punchis punchis punchis

Sobre las composiciones electrónicas de Aphex Twin

No estar allí. Como si consciencia y contenedor se hubiesen separado del todo, el oyente se ha desintegrado en frecuencia. Su cuerpo se halla en una cosa y su mente en otra. Aventuras extraterrenales: en un principio son solo sónicas, pero luego, por un rato, totales. Requieren de su presencia completa. ¿Será por los psicodélicos? También, y eso quizás; dicen que el método de inmersión depende de cada quién. La clave es que el entorno inmediato se escurra hacia otro lado. Una vez sumergido, la nueva intemperie. Los tiempos son otros. Hay belleza y hay violencia y nunca se sabe qué es lo que vaya a ocurrir a continuación. El oyente, ya medio ido, constata de las texturas exhuberantes, los ritmos mastondónticos, las sucesiones y aglomeraciones virtuosas, pero aún le cuesta adjudicar humanidad a la sinfonía espacial. ¿Es ésta la música para volar? Más como para desprenderse, dejar de ser uno y dejar de estar. Por lo menos lo que siente le resulta, a momentos, familiar: frenesí, melancolía, asombro, cosas así. La desintegración, que es alarmante (porque le despierta todas estas consternaciones, tipo: “¿existo realmente?”; “¿estoy soñando que soy?”; “fantástico desconectarse; ¿ahora cómo regresamos?”) también le permiten eludir a la barrera de la razón y a la lógica de la realidad. Y, al mismo tiempo, es una experiencia muy cerebral. ¿Es música, para empezar? Más que canciones, colecciones de sonidos, y percibe que están operando de algún modo en membranas y subcortezas de rincones escondidos. No resiste la tentación de descomponerlos, de contemplar los engranajes del hechizo y traer algún sentido a esta inmaterialidad. La complejidad del asunto le supera. Como sigue absorto, la certeza sucumbe ante la melodía, y el oyente solo puede confirmarse energético, vibratorio, sensorial. Es difícil de explicar.

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A finales de enero de este año, una misteriosa cuenta de un tal user487363530 emergió en Soundcloud. Traía consigo decenas de canciones muy atiborradas; música electrónica de todos los géneros, con nombres ininteligibles y de variada duración. Los rumores empezaron a propagarse: al parecer, el compositor de música electrónica Richard James, también conocido como Aphex Twin, había abierto las bóvedas, y lo que estaba dentro era una locura. Los usuarios de los foros especializados deliraban extasiados y antes de cualquier confirmación los temas se multiplicaron. Adentro había de todo. Experimentos de cuarenta segundos a 300 bpm; tecno que hubiera sonado obsoleto hace veinte años; demos de efectos de sonido para teclados que ya se dejaron de fabricar. Pero también había muchas canciones decentes; varias, se decretó, eran extraordinarias. Y no paraban de llegar. Un mes después, la identidad de la cuenta misteriosa era irrefutable: era Aphex Twin, estos eran los lados B que había producido durante los últimos treinta años, y casi todos eran libremente descargables.

Ahora bien, Aphex Twin no es un músico cualquiera. Puede bien tratarse del compositor de música electrónica más relevante, influyente y polivalente de todos los tiempos. Lo que es yo, me adentré en sus aposentos reverberantes más bien tarde; siempre me había gustado mucho 4, y Windowlicker, pero no fue sino hasta el Syro, que salió a finales del año pasado, que me atreví a sumergirme en su discografía con seriedad. Poco después entendí que se trataba de un alienígena: su música era del futuro y era también ancestral. A sus Selected Ambient Works yo los había escuchado, como ellos me lo especificaban, como música ambiental. Mal. En la primera selección, los bajos pesados abrigan a capas y capas de sucesos y ocurrencias sonoras hasta entonces insólitas (más que a los productores de dance en los que basó su sonido, recuerdan a Eno y a esos excéntricos álbumes alemanes setenteros); se trata del manual de uso esencial para un género que proliferaría en los noventas, el IDM -la danza cerebral. La peculiaridad del Selected Ambient Works 85–92 es que sus canciones no solo traían consigo la complejidad y sutilezas de la música clásica, sino los ritmos y grooves del tecno, entonces en su apogeo en Reino Unido. Era como si el joven productor (que entonces no tenía más que 22 años) hubiera descubierto nuevos estados de ánimo, nuevos albergues mentales, y los hubiera construido pacientemente mediante miles y miles de pulsaciones secuenciales.

Dos años después, Warp lanzó el Selected Ambient Works II, que dura dos horas y media, que parecería que no trae consigo ritmo alguno y que es pura exploración extrasensorial. Según Richard, lo había compuesto durante largas sesiones de sueños lúcidos y psicotrópicos. Suena, si no como al portal hacia una nueva dimensión, a alguna reliquia de una civilización perdida, cuyas misteriosas geometrías siguen encubiertas entre repetición y reverberación. Debe ser el mejor álbum para leer jamás compuesto. Luego vino el I Care Because You Do, que ofrecía una mezcla de composiciones ambientales y experimentos a híper velocidad, y luego el Richard D. James, para el que programó software que interpretase sus piezas por él, y que lleva las composiciones psicodélicas que seguramente más se asemejan a su indescifrable psiqué. En el 2001 lanzó Drukqs, que contiene 30 canciones que oscilan entre bandas sonoras para ataques cardíacos y composiciones en piano a lo Erik Satié, pero que a casi nadie le gustó; y luego nada de nada hasta el Syro, o, por lo menos, ningún disco oficial de Aphex Twin, porque siguió lanzando composiciones como AFX y The Tuss, y ofreciendo sus recitales en los que nunca se mostró del todo carismático pero que, parecía, jamás repetiría una canción. Según las entrevistas, tenía cientos y cientos de temas guardando polvo en discos duros, y no se había detenido nunca; sin embargo, eran las mismas entrevistas en las que decía que no lanzaba discos nuevos para que su ex esposa no se aproveche de las regalías y también que vivía a veces en un tanque y otras veces en un submarino.

¿Es su música humana? La cosa es que, así como artificiosamente hemos esculpimos guitarras de troncos, ahora podemos manufacturar sintetizadores del metal. Y como los guitarristas que han hecho maravillas y como que han incorporado su instrumento como nueva extremidad, así también nuestro compositor protagonista, que, más que animar a los sintetizadores como parte de su carne, parecería él haber mutado a cyborg, a entidad artificial. Cuando salió el Syro, decidió imprimir los instrumentos empleados y la lista llenó varias páginas. Es un nerd del hardware, evidentemente, y también del ruido. ¿Qué es lo que compone su sonido peculiar? Computadoras y sintetizadores, de todos los años y especificaciones, y es como si cada nota hubiese requirido de trasnoches en moneos y modulaciones; como si cada pulsación acogiera sonidos más profundos de los que se supondría que deberían ser capaces de acoger. A través de ellas, percusiones, que pueden brotar a cualquier intensidad, cuya ejecución magistral se podría comparar con la de algún maestro tribal africano, si no fuese porque entre sus patrones sofisticados y sus estridencias insólitas no nos haga acuerdo a nadie más. Una vez establecido el ritmo, James usualmente procede a inundarnos de melodías y melodías arrobadoras, que se interrumpen, se superponen y se arrejuntan. Más que por clímaxes maximalistas, el esplendor llega gracias a la yuxtaposición de capas, que, una vez han operado en conjunción, suelen desvanecerse hacia nuevos elementos. Aparte, hay esta inquietud como infantil: como si, apenas Richard hubiese alcanzado una cúspide armoniosa, le hubiese dado ganas de jugar a otra cosa. Él mismo se ha pronunciado al respecto. “Me parece chistoso que la gente diga que mis composiciones tienen un gran mérito artístico. Yo las hago así porque me aburro muy rápidamente; por eso, intento poner muchas capas y detalles de forma que, cuando las escuche de nuevo, nunca pueda acordarme de todo lo que va a suceder”. Para oídos terrícolas, sus canciones traen consigo más sorpresas todavía, no importa la cantidad de veces que ya las hayan escuchado.

Pero en fin. La cuenta de Soundcloud. Lo que James dice es que se trata de canciones huérfanas: singularidades que no hubiesen encontrado morada en ninguno de sus álbumes, y de esos nos dice que también, que debe haber diez o doce flotando por alguna parte. Llegaron a ser como 270, pero luego redujo la lista, quién sabe por qué, a 210. También se cambió el nombre. Las canciones siguen llegando. Al final de este artículo he reunido las 50 que me parecieron las más y representativas, pero hay de todo en esa lista. Aquí no más ya hay estas vastas praderas ambient (tipo Brian Eno: Red Calx (slo), th1 (slo); tipo Selected Ambient II: Just Fall Asleep; o también tipo Satié: avril altdelay); hay jungle frenético (fork rave); hay acid en todas sus manifestaciones (acid organ, heliosphan live, katiacid); hay música clásica minimalista (autumn travels, sekonda); hay breakbeat (nightmail1); electrónica industrial (cutting) y trip hop angustioso (japan); hay composiciones contemporáneas que eluden cualquier clasificación (girl boy song dark version; organ epic) y, sobre todo, hay estas excursiones IDM de todo tipo que de alguna forma logran captar la experiencia de sumergirse en la cascada o contemplar el amanecer o abandonar la estancia terrenal y descomponerse definitivamente en la insubstancialidad. Y en cada una pasan tantas cosas.

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Música muy bonita, técnicamente impecable. ¿Pero es humana? ¿Pueden estas oscilaciones sintéticas reemplazar al rasgado de guitarra, al golpe de batería, a la vivacidad de la voz de la cantante, ahora mismo descuarejingándose frente al micrófono? ¿Este método de inmersión no deja de lado a la emoción?

No sé. La música es el medio abstracto ideal: sin tener que recurrir a imágenes y conceptos, puede transmitir ánimos, situaciones y sensaciones; es inmediata y universal y no requiere ninguna interpretación intelectual. Podemos descomponerla en notas, acordes, velocidades; arreglos, armonías y melodías; podemos enumerar lo que nos hace sentir, instante por instante; anotar progresiones y yuxtaposiciones; contextualizar a su entorno y a su autor. Siempre será poco. Quizás sea por eso que, después de haberlas escuchado cientos de veces, estas canciones siguen pareciéndome misteriosas, siguen despertando sensaciones alienígenas, siguen estremeciéndome incomprensibles. Las pongo y pienso cosas raras; de afuera. Me pierdo. Es como si, mediante el artificio, se hubiese codificado las puertas a esa otra estancia, entre irreal y fanfasmal. Pero en cambio, para mí, la música de este señor es evidencia de que el etéreo existe, y en infinitos matices, y que lo podemos explorar; podemos estar allí. Por su parte, Aphex Twin dice que ha estado recién ensayando, y que todavía no ha ejecutado las ideas verdaderamente fascinantes. Así mismo ha de ser.

Nota: Richard decidió borrar su cuenta de Soundcloud hoy día. Quién sabe por qué. Afortunadamente, sus seguidores subieron casi todo a youtube. Lo pueden escuchar acá: