El arte de saber comparar

Nos pasamos la vida comparándonos con el resto. Nos guste o no, es un mecanismo de acción inconsciente. Los seres humanos guiamos nuestros objetivos en términos absolutos pero, fundamentalmente, en términos relativos. Esto significa que no solo anhelamos ser los más ricos, los más guapos o los más poderosos, sino que pretendemos, sobre todas las cosas, ser más listos e inteligentes que el vecino. Es decir, estar por encima de que aquellos que nos rodean.

Este mecanismo, al igual que muchos otros, puede explicarse por principios de adaptabilidad. La comparación con personas que te rodean ha sido crucial en la supervivencia desde que el hombre es hombre. Si hacemos la siguiente pregunta: ¿cuán rápido he de correr para no morir en las fauces de un león?, la respuesta es extremadamente sencilla: más rápido que la persona que está a mi lado.

De forma inconsciente contextualizamos todo lo que hacemos y tenemos como marco de referencia la comparación social, lo que nosotros conseguimos versus lo que las otras personas consiguen. Es lo que se conoce como Teoría de la Comparación social.

“Ponemos más interés en hacer creer a los demás que somos felices que en tratar de serlo”.
-François de La Rochefoucauld

Esta teoría fue propuesta por el psicólogo Leon Festinger y sostiene que existe una tendencia universal a evaluar nuestros logros y habilidades en función de los logros y las características de las personas más próximas y similares a nosotros. Profundizando en este concepto, Brewer y Weber aportan dos visiones de la comparación: la ascendente y la descendente.

  • La comparación ascendente sería aquella que nos permite obtener información acerca de los individuos que se desempeñan excepcionalmente bien en una habilidad concreta. Habitualmente, este tipo de comparación nos reporta una bajada en nuestra autoevaluación de la dimensión comparada. Estudios científicos como los llevados a cabo por Brewer indican que las personas felices no se suelen comparan con personas que presentan muchos atributos positivos, pero tampoco lo hacen con aquellas que muestran muy pocos negativos. En una comparación social ascendente, la gente quiere creer que se es la parte del de la elite o superior, y hace comparaciones mostrando las semejanzas en sí y el grupo de la comparación. Sin embargo, según la psicóloga rusa Sonja Lyubomirsky, compararse de manera excesiva, especialmente del tipo ascendente, estaría relacionado con mayores niveles de infelicidad.
  • Por su parte, la comparación descendente consiste en obtener información sobre el pobre desempeño de otros para elevar las auto-evaluaciones. Se ha encontrado que este mecanismo está relacionado con la preservación y aumento de la autoestima. En este tipo de comparación las personas se comparan con otras que son ‘inferiores’ o menos afortunadas para obtener sentimientos de superioridad, frecuentemente asociados a felicidad. Según Gibbons, el saber que otra persona está en una peor situación que uno permite creer en un relativo éxito del propio ajuste a los problemas, elevando el ánimo y la propia autovaloración. La comparación social hacia abajo es una tendencia defensiva que podemos usar como un medio para sentirnos mejor.
“Estaba furioso por no tener zapatos; entonces encontré a un hombre que no tenía pies, y me sentí el hombre más afortunado”.
-Anónimo

Según un estudio de la Universidad de Columbia, hay personas para las que Facebook supone un ataque a su autoestima. Si por cualquier motivo, veo que no estoy a la altura de lo esperado, confundiré mi deseo real de ser yo mismo con la fantasía de lo que creo que querría ser en comparación con el resto. Hay personas que lo pasan mal viendo como sus ‘amigos’ cuelgan fotos sonrientes, en sitios bonitos, demostrando que su nivel de vida es similar a la de una estrella del rock. La investigación ha comprobado que hay quien ve todo ello, se mira a sí mismo y se siente la persona más fracasada del planeta. Una vez más, es la comparación ascendente la que genera el daño. Pero no hay que olvidar que ni tu amigo Pedro es Mick Jagger ni tú la persona más desdichada de este mundo.

Si queremos ser realmente felices necesitamos ser más “inteligentes” que nuestra cabeza y debemos asumir que tenemos tendencias inconscientes a la comparación, pero no debemos perder la capacidad para poner en contexto nuestra vida y entender que sentirnos bien depende en gran medida de nosotros mismos, de aquello que realmente deseamos, más allá de impresionar, más allá de comparar.

Comparar o no comparar, esa es la cuestión.

Comparar varios objetos tiene una finalidad que dota de valor a la acción, pero al tratar con seres humanos tenemos que ser consciente de que este leitmotiv carece de todo sentido. La comparación de objetos nos dota de capacidad para distinguir cuál es más adecuado comprar o cuál es más fácilmente descartable. Del mismo modo podríamos pensar que comparar personas para saber cuál es mejor nos permitiría conocer con quién nos conviene pasar más o menos tiempo, pero no olvidemos que hablamos de personas y comparar a seres con los que compartimos espacio y tiempo nos lleva a encontrar defectos donde realmente no los hay y eso en comunidades sociales aporta bastantes más desventajas que beneficios.

En definitiva, hay que recordar que siempre hay lugar para la felicidad. Intentemos no caer en la rutina de la desdicha y dejemos de malgastar nuestro tiempo comparándonos con los demás. Así pues, es importante buscar nuestro espacio particular y no pensar si somos mejores o peores, sino sencillamente disfrutar de poder ser y estar. Al fin y al cabo, nuestro vecino no es Mick Jagger.

“Si de verdad quieres ser feliz, no caigas en la tentación de comparar este momento con otros momentos del pasado, que a su vez no supiste gozar porque los comparabas con los momentos que habían de llegar.”
-André Gide

Martín Sánchez Gómez