Cataratas de Iguazú

Cataratas vistas desde el lado brasileño. Foto: Xavi Moret

Las cataratas de Iguazú, en la frontera natural que divide la región argentina de Misiones y el sur de Brasil, es uno de los lugares más impactantes de la tierra. Una de esas licencias que la naturaleza se toma en contadas ocasiones para manifestarse contundente y hermosa en forma de glaciares o volcanes, como para recordarnos nuestra dimensión real y miserable. Ampliamente reconocidas como las más espectaculares del planeta, por delante de las del Niágara o las cataratas Victoria, las cataratas de Iguazú están formadas por un conjunto de 275 saltos de agua con una anchura total de 2.700 metros en la última torsión que el río Iguazú forma antes de su encuentro con el río Paraná.

Aunque el 80% de las cataratas está en el lado argentino, los dos vecinos han creado a su alrededor sus propios parques nacionales para compaginar la conservación del entorno con la explotación turística del destino. No hay un lado mejor que otro para visitarlas. Si Brasil permite admirarlas en toda su amplitud, sólo desde Argentina es posible sentir su poder.

El Parque Nacional Foz De Iguaçú, en el costado brasileño, cuenta con una sola pasarela que culmina en la Garganta del Diablo, el grupo más compacto e impresionante de saltos. La caminata que conduce hasta ese mirador, a través de la espesa vegetación de la selva subtropical, ofrece perspectivas espectaculares del conjunto de las cataratas. La bruma perpetua que se forma con la caída del agua, entre la que es difícil distinguir dónde acaba el río y dónde comienza la selva, forma una estampa casi mística.

A cada paso se pueden observar innumerables ejemplares de flora (más de 2.000 especies) y fauna, como los coatíes que campan por doquier, grandes lagartos o una pequeña mariposa típica de Sudamérica característica porque en sus alas parece tener pintado el número 88. El mirador en el que culmina este paseo se encuentra justo frente a la impresionante caída que forma la Garganta del Diablo, el farallón desde el que el río Iguazú vierte vertiginosamente sus aguas en un salto de 80 metros. La descarga de adrenalina que se experimenta ante semejante demostración de energía, potenciada por un estruendo ensordecedor, provoca en los visitantes una mezcla de euforia e incredulidad. Como es lógico, resulta imposible no salir completamente empapados, salvo que se opte por tomar el ascensor panorámico que conecta ese mirador con una terraza un poco más elevada.

De existir un orden lógico para visitarlas, lo aconsejable sería recorrer primero el parque del lado brasileño para obtener una visión de conjunto. El sumun es contemplar las cataratas desde el aire, algo que sólo es posible desde la parte brasileña. A la entrada del parque, una empresa ofrece vuelos en helicóptero sobre las cataratas y el conjunto selvático que las rodea. Se realizan en grupos de seis personas y duran unos diez minutos. El servicio ronda los 95 dólares por persona.

En el lado argentino, el Parque Nacional Iguazú ocupa 677 kilómetros cuadrados de selva subtropical de la ecorregión Paranaense, que también se extiende por Brasil y Paraguay. El parque, que como el brasileño forma parte del patrimonio de la Humanidad de la Unesco, está preparado con un completo entramado de pasarelas integradas con el entorno para contemplar las cascadas casi desde dentro. El complejo está organizado en varios senderos que requieren dedicar al menos una jornada completa. Los principales son el circuito inferior, el circuito superior y la Garganta del Diablo.

Vista aérea. Foto: Xavi Moret

A lo largo de 1.700 metros, el circuito inferior combina senderos con pasarelas sobre el agua que transcurren por los saltos más célebres del conjunto, entre los que destacan el Adán y Eva y el Bossetti, del que se obtiene una espectacular visión de la caída del agua en una perspectiva vertical perfecta. El circuito superior (1.200 metros) recorre varios saltos como el Mbiguá antes de que la pasarela se adentre en el curso del río para desembocar en una terraza panorámica en el mismo borde del Salto San Martín, el segundo más importante del conjunto. El punto álgido del recorrido es la pasarela que desde la orilla se avanza más de un kilómetro río adentro para situar a los visitantes delante mismo de la increíble herradura que forma el salto más espectacular del recinto: la Garganta del Diablo. Si la visión de este mismo salto que ofrece el lado brasileño impacta, la que se consigue desde aquí es conmovedora, como si la tierra engullera todo un océano en pocos segundos. Una ensoñación que se potencia con una fina lluvia y un rugido atronador. Si queda margen para más emociones, los más intrépidos pueden poner la guinda con un acercamiento en lancha hasta la base misma de los saltos a través de los cañones del río Iguazú.

Este artículo se publicó originalmente en el número 24 de la revista Plaza (octubre 2016)


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