Caray, te nos fuiste Juan Gabriel

Como buen adolescente que creció en México en los 80, Juan Gabriel era una figura ineludible. Sus canciones estaban en todas partes, en la radio cuando ibas a la escuela en una estación de AM, en los programas de variedades siempre en domingo en la noche, con Verónica Castro en Mala Noche No, en plazas, restaurantes, reuniones. Y como buen adolescente, a mí me parecía horrendo. Su música, cursi y melindrosa era todo lo contrario a mis bandas favoritas llenas de guitarrazos. Según mi manual de Cómo vivir a los 12 años, era música popular, para gente corriente, para adultos. Ah, qué tonto estaba yo a los 12 años.

Algunas de sus canciones, como “Querida” y “No tengo dinero”, las conocía a la perfección, por más que las despreciara. Pero no fue hasta que escuché en un disco suyo de Rocío Dúrcal “Costumbres” que entendí por qué a mí mamá le gustaba tanto. El disco estaba en medio de un par de LPs de José José y de Yuri, rodeado de música más… mmm… refinada? como Mireille Mathieu, Charles Aznavour, Demi Roussos, y no entendía por qué lo tendría mi mamá. “Háblame de ti… cuéntame de tu vida…” Todas las canciones que yo escuchaba eran completamente huecas comparadas con las verdades de esa canción, eran sentimientos que me escapaban por completo y que no pude entender sino hasta que me puse en los zapatos de mi mamá, una mujer divorciada, no, abandonada por su esposo cuando tenía un hijo de dos años, sin trabajo, dolida de a madres, que en realidad no quería a su esposo, simplemente no quería seguir adelante sola, con la responsabilidad completa de educar un hijo, sin pareja (gran pecado en los 80). La costumbre era más fuerte que el amor. Cuando esa canción me hizo clic, pum, entendí tantas cosas no sólo de su vida, de su desamor y de cómo era, sino de mi vida también. De cómo había llegado a donde estaba, de cosas que había sacrificado ella para que yo tuviera una vida mejor (nunca volvió a casarse). Y sé que mi mamá dejó de querer a mi papá en el instante en el que el salió por la puerta, o quizás antes, quizás desde antes no sólo no lo amaba, lo detestaba un poco, pero lo extrañaba igual.

Juan Gabriel murió hoy por la mañana en medio de su gira más grande de toda su carrera, lejos de su tierra. Dejó más de 1,500 canciones y ni un solo sentimiento por explorar. Sus canciones hablan de dolor, de alegría, de incertidumbre, de miedo, de optimismo, de cómo en la frontera la gente es más sencilla y más sincera y a diferencia de en la ciudad, a nadie le importaba si era gay o no. Juanga escribió música popular mexicana para todos, uso mariachi, huapangos, sones, todo el repertorio de estilos que tenía enfrente y las convirtió en canciones de pop. Trajo la música perdida de este país a la mayor prominencia, estuvo en todas las listas de popularidad de este y otros países, definió la identidad de México como, creo yo, ningún otro artista. No sé si Pedro Infante haya tenido una importancia similar en su época, pero no tenía 1,500 canciones con su nombre como autor. Era Hank Williams, era Agustín Lara, era Johnny Cash, era Elton John. Si alguien gusta compararlo con Morrissey, Morrissey quisiera ser el Juanga inglés, no al revés.

Su evidente homosexualidad, de la que nunca tuvo gana de afirmar ni de negar (“lo que se ve no se pregunta”) hubiera sido un obstáculo casi insuperable en un país tan homofóbico como México (el México de ahora, con todos sus avances, continúa siendo terriblemente antigay), pero El Divo trascendió todas las barreras ideológicas, políticas y económicas gracias a la genialidad de su música. Qué demonios nos tiene que importar si es gay o no o a quién quiere o a quién no.

Era un verdadero genio para todos los niveles de cultura: alta cultura, baja cultura, su legado es innegable, sus canciones son inevitables de cantar, tararear, bailar, llorar, abrazar, sufrir y gozar. Decir que no te gusta la música de Juan Gabriel es ser o terriblemente ignorante sobre su obra o estar medio muerto por dentro.

Nunca lo vi en vivo, y será uno de los grandes errores de mi vida, pensar que ya habría un concierto más en el que lo pudiera ver, una presentación más en el Zócalo o en Bellas Artes. Lo que hubiera dado por ver un Carpool Karaoke de Juan Gabriel con James Corden. Ahora, me tendré que conformar con escucharlo una y otra vez en mis listas de favoritos, de tratar de desmenuzar sus arreglos instrumentales, sus letras sinceras y duras, sus emociones reales, que son las mías, que son las de todo el país.


En un karaoke en Portland llamado The Alibi Lounge, sirven los peores Mai Tais que he probado (y he probado como 3 ó 4). Pero su lista de canciones para cantar es absolutamente maravillosa. Los karaokes gringos están ecualizados de tal forma que todo mundo suena como una superestrella de The Voice, así que triunfar en ellos es bastante fácil. Así que escogí una canción de Juan Gabriel que, de otra forma, es sorprendentemente difícil de cantar sin sonar como un tlacuache atrapado en una coladera. “Si nosotros, nos hubiéramos casado… hace tiempo, cuando yo te le propuse… ” el lugar estaba bastante ocupado, en su mayoría por chicos y chicas blancas de, asumo, el noroeste gringo. Nadie había escuchado esa canción antes, estoy seguro. Todos estaban muy extrañados de que un tipo la estuviera cantando en su bar de confianza, donde, asumo, todos cantan a Hall & Oats y versiones terribles de Madonna. Pero “Caray” los prendió a todos. No dejaban de bailar, de tratar de entender qué rayos estaba pasando. “Y no puedo hacer ya nada por ti, ya nada por ti, ya nada por tiiii” y todos explotaron. Juan Gabriel los había conquistado.

Descansa en paz, Juan Gabriel. O no. Ve todas las noches a ese Noa Noa que está en el cielo y donde la gente no se mete en lo que no le importa todo respetan cada quien vive su vida. Nosotros seguiremos la nuestra un poco más tristes sin ti.