugada. ¿Qué hace alguien a estas horas paseando solo, frente a una estatua? Lo mismo que yo, supongo.

Es un hombre y parece un indigente. Viste un suéter de color azul oscuro, sucio, un gorro gris, guantes de estambre negros, un pantalón deportivo azul claro y tenis negros. Porta en su mano una bolsa plástica que parece completamente llena. Pensamos en hablarle. Desistimos. Lo miramos un par de minutos. El desconocido coloca la bolsa en la jardinera contigua a la estatua y comienza a hurgar dentro de ella. Extrae dos pedazos de papel, los mira detenidamente y avienta al suelo uno de ellos. Éste vuela hasta donde nos encontramos y, sin levantarlo del piso, vemos en él la imagen blanco y negro de un astronauta recortado sobre un fondo verde metálico. El espacio exterior víctima de una violenta e imprudente alteración de su distintivo color negro, razonamos. El aire arrebata el pedazo de papel con el navegante espacial y lo echa al vuelo.

De improviso, como si alguien nos hubiera llamado, volvemos presurosamente los ojos hacia el mendigo. Y ahí está, con un trapo en la mano comienza a frotar la estatua. ¿Qué hace? ¿Por qué la limpia?

Después de esto, extrañamente, perdemos el interés por la escultura. Hace solo unos minutos era nuestra, era mía. Ya no. Nos han despojado de ella. Fuimos testigos de cómo alguien se acercó demasiado. Ya no nos pertenece.

Pero ¿alguna vez nos perteneció? ó ¿de quién son las estatuas de la ciudad?…


-Ese no era yo — afirma una voz

-¿Perdón?- preguntamos aún antes de voltear a ver a nuestro interlocutor. El mendigo, por supuesto.

-Que ese astronauta no era yo — insiste.

-De acuerdo- es lo único que atinamos a decir

-Este soy yo- y el hombre extiende otra pequeña hoja que contiene la imagen de un gancho de ropa.

Ni siquiera logramos articular una palabra. Sentimos repulsión, ese característico rechazo hacia un loco; un poco de miedo y, tal vez por la hora, también curiosidad (la mente se presenta más curiosa entre las tres y las cinco de la mañana).

-Este, señor, soy yo- insiste el hombre al que consideramos loco.

-De acuerdo. Tengo que irme. Por favor discúlpeme- Decimos, nos levantamos de la jardinera y comenzamos a caminar.

-Y este es usted- la aseveración del hombre nos inquieta. Volteamos y el hombre extiende un papel hacia nosotros para que lo tomemos.

La curiosidad nos consume. Queremos saber que imagen tiene el papel que el indigente nos presenta. Siempre estamos en búsqueda de quiénes somos. ¿Vendrá la respuesta de la mano de un loco extraño que nos encontramos en un parque, en la mitad de una madrugada cualquiera? ¿Es eso posible? Nos arriesgamos.

-¿Quién soy yo?- le preguntamos y extendemos la mano para tomar el papel.

-Este-

Es el astronauta sobre el espacio verde metálico.

El indigente ve nuestro rostro confundido.

-Yo, como ese gancho, tengo un propósito, por pequeño que sea. Como lo es servir de soporte a un traje, a la ropa. Usted, en cambio, es como ese astronauta volando en el espacio de un color verde que no existe. En medio de la nada no hay propósito y no hay sentido. Buenas noches -