Cinco luces rojas.
Juan Manuel Fangio: "Hay que intentar ser el mejor, pero nunca creerse el mejor".
Me estiro cada guante apretando con nervios las manos. Compruebo que el casco está bien sujeto, mientras me doy cuenta que nunca antes me había sentido tan cómodo con él. Miro a las gradas y la euforia es incluso palpable. Empiezo poniendo el pie derecho en el interior del cockpit. Luego, acompaño la otra pierna y consigo sentarme. El equipo me ayuda a abrocharme los cinturones de seguridad a la vez que hacen unas últimas comprobaciones en el volante. Todo está correcto. Uno de los ingenieros me da unas palmaditas de ánimo en el casco. Se apartan a los laterales y todos los motores empiezan a rugir. El mío también.
Las primeras posiciones arrancan y empiezan a zigzaguear a partir de la primera curva para calentar ruedas. Imito el proceso, pero con suma delicadeza. No querría quedar fuera en la vuelta de calentamiento. Sé que el público está en pie aunque no pueda dedicar un momento a mirarlos. Los nervios me han dado sed y pulso el botón del volante. El agua empieza a entrar en mi boca y me calma. Suelto el botón para que el agua cese. Aprovecho para dar algún que otro acelerón y calentar más rápido. Aparte, ayuda a liberarme de adrenalina. La vuelta me da tiempo para pensar en mucho y en nada a la vez. No consigo concentrarme en ningún recuerdo y decido volver a poner el 200% de atención a la pista.
Por al lado me pasa el actual campeón. Tuvo problemas mecánicos en calificación, motivo por el que parte en última posición. Él es el único que tengo detrás. Es irónico que en mi primera carrera, salga por delante del actual rey, aunque no sea por méritos propios. Le dedico una mirada mientras estamos en la recta de atrás. Justo ahí, me doy cuenta que él ya estaba mirándome. Al vernos, el campeón se lleva la mano izquierda a su frente, como si fuera un saludo militar. Con cuidado, suelto mi mano derecha del volante y se lo devuelvo. Esta es la clase de piloto que quiero llegar a ser algún día. Ni por muy atrás que salga, perder el respeto y el honor hacia los demás. Y siempre, alabar al rival. Quizás suena a una utopía en un deporte donde hacer amigos rivales es prácticamente imposible. Sin embargo, así quiero ser desde siempre. El número uno, me vuelve a ceder la posición y ya entramos en la recta principal.
El poleman ya ve el horizonte despejado. Yo veo una tormenta de 20 coches delante de mí. De pronto, me hablan por radio.
-Chico, gracias por unirte a nosotros. Ahora no tengas miedo y disfruta. – Se enciende la primera luz roja.- Y por una vez, no hagas caso del consejo de tu familia en la carretera y corre. Corre como el piloto que llevas en tu interior. – La segunda enrojece.- Sólo así algún día saborearás la gloria. – Tercera en marcha. - Quizás no sea hoy. Tú tranquilo, todo llega. – Sigue con la penúltima. - No hay victoria sin sudor, sin sufrimiento, ni esfuerzo. Pero tampoco sin diversión. Así que diviértete y a por todas. Suerte. –Todas las luces encendidas-.
Sonrío. Suspiro. Me relajo. Piso el acelerador. Y casi sin querer, empieza mi propia leyenda.